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Lo escrito son ideas primigenias que después se han corregir y alterar.
Ahora, cuando los pájaros sobreviven a la oscuridad de las
jornadas, cuando el peso de los hombros descienden barrancos atravesados por el
adiós. Ahora, cuando mis ojos fueron bombardeados por lo iluso, cuando la
sonrisa se vistió de indiferencia. Ahora, cuando el agotamiento exhala su último
canto, cuando las olas dormidas rasguñan mi rostro. Ahora, aquí, en el hoy, en el mañana…La guerra ha
terminado amada, el hambre es poseído por la lluvia y la sed se ha convertido
en habitante del ayer. Ahora , aquí, en el hoy, en el mañana amada mía, me
volcaré en tu memoria, en mi memoria. Un árbol ha crecido en nuestro jardín. Un
sol dice de la armonía de los mundos. Un ahora se apura en emprender el
lenguaje de las mariposas. Ahora, aquí, en el hoy, en el mañana te miro.Te miro con la certeza de nuestro camino, de
nuestras alas, de nuestros rumores al son de la isla.
El crepúsculo inquieto,
un tenor alabanza al despertar. Una cierta lluvia leve paseo de cada vivencia,
de cada eco del ahora. Y el sol viene, viene con su alegría, con la hegemonía
de todos los que asistimos a su existencia. El ronroneo de un gato y el susurro
de la ciudad. Desconcierto en el aislamiento, en las escaleras agrietadas de
tanta humedad. Caemos, nos arrastramos a mundos desconocidos el yo emigra a la
reconditez. Una intimidad que se ahueca en la danza de las mariposas¡Mariposas bellas¡ Mariposas revoltosas inmiscuyéndose
en los sueños del mañana. La emoción se detiene y sostengo ese suspiro del tiempo
del amor. Quizás inquieto. Quizás estático. Con el presente de su venida en los
jardines verticales de lo imperfecto. El
sanador espera la caída del sol. Supongo en este emerger de mi yo que soy temblor
de las raíces que nutren la tierra. Y ahora vuelvo, vuelvo y el silencio aboga
al vacío. No somos perdurables, solo materia oscura donde el alma vuela y
vuela. El crepúsculo inquieto, la callada manera de mis manos, la callada
manera de mis ojos, la callada manera de mi garganta, la callada manera de mi
cansancio…
Llega la tarde. El sol se esconde
bajo las montañas, se ha ido en una definida atmósfera de lealtad constante. El
viene, ella vine con sus rezos cuando los ojos rajados son sombra del malestar,
de una quieta semblanza de la inquietud, de un insomnio que nos lleva por descocidos
paraderos. El con sus manos y un susurro al sol ido versea una oración que el
solo sabe de su bondad para que ella surja entre las tinieblas de la
existencia. Se siente reconfortada, con eco de la dejadez de sus ideas
influenciadas por un viento agresivo. Llega la tarde, el levanta la mano y la
posa debajo del cuello de ella, en el corazón donde sus latidos arrítmicos toman
conciencia y se vuelven calmos. El cierra los ojos, ella se va con el escudo de
las ánimas apurando la luna. Y es que la noche viene con luna, una luna blanca
amarillenta bosquejando el quejido de la tierra. Mira ese horizonte, ese
horizonte más allá de las mareas. Sabe de un dolor, de una impotencia, del
derrumbe bajo lospies, desnudos, de
todo un ayer, un hoy, un mañana. Ella cierra los ojos y en su palabra con las
entrañas de la tierra tiende su mano a la suplica. Se siente cansada, se siente
como si columnas feroces de púas se clavaran en su espalda. Por un momento mira
hacia atrás, hace memoria del curandero y la negativa a todo mal. Ella recuerda
todos sus movimientos y con una hermosa canción se desprende de todo su yo, de
todas sus fuerzas en la lucha sin armas solo, la conciencia, de que si, de que
todo acabará y volveremos a la belleza de la vida. Llega la tarde. El sol se
esconde bajo las montañas….
Soy yo, danza entre espejos donde el eco de tu sombra besa
mis pechos. Me abrazo y converso con los labios apretados ante una noche
desnuda. Soy yo, hija de las lunas que cruzan mis ojos vestidos de velos. Cabalgo
bajo los sones nublados de tus pisadas y la pesadez de mis hombros tiran de mi
garganta seca. Soy yo, no más que yo, estriada colina donde los cernícalos
penan.
Ahora, cuando tus cabellos conversan
con látigos de lava.Cuando tu razón se
estremece y los latidos de la isla ascienden a lo hondo de las brumas. Ahora,
cuando el quejido arranca llantos sórdidos en medio de la tempestad de fuego,
no sé, siento como la pesadez del agotamiento empuja mis ojos al infinito del
cosmos. Ahora, cuando el resoplido del temblor hace un ruido agónico donde se
rompe todo silencio, callas. Te engulles en la fuerza de un mañana…quizás todo
converse con el hoy como un ayer oscuro, apagado, estrangulado. Ahora, cuando el
oleaje no se siente me obstina un cansancio. Mis parpados caen al vacío de mis
manos y abro los ojos , ojos semblanza de una pena. Nubarrones habitan mi
ventana. Las farolas disipan los astros, las nebulosas, esta vía láctea donde
de la nada no hemos mantenido. Ahora, cuando me inmiscuyo en mi existencia somos
hijos de la noche, somos hijos de las estrellas, somos hijos de la tierra.
Ahora, cuando somos una masa corpórea exacta me doy cuenta de lo imprescindibles
que somos en este mundo llamado tierra. Pobladores de un universo, de una
espiral donde todo es foco de misterio, donde todo es silencio y oscuridad.
Ahora, cuando el magma revienta las grietas y expulsa toda su pesadez, toda su
vejez. Es como la muerte donde líquidos negruzcos sanguinolentos son vomitados
por nariz y boca. Aseo al paciente ante su ida, ante su encuentro con el más
allá de estas esferas y mi estómago se retuerce. Me desagrada y un halito de no
se qué me incorpora en la nada. Ahora,
cuando la muerte sucumbe sobre la isla….la isla, es un quizás que me sienta sin
fuerzas, es un tal vez ganas de arrancar esta fragilidad que ensucian mis manos,
mi entereza. Ahora, estoy aquí, frente una hoja en blanco batallando con la incertidumbre
del mañana. El perro canelo ha pasado de nuevo ante mi cuando esperaba la
guagua, más cerca, su búsqueda significa libertad me ha dado a entender, su búsqueda
es el lenguaje de las voces de su vuelo mientras va de un lado para otro ¡Mi búsqueda¡
me alisto a los montes destrozados de llantos por las entrañas de la tierra.
Estoy cansada. Son las siete de la mañana y un día gris espera mis pisadas. Inspiro
y espiro…espiro e inspiro. Ahora, cuando amanece…
Seguía anclada en él oleaje de los volcanes. Su estático mecer se cerraba, se abría ….se abría y se cerraba a la desbaratada madre tierra. Pero ella estaba convencía de que en un momento u otro todo tendría un final. Un final reposado, donde la calma era secreto del silencio de esas bocas arrojando la miseria, las penas del mañana, del hoy. Y en su convencimiento, quieta, alargaba sus alas blancas en tonadas de paz, de equilibrio ante tanto desorden. Y en convencimiento, quieta, observaba como todos huían de la peste roja con su lengua de hogueras. La luna venía, menguante, con dolor blanco. Y es que para según se mire blanco puede ser duelo, muerte. Y no digo para mí, es un color que me desagrada, que me engarrota en su engaño. Un Júpiter intenso regresaba a sus ojos. Sus ojos áridos de tanto y tanto tocar el llanto. Con su razón perpetuada en cada movimiento tenía la fe de que las bocas callarían, y callaron. Todo se entorno al cauce cotidiano de la realidad, de una realidad distorsionada por la destrucción. Su estático mecer se cerraba, se abría. Se decía a su reconditez qué más da que las llamaradas zanjaran toda mi vida. Los recuerdos siempre quedaran en mi memoria. En instantes una masa de fuego y cenizas arrasaría con su verticalidad. Ella confiada, confiada en la confianza de que se detendría con el aleteo de cómplices del universo. Y se detuvo cuando ella anclada en él oleaje de los volcanes respiró profundamente y sus sentidos brotaron en la confianza, en el ánimo del callar de los temblores. Y todos callaron. Y todos se miraron. Y todos cerraron los ojos ante lo sorprendente.
Se encuentran en el nacimiento de un nuevo mundo. Emergen de la oscuridad, donde alas perdidas parecen difuminadas por el sosiego. Vienen a este pedazo de tierra donde la luz les dirá del camino a coger. En el asombro ante tanta gama de colores se entusiasman, se abrazan. Después...después las sombras de este nuevo mundo les hincan sobrias pisadas, indecisas palabras, una tartamudez que solo entienden las gaviotas que vuelan a ras del mar. Se encuentran consigo mismo. El camino se hace espeso, pesada y con dientes rojos cortan cada haz del mal. Son existencia. Son el eco de nuestras carnes. Son los huesos de sus antecesores. Y aquí están, saboreando de esta luz de islas, de estas ansias de girar y girar en torno a la vida. Un anciano árbol conversa con ellos y sus ojos son cierto alivio del incoherente ruido de esta sociedad. Se enderezan y comienzan a caminar con la exacta pisada de su mañana, con la sensatez de su entendimiento. Miran el firmamento, la oscuridad que emana los protege, los lleva de donde han venido de un vientre ido. Un mirlo se posa en sus hombros, quietos, respiran al unísono. Y se sorprenden...se sorprende de la belleza de las pequeñas casualidades, de los pequeños instantes. La vida ha comenzado...
Podría ser que los pájaros vociferen el dolor de las entrañas. Podría ser que nuestros vientres a ras de las cumbres soplaran en el ritmo de los vientos. Podría ser que nuestros labios se encontraran con el tintineo de las jornadas. Podría ser....podría ser que me amarás. El todo queda en túneles donde la luz se balancea en el tal vez, en él podría ser. Yo aquí con los sonidos de la tierra. Sórdido estremecimiento de mis espaldas cansadas en lo cotidiano, en el hoy. Podría ser que los astros estáticos en el firmamento anunciarán el crepúsculo de tu voz, de mi voz, del oleaje de los sentidos en el horizonte. Podría ser que los pájaros callen, se animen al abrazo de nuestros cuerpos.
Y la jornada vencida besa una noche sin luna. Un perro anda suelto, perdido en la inmensidad de un firmamento donde cenizas nubes dicen de lo terrible, de los sentidos estremecidos bajo un volcán en el océano del silencio. Vencidos nos volvemos de espalda, ojos torturados ante lo desolado de las guerras, del hambre. Parece que todo ha acabado pero los raíces germinan la pesadez de siempre lo mismo. Y la jornada vencida besa una noche sin luna. Un perro cruza ante mi sombra, asustado, en busca de su techo. Deambula desorientado en medio de luces y oscuridad. Y la jornada vencida de una noche sin luna es vencida por lo inagotable desafuero de la humanidad. No callo, converso con las murallas de lo prohibido. Una luna que sangra. Una luna que pena. Una luna que es temblor. Y me retraigo y observo y escucho. Nada es confuso. Un perro anda suelto, en busca de su compañero , de su compañera, de su cobijo. Y la desgana me hace presión. Y la impotencia remuerde mi estómago. Y me dirán solo es un perro. Un perro canelo asustado al encuentro de su salvación. Todo buscamos la salvación y la jornada vencida por la luna me cuenta de esta guerra inútil, de esta lucha de poderes descompuesta Y, ¿ mañana? Qué será...qué será. Aquí, ahora, un perro anda suelto. Es de vital importancia que halle la calma, su casa. Sencillamente todo se va, subo la guagua y soy travesía de una extensa carretera y la jornada sigue vencida besada por una noche sin luna. Observo cada persona, cada parada, cada entrada, cada salida y busco los ojos donde aniden los míos. El perro que anda suelto ya no está en visión, ya no está en mi memoria. Mis pensamientos me llevan a buen final. Y esta guerra muda tal vez se aleje, vencida de que los pájaros aun cantan.
Me he despedido o no. Lo cierto es que da lo mismo. Mis surcos pisan el adiós, un adiós verdadero. No eres la misma. Te has vuelto hija de tus entrañas, hija de una atmósfera que raya la huida hacia una cumbre que no alcanzarás. Yo me quedo aquí, con mi sencillez, con mis poemas al viento inundando lo extenso de este océano. Y es verdad, no te quiero. No quiero que tu sombra nombre mi nombre, no quiero que tu boca bese mis palabras. Ahora miro la isla. La luz de esta isla tan bella, tan espectacular y me entrego a ella. Sueño en la veracidad de sus gentes, en el encuentro fortuito, en el destino de mis alas que ahora callan. Sí, me despido. No tienes cabida en ese firmamento que mis ojos acarician cuando el despertar enciende mi destino. Desnuda en la belleza del amanecer puedo ver tu estupidez. Sí, observo cada huella anclada en tu destierro del mañana. Me he despedido o no. Sí, bailo con la entrega de un todavía que aún no es palpable. Me petrifico ante cada noticia y los vientos no corren a mi favor. Sin embargo, aquí sigo, en el adiós. No pierdo nada. La isla de al lado se funde, un temblor dice de sus pesadillas, de sus delirios. El dolor pesa sobre los hombros cansados. La pena vaga sobre las miradas cansadas. Y allí, la luz se ha ido. Un mar de cenizas se revuelca con sus gentes...con sus buenas gentes. Me despido, no respondo a cada uno de tus actos llenos de oscuridad. Te observa como se observa flores marchitas, el adiós. Que bien me siento, un solaz cabalga en mi espalda, la belleza que me brinda otros ojos, otras caricias me invaden y me siento bien. Ahora estoy aquí, todavía la claridad de esta jornada no le he abierto la ventana. Lo prefiero así mientras te digo adiós.