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La plaza parece que duerme. Sí duerme en su memoria,
en ese ayer donde las ventiscas de la supervivencia la hacen reflejo del hoy.
Estamos en el siglo XIX, el cólera se ciñe en un puerto puente otros puertos
extranjeros. Viene como una masa corpulenta y grosera, abobinable redoblando
las campanadas de esta catedral que es vigía de todo lo ocurrido en el paso del
tiempo. La isla se ve inmersa en una enfermedad que se propaga vertiginosa en
sus habitantes, tanto que se paraliza todo. Se aisla en la contención de
este virus que hoy en día aun permanece
en este mundo. El cólera, el agua está contaminada , todo está contaminado
causando la muerte en la rapidez que esa bacteria se engancha a las gentes sin
los suficientes recursos de salubridad. Y de golpe, la isla en una cárcel
durante largos meses donde la mortandad , donde el hambre y su pueblo dormitaba
sobre el camposanto donde se quemaban los cuerpos desdichados por la vida. Y veo la mujer anciana paseando con su bolsa
de miga y millos en esta plaza. Y veo esa muchacha de vientre abultado por su
embarazo y con su hijo nacido aproximarse a mí. Me pide algo dinero y no le
doy, una fuerza de ira mi inspira y una alusión a su comportamiento me dice que
no lo quiere para alimentarse. A veces somos abominables, somos personas
estructuradas en l a neutralidad con el mal ajeno. Y la isla gritta, llora ,
desesperada, vencida. Pero a lo largo de esos meses , de esas estaciones de
confinamiento se logra contener, masacra el mal de la enfermedad. Todo vuelve a
la normalidad, más débiles, más perdidos, con el callar de aquellos que no
tienen nada. Y es que la peste como quiera que se le llame a lo largo de los
siglos nos ha buscado y nos ha encontrado. Y digo , agua…si agua , ese bien que
nos endereza y nos hace continuar. Agua rabiosa, agua contaminada, agua de conflictos
bélicos fatales para la humanidad. Sí, es un tesoro, un bien universal donde su
escasez , donde su gobierno es receloso para muchos. Aquí, ahora cuando nos
lleve la marea no se dónde, en el perpetuo de los sentidos orientados en la paz,
en la armonía de nuestras manos abrazadas en la amistad, en el amor. La peste vino
de fuera, de una embarcación de algún país contaminado creando una atmósfera destructiva
y desesperanzadoras en esta sociedad. Pienso en ese aislamiento, en esa soledad
de los habitantes de la isla mientras en los brazos de una madre desolada se grita
a la muerte, a la profundad oscuridad del despertar. Y sigo pensando, me
posiciono en el siglo XXI algo similar o aparentemente igual a la condiciones
del pasado también ha ocurrido. Y es que
estamos expuesto en este minúsculo mundo de contrariedades a cualquier tipo de
bestia que nos prive de libertad, de salud, de vida ¡Fragilidad¡ Somos frágiles.
El viento rodea mi persona, como inquietante almas de la muerte. Sí, la muerte
de aquellos pobres desheredado de la salud. Fragilidad, agua. Y es que es tan
importante…tan extremadamente grandiosa que vamos al encuentro de otros
planetas que la posee. Agua, fragilidad, vida. Vida, agua, fragilidad. Tocan a
una puerta , unos ojos aruñados por la desazón y la desesperanza . Traen a su
hijo fallecido…Señora….señora…todo ha sido tan rápido. Una mujer , una madre de
negro activa un chillido donde el temblor acecha toda a la isla. Todos los cuerpos
deshumanizados ya en carretas a la plaza…a la plaza. Allí serán prendidos
fuegos para el mal se ahuyente. Mujeres con rosarios, mujeres con suciedad, mujeres
dando lumbre a ese adiós impotentes en sus pensamientos que pecado han
cometido. Y le traen a su hijo fallecido…señora…señora…todo ha sido rápido. Una
mujer, una madre de negro y el grito de fosas comunes a la muerte. Cuando nos
lleve la marea seremos un olvido, seremos un encuentro, seremos una entrega. UN
esclavo mira el cielo..el cielo azul. …una lágrima rasga sus ojos marchitos, agotados,
desalentado. Tremor.