martes, junio 28, 2022

LA DANZA DE LA OSCURIDAD(NARRATIVA)

 








1



 

Despierto ante la luz aun apagada del amanecer. Los sueños me aquietan en la cama hasta que logro encontrarlos. La noche ha sido fresco. Sin pijama me dirijo a la cocina, un café se remueve en mi garganta, en mi estómago, en mis sensaciones, en mi sed, en mi quietud, en mis sentidos. Despiertos cada pisada de esta casa en el más absoluto silencio, mi gata maúlla, se encuentra jugando con su rabo. Un garabato se esboza en mi rostro, en mi rostro somnoliento, en mi rostro de estrellas que aun visibles en el firmamento, en mi rostro de ojos absorbidos por la nada de cada habitación, por la callada manera de sus paredes. Vuelvo a mi cuarto, como de costumbre me pongo mis playeras para salir a correr, a caminar, a liberarme de la pesadumbre que se acuesta en mis espaldas. Mis pisadas son pesadas, mi sueño es imperdonable. Me pongo los cascos, el pañuelo y observo el tic-tac de un reloj de pared, de un reloj con telarañas, de un reloj que dice del tiempo, de las horas, de los minutos, de lo efímero que es cada instante presente prestado al pensamiento. Me estiro de manera que otro café fluye por mis venas con el ánimo de mis pisadas. Cierro cuidadosamente la puerta, quiero estar bien con los vecinos. La música grita en el ritmo de un cuerpo que se mueve con la lentitud del despertar sus músculos, sus articulaciones. Zancada a zancada me voy alimentando de una carretera de varios kilómetros, la oscuridad aun presente solo, el faro de algún coche transitando, solo el ruido de mi respiración y la música a medida que avanzo. Cada vez con más celeridad, lentamente, cada vez con más firmeza. No hay nadie corriendo a esas horas, una rata veloz sale de alguna alcantarilla, con sus saltitos pequeños, ágiles desaparece. El sudor comienza a apretar mis sentidos, me agrando, soy gigante que pisa fuerte y vertical al son de la tonada que escucho. Y zas, una pisada…y zas, otra pisada…y zas, otra pisada. Y así sucesivamente a medida que los kilómetros se apoderan de mí, de mi cuerpo dejado al son de la oscuridad del cielo, de las farolas, de algún pájaro madrugador, de algún coche inesperado. Y soy poder. Y soy contenido grito a medida que mi fuerte aumente, soy fuerte, mi mente es fuerte, es ella…es ella la que reproduce cada carrera en la soledad de un amanecer venidero, es ella la que se apodera de mis piernas y las hace avanzar. A la vez mi razón se yerta sobre mis pensamientos y pienso, un quehacer, un recuerdo, una idea, unas ganas y al final llego al edificio de donde he salido. La oscuridad se escapa y una claridad comienza a verdear, a florear los jardines que lo rodea…


 

2

El amanecer se extiende, se demuestra con la intensidad de una primavera aun algo apagada. Los rumbos de la tierra se erigen en los vastos pasillos de la desconfianza, una verdadera desorientación que nos ciega nos hace sordos a los corazones entregados a la vida. Y todo son flores, margaritas, lavandas, jazmines, una reverberación exagerada del esplendor de la isla, siempre primavera. Entro en mi caso y cierro la puerta con la cautela de un ruido inexistente. Las paredes, blancas, se escurren en sombras de la bienvenida del nuevo día. El sudor me envuelve en ciertas ganas de beber agua. Y bebo agua mientras la cafetera da brincos de ánimo en esta nueva jornada. Y el amanecer se extiende entre mis ojos con el remoto canto de los pájaros, con el remoto aleteo de las mariposas. Y la música hace su aparecer en la escena de este día más bien gris, unas nubes pesadas se acuestan y ensombrece un sol que no logro distinguir. Bebo agua, hasta la saciedad, hasta que mi conciencia despierte en el sabor del océano en el horizonte, un océano plomizo, estrangulado por esos nubarrones densos, grotescos. La verdad es que empobrece la belleza de la luz, de la luz del sol cuando quiere entrar y no le dejan. Un eclipse que en las horas venideras se irá y dejará el esplendor de cuerpos bajo su tibieza. Tomo una taza de café con la hermoso de su sabor, con la emotiva concentración de los sentidos. Y dejo el agua correr y correr mientras me ducho. Agua que bebe de mi sudor, de mi existencia en este mundo liado a las batallas perdidas. Y pienso en ese verdear de los árboles, del despertar de esas flores. Mariposas y pájaros posándose en lo cotidiano de las horas, de los días. Y eso es bello. Y eso es perfecto. Agua que bebe de mi sudor y la dejo correr, por el sumidero una parte de mi se va mar. Un sudor donde la ramificación de los sentidos se estrecha con esa masa de agua salada en el sonido de sus caracolas y el oleaje. No me da ganas de salir de la ducha, agua que bebe de mi sudor, agua que me desquita de todo el mal que navega en mí. Sin más me enfrío, un frío que se interioriza en mis venas. Cierro el grifo. Fijo mi mirada hasta que la última gota de agua baja por el sumidero, como la última gota de sudor se marcha donde las olas rompen y beben de mi…


 

3

El espejo. Mi cuerpo desnudo. Mi cuerpo mojado. La primavera. Su reflejo ausenta mis años, las estaciones donde he sido cazada por el vivir. Estoy aquí ahora. El espejo. Un cuerpo con vientre abultado luce en la sensatez, en los años que andamos cautivos por las experiencias buenas o no. Ahora, aquí quieta, esbozo el abandono de todo mal, me quedo conmigo frente a este espejo. Alguna sirena de emergencias se escucha, allá, aquí, donde la ciudad toma su orden, su dejadez, su caos. Frente a el imagino esos pueblos donde lo insensato, donde el martirio, donde la agonía se presta al ahogamiento de esta sociedad. Hay guerras. Todavía existen las guerras. Hay epidemias. Todavía existen epidemias. Hay hambre. Todavía existe el hambre. Hay torturas. Todavía existen torturas. Todo se pierde, todo desciende donde las llamas de la maldad, de la venganza, de la mentira, de la ignorancia desluce, quema este siglo veintiuno. No hemos avanzado, un retroceso nos lleva al absurdo, a la trivialidad de nuestras acciones que perjudican, que amenazan, que asesinan a este mundo. La gravedad es verdadera. La gravedad es evidente. La gravedad nos hace participe de este delirio. El espejo. Miro y observo cada miembro que es mío, solo eso, mi cuerpo, mi cuerpo desnudo. Lo demás sobra. Así nacimos en este mundo. Un mundo llamado tierra. Las sirenas ya no suenan solo la polución de una ciudad que deriva todos sus pasos al mar. En cierto grado no tengo excusa, no tengo perdón. Podría, yo que se, salir a la calle y gritar, con mi única voz. La voz del terror. La voz de la herida. La voz de la muerta. Deteneos ya. Parad. Parad. Todo es estúpido. Y a veces siento ganas de apuntar con una lengua afilada de veneno sobre aquellos que quebranta la vida ¡Oh la vida¡ ¡ Oh la inocencia¡ No. No nada que hacer con la catastrófica bestia de las armas, con la razón carcomida por el odio. Un odio que se transforma en firmeza en cada una de las acciones malevolentes. Temblor. Tiemblo, el tiempo pasa, el tiempo me arrastra como espesa niebla que calla y en silencio se esconde, se disculpa sin perdón de no hacer nada. Y entonces donde está la palabra, la palabra paz. El espejo. Estoy serena y tiemblo…


 

4

Miro por la ventana, una ventana donde la calima se incrusta con su sabor a tierra, a la madre tierra. Y es que es así, la atmosfera se vuelve rara y nos manosea con esta tierra que llueve. La visión se hace borrosa, el horizonte se presta a un quejido infinito. No se ve nada, el embrujo del polvo sahariano nos muestra lo pequeños que somos. Somos un mundo diminuto en la inmensidad de agujeros negros de viejos planetas. La muerte de galaxias en el misterio del universo. Miro por la ventana, una vecina pasea a su perro o su perro pasea a la vecina, según se mire. La barbarie es descanso. Descanso ahora con mi cuerpo desnudo, con mi cuerpo aun húmedo, aunque el calor yazca potente en mi rostro. En mi rostro imbuido en la monotonía de los días. La mujer que pasea su perro desaparece y un silencio descomunal por unos momentos resalta en esta ciudad. Todo es callado y no me gusta a estas horas. Después vendrá un tiempo traidor, un tiempo deslucido por violencia. Ahora, se está alimentando para después vomitar. Pero mientras tanto , la calma, una calma que persevera la ausencia de lo brusco. La vecina con su perro vuelve a pasar ante este tiempo bochornoso. La humedad de mis carnes por instantes se mezcla con el sudor. Otra vez sudando. Hace mucho calor, las temperaturas son altas. Un aire tibio se cruza en mis ojos y no me deja aliento. Miro por la ventana, no sé a que espero, a la señora con su perro, algún que otro vecino con otro perro y así sucesivamente. Fijo mi vista en el jardín del edificio, cuidado, demasiado cuidado. Rosas, esterilizas, setos gravitan en su pequeñez, pero bello a la vez. No hace falta ser perfecto. No hace falta ser exagerado, lo insignificante también puede traer belleza, también puede traer la perfección de ese momento. Ese momento en que mis ojos visualizan el jardín. Ese momento en que mi casa huele a ese jardín. Ese momento en que me detengo y saboreo ese jardín como un gran deleite  para el alma. La calle se queda sola únicamente, farolas y aceras que nos llevan, que nos traen, que nos guían en el rumbo de los días. Me aparto de la ventana, me lío una toalla y de nuevo voy a refrescar este cuerpo, que suda. Más y más sudor. Un sudor que se abandona al agotamiento, a la relajación.  Soy yo, vida presente de esta atmósfera por la que nos dejamos llevar. Soy yo , conquistada por repetitivas escenas a lo largo de las horas , de los minutos, de los segundos. Es así cuando la soledad nos aplaude, sola con mis manías y no manías. Mientras la cafetera bulle de nuevo…


 

5

Tic-tac el callar lleva a una explosión de relámpagos y truenos. Y llueve y el clima se refresca algo. Una acechante calima huye y da paso a calles mojadas, a perros huidos, a gatos asustados. Me desenvuelvo por los pasillos blancos bajo este techo, los espíritus dan sus señales. Los espíritus se remueven en sombras que me visitan y yo hablo con ellos. Los visiono como se visiona lo cotidiano. No se de quien se trata, pero logro entender su lenguaje, el lenguaje secreto del universo. Me comunico sin decir palabra, un dialogo que se muestra exacto, encadenado al paso de los días. Tic-tac, un pequeño agujero en la pared. Me aproximo, intento averiguar de que se trata. Pero mis ojos cansados no averiguan el misterio. Las almas se remueven en su densidad como la llovizna que cae. El cielo gris, el cielo apagado. Mi rostro gris, mi rostro apagado. Ellos quieren transmitirme algo, algo sereno. Y me arrimo donde la pared tiene el agujero. Tic-tac me refugio donde la nada es oscuridad que salva. Para de llover. El agujero desaparece y una especie de flor brota de su miniatura. No entiendo o si entiendo. Sea lo que sea hay que llegar al entendimiento, todo tiene su explicación, una razón que nos hace vagar más allá de este ambiente, de este globo terráqueo donde nos hallamos viviendo sin vivir. Los espíritus danzan y danzan, se aglutinan, se mezclan homogéneamente y desaparecen a través de la flor que ha brotado en la pared. La naturaleza toma su rumbo, la naturaleza se torna caprichosa y exigente y quiere lucir su hermosura. Una flor en una pared blanca como obra de arte en la perpetuidad de los años. Arrancarla o no, ese es el problema. La dejaré en su curso, aunque la pared se agriete. Tic-tac los momentos pasa, se aíslan, son viento que se apodera de mí y el sillón del salón caigo, frente a mí, un reloj, unas rosas disecadas, unas siemprevivas eviternamente con su exactitud, con sus flores. Y tic-tac, por instantes de me olvido de la flor nacida en la pared, por momentos me olvido que soy parte de este mundo, por momentos mis manos ojean un libro, un libro monótono, donde la poesía tropieza con mis sentidos y emerjo, en este sillón, frente a un reloj. Al azar escojo una página a ver que me dice, a ver que cuenta como si fuera el hechizo de sus palabras…

Y te quise tanto

Donde la luna es mecida por un árbol sin ramas

Y te quise tanto

Dolientes olas se rajan en mi pecho

Y te quise tanto

En exitus vuelo

Así dice…y te quise tanto...se me revuelve el estómago y en la cima del vacío me remuevo. Amores confusos. Amores indescifrables. Amores de musas lloviendo en el tic-tac del viejo reloj de la pared. Llueve de nuevo…


 

6

La lluvia, la lluvia parte final de una escena para embriagarnos con otra quizás, más esplendida, quizás más acogedora. El sol, el sol despliega sus alas doradas en el cielo y toma posición como protagonista de las horas venideras. Cierro el libro y con la vitalidad de esos rayos solares me asomo a la ventana. Y todo cambia, como la vida. Y todo se transforma con otra perspectiva. Me gusta ese reino donde la luz siembra optimismo, una gustosa gana de salir y ser inyectada por sus alfileres tibios. Nos quitamos la máscara y lucimos nuestros, nuestras manos. La madre tierra nos infla de ganas de dar un paseo, por ejemplo. Nos auxilia en ciertos momentos como yo en esta soledad sonora. Mis pisadas retumban por estas paredes, estas paredes de donde nacen flores y quedan a oscuras almas desconocida. La verdad que el edificio es viejo. Qué habrá pasado dentro de él o qué hubo pasado en este pedazo de terreno que se edificó. Voces de muertos se elevan en sus pilares, supongo. Voces que quedan perpetuamente ancladas en cada fragmento de este edificio.  Y sus almas vienen, vienen con el quejido de un aviso. Me visto. Miro la flor que ha brotado la pared, una flor negra. Una flor donde el luto por el dolor me achica, me altera, me desmoraliza en el sentido de la duda. Salgo de la casa, bajo escaleras y ya en la calle todo se mueve en la dirección de la vida. Camino y camino, llego hasta un parque próximo, por las horas tempranas que son aun no hay nadie. Me gusta su callar. Me gusta cuando su sendero de tierra abatida esta aislado. En un banco sentada escucho el murmullo de una fuente, la miro. Miro el movimiento ondulado de su caída repetitiva. Una cierta confianza se adueña de mí. Una cierta tranquilidad se abrocha en mi pecho.  Y esta fuente para mi es un jardín encantado, un jardín donde mis ojos lucen su monótona melodía. Es tan perfecto su afán de continuar que me estimula, me hace caer en la admiración de algo tan simple, una fuente. Y beber de ella, aunque esté prohibido. Y beber de ella hasta la saciedad. Y las horas son fugaces, son un cierto estornudo que ronda la huida, la calma. Me levanto, el sol se eleva más y más hasta llegar a su punto más alto. Ya empiezan a escucharse pisadas de la jornada y yo me voy. Me voy devorando cada nota de esa fuente. Se queda en mi…


 

7

Silencio. Entro en casa. Huele al café de antes. Vuelo a una rosa negra que ha agrietado la pared levemente. Embelesada la miro y mis ojos se desenvuelven en las ánimas del pasado. Algún dolor se incrusto en este edificio, alguna pena vaga en sus pilares, en su compostura, en su verticalidad. De pronto un grito. Silencio. Un grito y silencio. Silencio y un grito que suena como una voz grave de las entrañas de este piso. Ahí, donde ha brotado una rosa negra. Presiento que me piden algo. Y ese algo ¿qué es? Cierro los ojos y una muerte barrunta mis carnes, mis piernas. Una muerte injusta, una muerte innecesaria. Mis sentidos se pierden la búsqueda de la verdad y no la haya. Ojos clavados en una rosa negra, una rosa negra sin espinas. Cantos fúnebres sobrevuelan mi mente pero no logro alcanzar el por qué. La acaricio, es tersa y la vez quemante, doliente. Quito mi mano sobre ella en un sobresalto y mi mente discurre en imágenes confusas, oscurecidas en su verdad. Algo paso hace año…muchos años. Silencio, un tremor sacude mis piernas, mis manos. Intento tocarla de nuevo, un sudor agudo discurre por mi frente, por mi espalda. El sudor del sufrimiento. Tiemblo. Silencio. Un grito sórdido explosiona en mis sienes. Se cae un pétalo de la rosa negra cuando mis dedos la toca, la siente y es como si una vida se hubiese ido, indefenso, en el martirio. Y siento como si algo me intentará asfixiar. Corro a trompicones hasta la cocina, bebo agua. El sudor de la frente, el sudor de la espalda se va. Y con los ojos escarchados de impotencia miro el agua que corre por el grifo de la cocina. Es como la fuente monótona, sereno, continuo. Cierro el grifo, me estrego los ojos y voy otra vez donde la rosa negra agrieta la pared. El pétalo caído ha desaparecido, es lo primero que me fijo y después la miro a ella como si me estuviera hechizando y la veo entera. Sí, entera como si fuera intocable, como si su secreto fuera prohibida frontera que se ha de cruzar ¿ Y qué es lo prohibido y lo permitido? Siempre que exista el respeto, la honestidad, lo verdadero, lo natural mientras no se daña a nadie debe ser lo permitido. Y lo prohibido, el porqué de esta prohibición, algo que no debemos saber, algo que se esconde de forma tórrida bajo las brumas de la oscuridad sea bueno o malo. Silencio. Un grito y toco sutilmente la rosa negra y no logro entender de la yema de mi dedo mana una gota de sangre, mana la verdad. Una verdad confusa o que han querido llevarla a la confusión. Escucho el grito agudo en mis sienes, me tambaleo y me distancio en busca de una silla. Me siento frente al espejo de mi habitación. Mi piel figura pálida, envejecida, decaída por poco tiempo solo, el transcurso en la observación de la rosa negra que agrieta la pared del pasillo. Silencio….

 


 

8

Y se hace un huevo al ruido, a la voz del panadero. Pan…pan, chilla por todo el edificio escaleras abajo. Desconecto del silencio y voy hacia la puerta de la entrada de la casa. Le dejo una nota antes que toque. Una nota con mi letra moldeada en cursiva, con mi letra perfectamente entendible para él. Cierro la puerta, no me acuerdo lo que estaba haciendo, el silencio anterior me absorbió de tal manera que al mirar mi cara en el espejo de la entrada soy esencia de la sed. Tengo sed. Soy caída de mis huellas ¿dónde estarán? Perdidas en la intemperie de los sentidos. Bebo agua y más agua. Y la sed no cesa. Recorro la casa, veo la rosa negra que ha brotado en la pared, pero una llamada por teléfono me detiene del embeleso. Lo cojo y cuelgo. Pero suena de nuevo. Una voz grave se escucha en el fondo, la reconozco. Conozco ese deje, esa sensación de pesadez en sus primeras palabras. Unas palabras que me saben a un ayer, un ayer que se difumina entre el error y la sensación de los sentimientos. Primero, lo que me viene, es alegría, es como si necesitara que me llamase en estos momentos de soledad y aislamiento. Segundo, lo que me viene, es una desgana, una composición fúnebre de lo que fue nuestro amor, nuestra amistad. Me paro, y en mi mente con la celeridad de unos fotogramas diviso el diluvio de cada experiencia vivida, de cada alegría, de cada lágrima derramada en la reconditez de mis sentidos. Me paro, y mi mente se cierne a la tentación de un regreso y una pausa de lo que fue y ahora no lo es. Saludo con la andadura del pasado por cristales rajados. Nos hemos hecho mayor, la madurez impregna en su voz, en la tonalidad que dice las cosas pero un resquicio temporal de esos años, de esos meses, de esas semanas, de esos días con soles o sin ellos, con lunas o sin ellas me dice apártate. Y huyo donde mi intimidad se acuesta conmigo, donde mi interior vocifera aléjate. Quiero despedirme, quiero dejar claro que todo es cambio en el transcurso de la vida, que ya no somos los de antes. Y comprendo, que no entiende, que una sombra maldita la hace atravesarse en mis caminos. Callo por unos minutos y dejo hablar en su soliloquio detrás de la línea. Esa línea que me entra ganas de cortar como desprendimiento de jornadas gélidas, sombrías. Me aferro a su voz que sigue y sigue con el convencimiento de mi vulnerabilidad. Pero no, no soy vulnerable, no soy tangible a su trato. Y espero a que termine. He realizado un trato con mi vida, nunca más. Nunca más seré ese quejido rondando la nada, el vacío. Nunca más seré mujer rota por el mismo tropiezo. Cuelgo, rozo mis pensamientos, me hallo en armonía. Una paz que desata mi amargura y la bate. Cae por un acantilado donde el oleaje se hace virulento y me entrego. Me hace bien…

 

 

 


 

9

Todo lo que sea limpieza hace bien. Una purificación exacta de lo que produce revolturas en tu estómago. Desintegrarse y quedarse en un puente donde te meces de manera solitaria son batallas que hay que afrontar. Nacer de nuevo con el brío de un jardín de flores nuevas debemos adoptar. Todo ha de acabar como nosotros con la muerte. La muerte de gente que nos produce una aglomeración de atropellos y caídas en la existencia. Hay que decir adiós sin más. Sin retorno solo, adiós.  Arrancar todo aquello estúpido en una luz apagada. Hay que encender sendas donde nuestro corazón, donde nuestra razón habite en el bien, en lo estable, en lo verdadero, en lo natural. Fingir que estamos contentos ¿eso es verdad? Eso es antinatural, una cruz que debemos cargar y cansa. Cansa demasiado enraizándonos en el desdén, en la desdicha, en la pobreza de nuestros sentidos. Me acerco al pasillo de esta casa que habito, la rosa negra que agrieta la pared. Parece que ha aumentado. Una duda se cierne tras de mí. Salgo de casa voy al cementerio. Un cementerio en la periferia de esta ciudad, en el horizonte diviso el océano. Un océano donde el canto de las ballenas se hace penoso, triste. Voy caminando, no hay prisas. Las prisas son para urgencias mientras tomo la tranquilidad en mis pisadas. Y es que el día está bonito, una maravilla que me rindo a su perfección. Todo a de ser fluido, dejar correr el agua en su ritmo, dejar correr las noches, los días en su curso. Un embarazo hasta que el nacimiento es preciso en ese instante. Llego al cementerio, entre semanas solitario, aferrado a la sonoridad de los pájaros que pacen en él. Entro y mis cavilaciones me empujan, me atraen a la tumba de mis antepasados. No llevo flores, ellas que crezcan en su naturaleza, en la tierra. Mis manos vacías se conforman con esta visita solo mi espíritu, solo mi amor, solo unos recuerdos. Frente a una lápida de mármol negro me deposito, leo los nombres de aquellos antes de mi  y una pizca de cariño brota en mi ojos.  Se está bien aquí, hay calma, un olor a cipreses y rosales variopintos invadiéndome. Una mezcla de sosiego y equilibrio que me busca, que me encuentra. Sin saber porqué estoy aquí, estática, miro y miro la tumba. Mi niñez recorre cada vertebra de mi columna y se hace ligera, garabatos en los surcos de lo natural, de lo impredecible en aquellos años. La inocencia se posa sobre mis hombros y soy viaje donde la niñez es miseria, donde la niñez no existe, donde la niñez es decapitada por opresores, por vándalos, por la necesitar de asesinar y asesinar aquello que en el mañana sostendrá este planeta. Verdes valles. Verdes prados. Verdes barrancos. Verdes cumbres. Verdes niños. Todo verde como la esperanza. Todo en la sincronización de nuestro mañana en las espaldas de ellos. Y qué hemos hecho. Hemos pagado con nuestras derrotas, con nuestras convulsiones, con nuestras obsesiones su mañana…su mañana. Y una lágrima rastrera se hace hueco en mis mejillas. Y una lágrima ingrata me agita, me hace contemplar el dolor…y más dolor. .Caigo donde estoy, en el cementerio. Sí, es necesario limpieza. Una limpieza de nuestra alma, de nuestras manos sucias ante los inocentes. Paso la mano por cada letra de los nombres escritos en la lápida, en la lápida de mármol negro…


 

10

Agoto mis ganas frente a esa lápida de mármol negro. Un tributo de espectros me sacude, me saludan, me dan ciertas lástimas. Se han ido todos, pero cierto renacer se enquista en mi pecho, en mi vientre y un temblor se enraíza en saber que están bien. Todo luce como debe ser, bien. Mi mano se despega de esa lápida de mármol negro e intuyo que detrás de mi hay algo, algo inmaterial, algo extraño que me declina en unos momentos seguir donde estoy. Contemplo mi pasado como un barco naufrago en aguas espesas, fangosas, engorrosas donde mi yo no responde a lo que es el hoy, este presente desfilando en el paso de las horas frente a esta fosa de lápida de mármol negro.  Y me despido, una despedida grata, una despedida con un gesto de cariño por aquellos que viajan en otra dimensión. Una dimensión que desconozco y mi interés por ella se fabrica en la vibrante energía pacífica que siento aquí. El cielo sigue despejado, un cielo de un azul evocador, entregado a los que vivimos en este rinconcito del universo. Lo nítido del más allá se borra de mi mente cuando salgo de este lugar. Las puertas se cierran a mi paso. Es mediodía. La estación de los idos, de los muertos se queda detrás de mí. Su viaje atraviesa ese mármol negro donde esta sus nombres y se mostrarán como signo de un polvo estelar más allá de nuestra capacidad de entendimiento. No logro comprender, pero el eco del universo me los trae, me abriga en esta jornada primaveral. Yo le digo adiós al hueco que los vi por última vez. Yo digo hola a esta atmósfera que nos rodea y me dice que están bien y me guardo esa idea donde nadie pueda hacer lubricaciones sobre mi estado mental. La guardo con una llave de sentimientos que revolcándose en mi entereza y sigo, sigo la ruta que me lleva de nuevo bajo mi techo. Suspiro. Y este suspiro me advierte de mi mañana, un mañana igual que ellos en el profundo cosmos. Dejo atrás las flores cortadas para los muertos, un coche fúnebre es caravana de alguien que se va, de alguien que viene. Una mujer apresurada compra un ramo de muertos, crisantemos ha optado. Yo los odio, si se enerva en mi una oscura energía de necedad cuando veo estás flores de la despedida de esta tierra, de esta tierra donde seremos no más que polvo de gusanos. Me quedo con secuencia de imágenes de lo que fue, de lo que significa en el rumor de sus espíritus. Una brisa se levanta, lenta y con la pausa de un viento abocado a la pesadez de estas horas…

 


 

11

El tráfico se acumula en la carretera, es hora de descansar, de almorzar. Yo aun no tengo apetito con esta brisa que viene y va con sus ráfagas inquebrantables. Mis brazos se posan en la barandilla de la avenida y observo el retozar de las olas que vienen y van con su espuma blanca. La marea está alta, hay mar de fondo. Un mar que se lleva todo lo que en la orilla hay. Todavía existen el canto natural del océano. Es lo más próximo que tengo en esta urbe, detrás de mí, gente circulando con la mirada perdida en sus razones, en sus pensamientos. Me siento donde el mar es el todo para tomarme un café a mi modo de contemplación. Cuerpos mojados a la servidumbre de un sol primaveral. Vienen , van…van, vienen. Yo aquí, ahora, con el silencio de mis manos, de mis piernas. Sorbo el café y me vinculo a sus últimos días. No sé porqué un ayer acude a mi a estas horas, cuando ya no estoy en ese campo donde los muertos son reflejo del mañana. El olor a cipreses y rosas me viene en su mezcla heterogénea con este mar de algas y caracolas. Distingo cada uno de los olores y me balanceo en el ultimo aliento. Un sudor enhebra mi espalda, un sudor de un todavía rumorea la rosa negra que agrieta mi pared. Fijo mis sensaciones a esta libertad que ahora poseo. Fijo mis sensaciones a la actitud irracional de un planeta que se fragmenta, que se rompe en cachitos de penurias, de guerras inagotable en el concurrir de los siglos. Siempre hay algo aguijoneando la paz Y me pregunto el por qué…el porqué de estas incoherencias, de estos despistes de la humanidad. Termino este café y me introduzco en lo insensato, en el delirio de grandeza que puede llevarnos al caos. Nos acoplamos a lo maligno como si ello fuera nuestro futuro, pero, erramos. Somos seres inseguros en un vaso de agua, en un océano extenso que nos ahoga, que nos deprime. Y ahora que encuentro la sencillez, mis ojos paralizados en esta grandiosa belleza susurrando su movimiento, continuo, cronometrado en el curso de las horas, de los instantes que hemos de vivir. No más, esta tierra donde estática soy dejada por la brisa marina en absoluta reflexión ante lo bello. Todavía, estamos a tiempo que nuestros caminos se crucen, se acaricien y seamos hijos de la paz. Pago y me levanto. Sigo el paseo adoquinado de la playa, me divido entre cada secuencia que dejo atrás y en la imagen de sus vidas, de lo cotidiano hasta llegar a ese edificio donde vivo. Subo las escaleras, solo el aroma de las comidas tintinea en ellas. Abro la puerta y un fuerte olor a rosa negra invade toda mi sustancia...


 

12

Hambre. Tengo hambre. Ahora, que entre en mi casa con esa rosa negra desmembrando la pared. Tomo fijeza en ella y crece por horas, por minutos. Lenta, pero crece. Hambre. Tengo hambre , estoy en la cocina. Miro la nevera, un bote de leche y nada más. Me cubro de una cierta tristeza. Me compadezco de mi misma. Desde que perdí mi empleo, he tenido que ahorrar y ahorrar hasta en lo más impensable. Un bote de leche y cereales comeré acompañado de un huevo frito. Es lo único que no puede faltar. Hambre. Hay hambre bajo este techo donde se columpia los ecos de un ayer, de un ayer ajeno a mi pero que me condena a recuperarlos, a recordarlos a través de esa rosa negra que agrieta la pared. Hambre, tomo el bote de lecho como si fuera una fuerza edificante, nutritiva y bebo de él. Tus miserias que no la sepan de nadie, me llega la voz de un pasado. Guárdalas bien guardadas debajo de tu almohada, donde nadie las descubra. Estate entera, con la mirada al frente, siempre para delante…siempre. Hambre. Mi estomago se hace añicos, se condena a la sobriedad de la dieta, a las ganas de comer cualquier otra cosa. Pero no. Hambre... con la mirada al frente, siempre para adelante. Me consuelo en que siempre habrá alguien peor que yo en esta isla. Si , en esta isla y saludo la vida. Vivo en una isla, una isla que también posee sus mortificaciones, sus miserias escondidas no se dónde. El orgullo se apodera de ella y no es clara y no es concisa, se hace siniestra con ella misma. Una neblina venda sus ojos, un tul negro donde no se ve más allá de su sombra. El olor de la rosa negra de la pared se hace eco, se hace imperante, se incrusta en mi olfato y visiono el allá, el más allá de su sentido. De pronto cierro los ojos y nebulosas, estrellas, galaxias y en fin el universo se hace hueco en mi oscuridad. Quiere decirme algo, son ellos, los que se han ido cuando esto no más que era escombro de una vieja construcción de principios de siglo veinte. El horror penetra en vientre, en mis latidos y mis parpados quieren abrirse, pero su eclipse es total. Se engendra una especie de viaje, donde el espacio es el medio por el que se transporta después de sus existencias aquí, en el aeropuerto de lo que decimos vida. No, no son muertos, son almas cohibidas, abatidas por la desazón, por el condena del olvido. Olvidamos, retozamos en nuestro yo, en nuestro ahora, en nuestro ya. Sin embargo, ahí ese ayer, qué negritud se cierne sobre esos seres no despedidos, anónimos de su errar y errar en este mundo. Apuro el almuerzo con mis ojos cerrados. Cierro la nevera y una ventolera interfiere en mis cavilaciones. Es un mediodía que danza con la tarde, todo lento se presta al despertar de la siesta. Una siesta con la que charlamos, con la que desconectamos de las horas anteriores. Un estallido de otras ganas de andar cuando el sol comienza su declinación.


 

13

Oscurece. Ha oscurecido en este final de mes de mayo donde las constelaciones cabalgan en la inmensidad de esta galaxia. Somos parte del hoy, del ayer y de un mañana que rumia herida. Parece que la calma entra en esta isla donde un faro perpetuo brota la lucidez de la bahía. Una luna espléndida se apodera de mis ojos, de mis sentidos, de cada arteria que recorre mi cuerpo. Y todavía pensamos que somos únicos, un raciocinio que nos desdobla, que nos hace impertinentes en la desembocadura de este mundo desquiciado. Y ahora que contemplo la luna viajo por otros mundos, otros lugares donde la existencia es manantial de progreso. Figuro, imagino esas vidas maravillosas en paralelo con nuestra decadencia, nuestro dolor. El espacio es lento, es materia que se desintegra, que se integra, que se expande, que se contrae en su belleza. Porque su sonido es bello, silencio. Oscurece, somos polvos de estrellas y a ello estamos destinados. Una pizca de masa oscura en medio de la nada. La rosa negra calla, su olor se apacigua mientras duerme en la noche. No siento su dolor, su pena, esa queja del ayer. Yo miro la luna, vigilo su semblante estático, yermo, fabuloso, perfecto desde aquí, desde el planeta tierra. Y si fuéramos hijos de otros lares, de otras tierras, múltiples mundos saboreando desde un punto de vista distinto este universo. Y si nuestros dioses fueran ausentes existencias que nos han dejado en nuestro desorden, en nuestra condena. Las religiones se confunden y se entregan a un mismo ideal. Cada uno la interpreta como si fuera la única sin embargo, son constancia de que son similares, que son iguales pero en distintas dimensiones. Oscurece ¡Ah, la luna¡ Redonda , hermética nos mira y una atracción encantadora me rastrea, me tira y emerjo donde las pisadas se hacen mudas. Miro mis manos y un fluido plateado se refleja en ellas y un flujo me inventa como otra manera de ver las cosas.  Mis manos, me las acaricio una con otra y vago donde lo frío de una primavera toma fijeza. Estoy fría. Soy fría. La rosa negra de la pared calla.


 

14

Y el aislamiento comienza, serpentea por mi cintura hasta llegar a mis sienes. Me aíslo cuando la noche retoza con el brío de una luna voluminosa, que se expande a lo largo de las horas. Y como digo soy frío. Aunque en ciertas veces no me conozca y el impulso de sus labios alumbren mi cuello inagotablemente como cascada que no cesa. Y es que a veces nos enamoramos y también a veces lo dejamos aunque el amor no sea vencido solo, por causas ajenas en nuestro transito en la verdadera caricia. Cierro la ventana, corro cortinas y me siento en el sillón, un halito de la rosa negra que agrieta mi pared me viene ahora que no deja que la fugaz fragancia del nocturno no dejo que entre. Ahora, la hallo, con sus ojos observando cada movimiento en la conversación de los cuerpos, de la tibieza del aliento, de los besos. Un túnel del tiempo me atrae y como succionada me inyecta en su entereza. Todo es luminosidad, un brinco de aves nocturnas revoloteando en mi silencio. La danza del querer se agita y escala hasta mi vientre, un impulso arrebatado hace que mi pulso se acelere y la observo. Observo su andar con mis labios cosidos. Intento hablar y no puedo. Intento abrazarla y no puedo. Intento dialogar con sus manos y no puedo. Desoigo cada pedazo de cielo cuando nosotras nos miramos por primera vez. Y me convenzo de que ese amor no ha acabado, ni tan quisiera ha empezado. Enciendo una lamparilla que posa en la pequeña mesa al lado del sillón y me entrego a unos poemas, unos acabados, otros no. Intento escribir algo y no puedo, el agotamiento de quererla me censura cualquier detalle sobre una hoja en blanco. Me levanto. Voy a la cocina y enciendo la luz del pasillo. La rosa negra que agrieta la pared parece mustia, una melancolía insólita que no logro comprender. En esta ruta de nuestro tiempo nos complicamos y buscamos la complicidad en un cavilar insensato. Me quiere. No me quiere. Me quiere. No me quiere. Termino bebiendo un vaso de agua del grifo de la cocina. Quieta, apoyada en el fregadero mojo mi cara. La luna entra por la ventana con su halo blanco bañando toda la cocina. Y me siento agraciada. Por unos momentos que serán inmortales para mí, la pienso, la acojo, la beso. Una historia que no tiene cabida en lo cotidiano en el sollozar de mis manos. Y mis manos lloran. Y mis manos tiemblan. Y mis manos envejecen. Y mis manos se cansan. Y mis manos se envuelve en brumas inhospitables. Y mis manos quieren cantar y no pueden. Y cierro los ojos. Y cierro la emoción. Y cierro mis sentidos. Y cierro la cortina de la cocina. Y la luna también calla. Y la luna también me abandona. Y la luna también me aísla. Y la luna también huye. Y todo se vuelve gélido. Y la fetidez de la ausencia viene. Viene por ese túnel imantándome.


 

15

La danza del tic-tac comienza con el susurro de los grillos. Un violín que no cesa en la intemperie de la noche, de una noche con luna. Tejo cada parte de mi con saturno como centinela. Guardo mis ganar de ser acogida en el regazo del calor y me contraigo. Escucho por un instante algo en el baño. Un ruido disperso, como si estuviera desgarrando las entrañas de la vivienda. Suena como un eco sórdido, contundente, mezclado con algo que está atrapado, encerrado. Por un momento mis huesos se estremecen y el olor de la rosa negra que agrieta mi pared viene. Viene con un taconeo de agujas en mi temblor. No, no tengo miedo solo, respeto a lo que pueda ser. Un respeto trabajado a conciencia en lo que perduro el virus en esta sociedad. Me levanto y voy al baño, enciendo la luz del pasillo y la rosa negra que agrieta mi pared despierta al igual que yo. Entro en el baño, todo parece normal. El ruido calla, el ruido deja de ser lastimero, el ruido dejo de oírlo. Abro la vasija y algo oscuro se ve en su fondo. Tiro de la cisterna una y otra vez y respiro hondamente. La cosa oscura no se va aunque tire de ella de nuevo. Solo corre el agua, un agua con destino al océano. Agua limpia que se desencadena en un mar donde muchos han soñado, donde muchos han llorado, donde muchos han muerto. De repente la imagen del sufrimiento se apodera de mí. Y pienso lo terrible de un mar adentro con un futuro desconocido, condicionado por la deriva de una embarcación que llegará o no a la costa de un mundo , de un mundo que somos ciudadanos todos. La mancha oscura sigue, tiro de nuevo de la cisterna. Corriente de náufragos en la desesperación de un mañana mejor, de una oportunidad.  Y la muerte…y la muerte se cierne en mi cabeza. Mar cementerio de anónimas vidas se presenta en mi visión. Océano donde el hambre y la sed deja como desheredados de esta atmósfera muchas existencias tantas, que no podemos imaginar ¡Sufrimiento¡¡Agonía¡ y al final la derrota, la perdida de la noción del tiempo, de la vida. Mar cementerio de anónimas vidas. Tiro de nuevo de la cisterna y la mancha o la cosa oscura sigue ahí, hermética. Estoy harta de esta pesadez. Engullo un pedazo de esperanza, una esperanza de un mañana mejor. Lo único que se antepone es un telón de acero, el individuo, nosotros. Y miro a la vez que agua corre por la vasija todas nuestras precariedades, muchas o pocas, lo suficiente para descarrilar una existencia mejor.


 

16

 Presiento el aglutinar de las horas como una masa corpórea que viene a mi y me habla. Una conversación donde los sonidos del dolor son presencia. Voy al pasillo donde está la rosa negra que agrieta mi pared…mi pared blanca. Enciendo la luz. Enciendo mis sentidos. Enciendo mi reconditez. Enciendo mis heridas. Enciendo cada cicatriz tatuada en la dejadez. Enciendo a la misma vez un sentimiento, una emoción siempre vigilante de mis pasos. Agradezco los alisios en esta primavera calurosa, el frescor se extiende en este pasillo. Miro la rosa, las tinieblas terroríficas donde la hegemonía de una maldad se esconde en ella. Aquí, en este edificio, en su pasado. No hay miedo, no hay prisas. Algo sale de ella, figuro un ánima destrozada en el ayer. Por su fisionomía transita en la luz de una mujer. No logro distinguir su rostro, pero me viene cierto halito de algún sueño donde la he visto.  Sí, la he visto, me es familiar. Mi mano se alza toca con sus palmas las de ella. Por momentos un mareo me sacude. Por momentos una retahíla de imágenes se concentra en mi cabeza. Algo desagradable, su celeridad no me permite distinguir cada secuencia de esas imágenes. Me aparto y lloro. Una tristeza me tira. Una tristeza me rompe. Una tristeza me asesina. Una tristeza me hace impotente. La figura con un halo azul-violáceo se centra quieta ante mí. Por instantes sobre mi memoria un grito. Por instantes sobre mi memoria un ataúd. Por instantes la impotencia. Por instante invoco a mis fuerzas. Por instantes me fatigo. Por instantes un reducto de lucidez me dice lo que ocurrió. Y me rajo. Y me caigo. Y me pierdo. Con un movimiento rápido voy a la ventana del salón. La abro y la luna redonda y blanca está ahí. Y suplico. Y me agarro a lo que sea en esta madrugada donde los grillos cantan para la coherencia de esta pesadilla. Y la luna no responde. Intocable me observa. Solo el repetitivo vals del faro. El tiene que saber. Sí él. Siempre en su girar y girar de siglos. Y me pregunto porqué está tan callada la madrugada. Una madrugada donde la nada aspira de la ciudad. Una madrugada donde solo las luces de las farolas que apagan el firmamento castañean la verdad. Cierro ventana. La isla está en calma, insonora. Cierro los ojos y divago en esa figura. No, no me da escalofríos cuando miro al pasillo. Todo apagado. Mi entendimiento me lleva a la duda y observo arriba de mi sillón un manojo de rosas secas, de rosas muertas…

 

 


 

17

Dan las dos de la mañana. Las rosas secas sobre el sillón. Miro más allá de su significado, más allá de ese cimiente donde el dolor se abulta, donde las cicatrices no terminan de supurar. Y es que hay dolor, un trastornado castigo sobre una vida. Escucho ese quejido, un quejido estático, vertical, arrancando de la pena. Y una pena es espejo de mis ojos cuando la madrugada se enciende en un silencio amenazador. Sí, las dos de la mañana. Los hechos tuvieron que ser alrededor de esta hora que ahora marca mi reloj. El tiempo se detiene y atravieso una cortina de pánico. Lo tortuoso de cada mancha roja detrás de estas paredes me desconcierta, me dejan desolada. Una hoguera se forma alrededor de mí. Huelo a cenizas, a miseria, a inocencia. Y zas…las vertientes de lo negativo me empujan contra la pared. Con mi espalda prieta en ella busco y busco la imagen perfecta de lo que fue. Una corriente de pájaros negros entra en mi salón y se llevan las rosas secas que posan en él. Me quedo mirando con mi columna entregada a la pared y con la agonía sórdida arrugando mi entereza. Me quiebro, me evaporo, me desvanezco, me reviento, me amargo y mi pulso se hace débil. Cuando despierto al observar el reloj todavía son las dos. La lentitud de las horas concede una tregua en mi búsqueda. Que son las dos de la madrugado. Las dos cuando la muerte levitó en este armazón de hierros y ladrillos. Las dos cuando su madre se lo dijo…su madre se lo dijo. Las dos cuando los cuchillos rajan los sentidos, cuando toda danza con la oscuridad. Y un corazón que deja de bombear. Qué frágiles somos. En un ir y venir todo puede ser una tragedia que nos hará perder el conocimiento. Las dos de la mañana una lengua de magma atraviesa los latidos y los lleva a aristas cortantes de la sonrisa, de ojos caídos, de ojeras invisibles. Y escucho el susurro de las olas desprendiéndome de la pared. Un mar al que hemos quitado toda ilusión, todo sueño. Un mar amasijos de tendones y venas colgando en el desvarío de algunos. Las dos de la mañana, entregada a la nada siento el romper de un algo. Voy a la cocina y sin darme cuenta piso un vaso de cristal roto el suelo. Siento como emana la sangre de mi planta del pie. Un dolor agudo me engulle, me hace parir un grito. Un grito en esta casa que habito a las dos de la mañana. Me siento he intento sacar el cristal que me he clavado. Paralizada me fijo como mana ese fluido de mis entrañas, es como si luchara con todo mal. Una gota de sudor cae por mi frente y mezcla con la sangre. Barro los cristales rotos. Barro toda experiencia rumbo a cuevas donde la insonoridad me hace beber de mi intermitentemente. Barro cualquier risco donde la pisada mal dada desemboca en un destino crudo, en la intemperie de ojos yermos, ojos huecos, ojos plomizos en el derivar de las jornadas. Son las dos de la mañana, vuelvo al salón, las rocas secas están todavía. Y es que todavía una punzada de alacranes se incrusta en los pilares de esta construcción. Y es que todavía no logro alcanzar una exacta explicación de los acontecimientos que llegan en una ansiedad hasta mí. Pozos de una memoria que me quiere vencer y no me dejo.


 

18

Las dos de la mañana y las manillas del reloj de pared se retuercen, se hacen lentas, se estancan en un no querer avanzar. Me asomo a la ventana. El océano rayado con tintes plateados de una luna que aun se avista. Suena una música dese mi aparato. Una música moviendo todos mis sentidos en mi admiración con esa mar en calma, callada. Una música que dice de la pena humana, de la extinción de la amistad con el corazón a cambio de un esqueleto de imágenes repletas hacia la fama. Un éxito acurrucado en gentes humildes, en gentes donde la palabra es amor, es sinceridad, es honestidad. Así somos, volamos donde el yo se abulte de tal manera que eclipsa a todo lo que esta detrás. Y nos creemos únicos, eso pienso, desbaratando a quien te dio la mano.  Y todo queda como pasado, un pasado enterrado en hormigón. No importa, todo se entorna como esa mar en calma, callada. Un océano que ahora se queja en su silencio. Un quejido recóndito donde su tumba no tiene nombre. Lo miro, ahora que son las dos de la mañana y sospecho que el tiene algo que ver con las rosas secas que están en mi sillón. Un mar con una coraza de plásticos y basura que no deja ver su profundidad. Pero calla y calla. Su vida se hace como este planeta donde habita más corta de lo normal. El calentamiento global supone muchos quebrantos, muchos desastres, muchas emigraciones donde podamos respirar y adaptarnos. Y los que pueden fenecerán. Sí, morirán en el exterminio por la desfachatez humana. Levanto un poco la vista y miro el firmamento, tranquilo. Somos nosotros con nuestras convulsiones terroríficas los que rompemos todo lo natural, toda la naturaleza. La madre tierra llora y no se porqué en estos momentos lo presiento. Un temblor me hace muda y tengo la sensación de lo que está mal, de lo que se ha hecho mal. No hay vuelta atrás. Dormir con lo que nos viene encima, calmos, equilibrados. Aprender de los pasos mal dados. Aferrarse a la vida como si fuéramos pardelas capturadas por el zumbido de las olas. Vamos, venimos. Venimos, vamos y la historia se repite, entra en un bucle difícil de paliar. Nos disfrazamos de cierta benevolencia…de cierta benevolencia letal. Pero este mundo es variopinto a la vez. Un mestizaje gobernando su diversidad. Eso es bueno. Me enamoro de las maravillas de este planeta. Me enamoro del realce de la igualdad. Me enamoro de las batallas inconclusas en mi destino. Me enamoro de la conversación emanada de cada esfera. Me enamoro de lo inconformes ante la atrocidad. Me enamora de la integración de los océanos como aliento de belleza. Las ballenas cantan. Cantan y cantan en la escalada al equilibrio, a la armonía de las horas. Son las dos, una luna hace rayas en el océano.


 

19

Quiero que la madrugada se haga eterna. Sí, saborear de su plenitud con toda la mía. Los años pasan, nos hacemos más lentos, más visionarios de lo que viene y me tranquiliza. El murmurar de la noche con esa luna cerrada me hace respirar cada ráfaga de aire que se detiene en mi cara. Soy mujer, soy imagen abisal de un ayer. Soy escrupulosa con mis pisadas. Soy mujer, soy remanso de unos ojos que atentamente escuchan, pero callan. Y es que callar es el modo perfecto de las olas. Soy mujer, atracones de insoportables vivencias me han merodeado. Soy mujer, vivo sola. Soy mujer designando mis formas de andar, de ser ancla donde lo hondo de la oscuridad me haga un guiño. Son mujeres. Sí, son mujeres lo que la vida rencorosa, celosa, hirviente, injusta, inalada han dado a ese castigo. Muertes, expolio del placer de sonreír, arrebatando todos sus sentidos como ser humano en muchos lugares de este mundo, en la mayoría. Estoy de duelo, con lágrimas negras, con unas rosas secas negras encima de mi sillón por aquellos que las han asesinado en el canto pulcro de su caminar a la libertad, a la expresión reflejada en cada par de ojos lapidados por la inconciencia, por una sociedad donde las considera nada, un pozo vacío donde se mueven sus vicios más tórridos. Soy mujer y me quejo. Soy mujer y grito, aunque mi voz solo sea un reventar de estómago, de mi garganta. Cuello rajado y sangre y más sangre. Ser objeto una desquiciante verdad que aun rompe todo nuestro ser. Un largo sendero nos queda aún. Un sendero donde muchas rosas negras llenaran de mugre sus rostros, sus pisadas. Soy mujer. Mujer del viento. Mujer de las nubes. Mujer de los mares. Mujer de las estrellas. Mujer de las montañas. Mujer del mundo. La pesadez replica en una tristeza infinita, conducente en que no más que somos fardos de piedras. Y las piedras hablan, hablan de de lo anterior a este siglo. En cada una de ellas está retratado cada mujer, cada niña que ha sido hija de la devastación plena. Las tres, son las tres. Las tres de la mañana. Aboco a la tempestad. Llamo a las tormentas. Anhelo un chubasco de piedras donde cada una de ellas resurjan de las espesas nieblas del exterminio. Aclamo a la fuerza. Realzo la fuerza y me sostengo en un hilo largo…muy largo donde el resonar del dolor me consterna. Soy mujer y son las tres. Como loba de mi gruta lamo cada herida, cada horror y lo siento mío. Por instantes me desprendo de este cuerpo, mío, solo mío y agarro cada alma lanzada a melodías fúnebres. Un pájaro atraviesa esa luna llena, esa luna cuyo espejo es el océano y observo como nos arrugamos, como decaemos, como se para todo para un nuevo nacimiento…Porque siempre nacemos, siempre hay una soga que nos ata a un mástil de esta tierra para continuar en la mirada de un faro que viene, que va. Soy mujer y son las tres…


 

20

Tic-tac, en el más puro de la noche muda suena el reloj, suena mi móvil. Por principio me pregunto quien puede ser a estas horas. Por principio lo escucho sonar y sonar en un arrebato de insistencia. Lo miro. Un número privado. Lo dejo, no me interesa. No me interesa que en la madrugada alguien germine todo mal contra mí. Ninguna de mis amistades, de mis conocidos llaman a estas horas. Pero sigue y sigue en su gorgojeo incesante. Y está dejadez mía de saber quien me hace lubricar pensamientos nefastos. Algo erróneo a mi persona. Quien tiene tantas ganas de molestar ahora, cuando la luna redonda con su luz incide en esta vivienda. Y me quejo. Me quejo para mi misma. Bosquejo alguna persona perdida en la inmensidad de este mundo. Bosquejo un toque de agobiantes precipitaciones a la deriva. Bosquejo su caída en precipicios donde el mar ruge con violento contra las rocas. Un vals de pensamiento converge en mi con imágenes que se esparcen, que se complican a medida que el móvil no deja de dar la lata. Lo cojo. Un silencio incomodo me recoge y los presagios vienen. Me precipito a algo inconcluso, a algo hipnótico, a algo oscuro en su callar. Estremecimiento. La duda cae sobre mí, un ritmo desaforado provoca un agitar de la verdad. La verdad de esa rosa negra que está en mi sillón. La verdad de esa rosa negra que agrieta mi pared. El olor se hace intenso…muy intenso y me entrego a su significado, a la averiguación cuando las tres de la mañana hace tic-ta,…tic-tac. Cuelgo el teléfono y de nuevo vuelve a sonar como suenan los gemidos de algo herido, de algo agónica en las tierras de la nada. En vertical, accedo a la llamada. Esa llamada que parece una bocanada de brasas desnudando el pasado, el hoy. No hablo. Tras la línea tampoco. Es la señal de la perdida, es la señal de que toda esta cerca, es la señal de personas removiéndose en sus fosas, es la señal de moribundos alertando del ayer, del hoy. Se mueven y lo siento, como este planeta hostigado repetitivamente. Donde el respeto hacía su entereza, a su verticalidad es nada más que una mole de azotes constantes, intermitente. Y ahora llora. Y ahora quiere desahogarse. Y ahora quiera evaporar todo daño en una ola gigante que nos arrastrará a todos, en un terremoto que nos tragará a todos, en una agresiva intemperie que nos vomitará a todos. Así lo figuro. Así edifico cada nudo de su dolor. Tendida en un teléfono que no habla, que no escucha solo con su mutismo me dice todo. Despliego cada incógnita encerrada bajo este techo, bajo la construcción de estas casas. Tic-tac…tic-tac y cuelgo. No lo cogeré más ya se lo que hay detrás de ese callar. Y me quiebro…


 

21

No me resigno. Las cuatro de la mañana. La luna redonda y blanca se ha ido, se ha perdido en lo global de este mundo. Salgo de mi casa. Mientras camino dentro de mi hierve la verdad. Voy a la playa. Esa playa donde una masa líquida es la solución al todo. Me revienta el estómago y mis entrañas son temblor enraizado a un escalofrío. Fija, estática me enfrento a ese mar, donde la marea juega con nuestras vidas. Donde las olas estridentes, grotescas rompen contra las rocas sin paciencia, sin compasión, intangibles a todo trato. Escucho los gritos de la oscuridad, los gritos que somníferos nos encarcela al olvido. Vidas metidas en sacos y atadas tiradas a la mar, por ser mujer, por ser incontrolable obediencia, doblez a las afiladas cuchillas de la bestia, el hombre. Fue un hombre el que disparó a sus sentidos de sus destinos. Comprendo. Peno. Las rosas negras que están agrietando mi pared las tiro a la mar, a esta mala mar. Una mar fea como cloaca a los caminos que tomamos. Huele mal, un olor que rechina en mis huesos, doloridos. Y me siento cansada, un cansancio barriendo todo el suceso, toda aberrante disconformidad con sus seres. Son mujeres asediadas, violadas, inconclusas en su girar y girar en este mundo, maltratadas donde no quisieron callar. Y la mar invoca el destierro. Y la mar invoca la muerte. Y la mar provoca mi aullido en la oscuridad. Las constelaciones trazan su fin, como fue su fin. Ahora, que la luna redonda y blanca se ha ido. Las constelaciones tienen memoria y lo trágico se vuelve eviterno en nuestra alma. Siento sus gritos, siento una respiración encharcada de rosas negras…de rosas negras secas danzando con la oscuridad.  Y ellas regresan, un regreso para ser parte de esta isla, de esta tierra. Las constelaciones me hablan de como cada una de ella. Una lágrima impertinente se clava como tacha ardiente en mi garganta y mis ojos se cierran. No, no quiero saber más. Camiones circulando en la oscuridad. Caminos llenos de dolor, de angustia. Van camino a la mar fea. Van arrojándolas como si no más fueran rastrojos de incendios. No, no quiero saber más. Suplico a la luna redonda y blanco que vuelva. Suplico que germine la mañana y las constelaciones no sean más que una extraviada memoria. Doy un paso, los acantilados me miran, los acantilados de desmesurada tumbas anónimas me hablan y yo converso solo con el dolor. Soy duelo, un duelo agresivo ante los agujeros de esta existencias….muchos, demasiados. Y ellas danzan con la oscuridad. Esperarme, les digo. Esperarme…

 

FIN

 


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