Un piano, camino por un puente colgante.
Abajo la vaguada toma vida en el nutrir de agua que corre sin descanso. No me
detengo, no hay pausa cuando mi cuerpo se tambalea hasta cruzar al otro lado.
No miro atrás, las sombras de un amor, de una dejadez empaña mis pensamientos y
siento el ruido de lo malo, de lo bruto. Compongo un silbo que lleva hasta la otra
orilla. Llego, mis piernas temblorosas, estoy en la solidez otra vez de una tierra
amparada por soles esplendidos, por lunas hechicera de los espíritus que cubren
nuestras espaldas. No me siento agotada, me enraízo en un andar seguro hasta
llegar al árbol de la vida. Dicen que está cerca de una cueva de donde nuestros
ancestros guardaban la cosecha por la dureza de los inviernos, de las sequías. Sin esperarlo ante mi el viento toma relevo a
la calma, se vuelve avaro, con resquicios violentos abofeteando mi cara.
Continuo, no hay pausa cuando el alba de los pájaros besa mis ganas de visionar
ese árbol, el árbol de la vida. Cierro los ojos y ante mi sorpresa lo hallo
ante mí, detrás la cueva de nuestros antiguos pobladores. La sangre me hierve
en la emoción, miro todo mi derredor y un enjambre de naturaleza viva me da la
suficiente lucidez para aproximarme a ese árbol, el árbol de la vida. Se cuenta
que hace muchas décadas bien entrado el XX donde aun la pobreza atesoraba las
islas las mujeres venían a dar a luz aquí, a esta otra orilla donde se
encuentra este majestuoso y opulento árbol, bajo su sombra rompían aguas y el
recién nacido se consideraba como aquel que sacaría de la miseria a toda la
familia, a toda la aldea y si no que el pan no faltaría. En mi mente se forman
historias de mujeres y mujeres que dieron a luz a lumbre de los soles, de las
lunas, de las lluvias, del viento con la partera del pueblo en medio de
incertidumbre de si todo saldría bien. Un pájaro se apoya en mi hombro, un beso
que me despierta de esta imagenes mías. Me parece verla, con contracciones, con la
mujer de negro al lado de ella apurando en llegar al árbol de la vía por ese
puente colgante que cruzado de una zona a otra. Un piano, un camino por un
puente colgantes. Retorno a mi orilla, esa orilla donde la sonora memoria
presta convicción a lo que ha sentido cuando toque sutilmente ese árbol, el
árbol de la vida. Una libertad con el sueño de deseos de volver a ver ese amor,
a esa existencia huido en esquinas heridas.
