Lentamente, las manos se unen, desprenden la fragancia de una primavera que viene con el viento, el viento….el viento norte. Se inclinan, miran sus pies y comienzan a andar por los caminos reales de esta isla perdida en el Atlántico. Atlantes conversan sobre su aislamiento, sobre esa protección a las almas que en una noche de luna bailan al ritmo de unas estrellas fugaces. Los cuerpos son lamidos por el oleaje violento y los condiciona a la sequedad de sus lamentos. Purificados siguen su caminar por esos caminos serpenteantes hasta la eternidad del firmamento. Algunos se besan, otros, se abrazan, otros, escuchan la llamada de aves nocturnas en sus pisadas calladas. Lentamente, las manos se unen, en círculos tararean alguna canción que va contagiando a todos, una canción de esperanza, una canción de libertad, una canción en medio de la isla perdida en el Atlántico y escudada por Atlantes. En un momento dado todos miran al cielo, oscuro , solo el halo maravilloso de la luna, de una luna redonda. Beben de ella como hijos del universo, se sienten agraciados a estar aquí, en este preciso lugar periférico ausentado de guerras sonámbulas. El círculo se va, lentamente, unidos de las manos continúan donde el tic-tac del tiempo no existe, donde otra dimensión los acoge en su vientre de paz. Lentamente, las manos se unen, se evaporan diseminando la fragancia de jornadas tranquilas, de jornadas esperan una y otra vez el nacimiento del sol.

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