Verdes están los campos, una
tierra que se entrega al vals de las lluvias pasadas. Camino al ritmo de la
hierba mecida por la brisa , me tiendo donde las florecillas y las aves son
himno a la madre tierra. Me entrego a este pequeño instante inmenso en la
memoria como si fuera el último suspiro. Lo bello, lo bueno, lo maravilloso
colman mis pulmones y me siento hija de este chiquitito lugar donde la vida es
fuerza, color. Una paleta de emociones que ahuyentan los lamentos de este planeta. Y siento la calma por momentos y luego
despierto donde las guerras son púas, son navajas, son machetes destrozando,
rompiendo, rajando la verticalidad de existencia en un grito oscuro, en un
ruido tembloroso de un inocente en el filo de los precipicios. Y lo aparto. Y
me entrego a este diminuto instante donde la paz pondera mi verticalidad, pero
se hace pesado …muy pesado ese llanto sin lágrimas donde el resonar de las
guerras, de lo insolidario, de lo injusto, de las venganzas obsesivas
compulsivamente llevan a tumbas anónimas. Verdes están los campos en estas
islas, propósito que con un pequeño acto podremos convencer a los tiranos, a la
ira de que quiebren sus armas la son eviterno de la paz. Me levanto y corro en
el verdor de la hierba como si fuera cura de las penas, de esa anhelada ruta
donde pañuelos blancos cantan al son de los pájaros mientras besamos la paz.
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