viernes, febrero 21, 2020

LLUVÍA....













Lo habían anunciado. Sí, en el paso del siglo, lo habían dicho las gentes del campo. Esto no va bien, la lluvia de año en año se evade de nuestras tierras y ahora son lamidas por un látigo amarillo, seco en el eco del viento. Nuestros pastos descubren animales desnutridos, idos en el vértigo de sus huesos, de nuestros huesos.  La madre que no tiene para amamantar a su ternera.  Sí, lo habían dicho, la desdicha se cierne sobre nuestros ojos y nuestras manos rajadas por el sudor, por el esfuerzo, por la pena  se retuercen en impotencia. Nuestra vida se invade de una sequía que hace tambalear la entereza y caemos en pozos donde la nada nos consume poco a poco en un sufrimiento que no tiene lágrimas. Lo habían anunciado, cien años ya hace de eso, de las plagas serpenteantes de este mundo. Aquí está, presente, no recuerdo tiempos tan duros, tiempos tan miserables que nos quitan las ganas de continuar.  Pero me detengo, miro mi rebaño y una tristeza infinita se apodera de mí. Uf, estoy agotada, estamos agotados circulando a través del temor. Procuramos pensar que todo esto es pasajero pero lo dudo. Cada tiempo borrado de lluvias es más arduo, es más avaro, es más infertilidad de nuestros pasos borrados por un desierto que se aproxima.  Quiero que el cielo se rebose de nubarrones y nos haga emerger como pueblo enterrado en sí mismo en lo yermo ¡Agua ven¡ ¡Ven agüita¡ Agitamos nuestros brazos al firmamento , hoy es noche de luna y encenderemos una hoguera por la que a su derredor danzaremos nuestras esperanzas, nuestros deseos. Nos despojaremos de las penas y concentraremos nuestros pensamientos en el reino de los astros. Nuestra cosecha se muere. Nuestros animales aúllan al miedo. Siento terror, sentimos terror ante el atroz, ante el descomunal desenlace de esta sequía.  La isla muerta, así la llamo ¡Lluvia ven¡ ¡Ven lluvia¡ agitémonos en tu cuerpo, nuestro cuerpo. Esperamos,  la luna ya viene con su aliento metálico, la luna ya nos sobrevuela en nuestras miradas y suplicamos, y rogamos que venga la lluvia. Que nuestras tierras griten a la alegría, que nuestras tierras desenreden su sequía y sea cabello verde balanceado por la brisa. Oh, veo esa agua venir, el viento trae nubes.  Me dejaré mojar, sentir su frescor, su renovación, el nacimiento de nuevos sueños ahuyentando el anuncio de mi gente ¡Ah¡ llueve, llueve mansamente, un halito de calma penetra en mi vientre encogido ¡Canta madre tierra¡ Bella eres, eres el deseo de manantiales que de tu entrañas surcara por nuestros labios ¡Ah¡ llueve, llueve tranquilo. Así, como debe ser, que nuestras tierras dibujen arco iris en el curso de su existencia. La lluvia me da su mano, me saluda como se saluda a viejos amigos. Te esperaba, le digo.  Pero lo habían anunciado, cada estación será más imprecisa, más desequilibrada, más airada ante nuestras palabras. Pero ahora. Sí, ahora, me saludas y te digo, te esperaba así, tranquila.

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