El alba. Una débil llovizna
envuelve la urbe. Carreteras monótonas avivan un arduo tráfico. En la estación,
donde manos gélidas toman el nombre de la insonoridad. De esta manera mía de
callar, de conversar con las aves de plumajes mustios. El alba. Despiertan mis pies esbozando un
abrazo a este mundo mío…solo mío, donde el gravitar de del abrazo se vuelve viejo.
Aquí estoy, soñolienta, en busca de la mirada imperfecta de mis vuelos a ras de
esta vida…de esta vida mía conservando algún recorte de la memoria cuando la
amargura atravesaba ese desván de los sueños.
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