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viernes, enero 28, 2011

EL NÁUFRAGO Y LAS OLAS


EL NAÚFRAGO Y LAS OLAS….


Se alza el crepúsculo somnoliento aún del reciente navegar de la luna llena. Un muchacho de perfil adjunto a la flacidez es belleza de sus redes. Está marcado por el salitre de todas las madrugadas cuando busca, rastrea y explora el abastecimiento de su vida. Su juventud es un privilegio para la fortaleza cernida en esos sedales que con tanta agilidad sondean las profundidades de esa mar oscura. ¡Mar oscura y bella a la vez¡ Le ensimisma el retorcer del silencio solo con el zarandeo del ronroneo de las olillas en su pacífico mecer de sus anzuelos. Piensa en un gran pez, un pez que engullirá junto a su familia. Un pez de tonos plateados como la luna, la hermosa luna.
Su cavilar de pronto se ve envuelto en densas brumas. El océano, su amigo, sin saber por qué iba tomando una manera airada. Su sosiego es alertado, arrebatado con el jadeante silbido de un viento huracanado que le hacía perder toda su estabilidad. “ ¡Aléjate mal tiempo de mi embarcación¡”, dice asustado ante lo que se le venia encima. “¡Aléjate círculo del terror¡ No me dejas navegar con el agobiante vómito de una mala espuma que hará ahogar mi trabajo.”,continua con su grito de dolor ante aquel feroz ataque que destroza poco a poco su pequeña barca. Su barca de pobre pescador. Barca de pobre pescador que danzaba al son de las olas para en las horas tempranas ir al mercado. Se ve confuso, confinado en torbellinos de tempestuosas y portentosas olas. Cada una de ellas fusta cruel de su lucha por la supervivencia. Cada instante que pasa es todo más oscuro esos ladrillos de espuma amantes del demonio pueden con la débil embarcación. “¡Escúchame¡, esboza en un alarido jadeante. “¡Escúchame¡ ¡Me brindas la muerte y con ellos mis sueños también quedan destruidos¡ ¡No me dejes sufrir¡¡Acaba pronto océano grotesco¡ ¡Dame la muerte, la muerte¡ Yo que tanto te amaba me respondes así. No, no lo comprendo.¡Tú violencia¡¡Eres sable del mal¡ Poco a poco pierde el conocimiento, poco a poco es arrastrado a una playa vacía. Sus arenas de un azabache y sus arboledas perdidas para cualquier criatura andante en este planeta tierra. La tempestad baja su brutal fuerza y lentamente desaparece dejando de magullar más y más al humilde pescador. El yace con el rumiar de las olillas sin conocimiento en las negras arenas de la playa.

**
Transcurrieron los días por aquel salvaje lugar. Un cuerpo yacía sobre el polvo azabache con el corazón destrozado. Cuando el crepúsculo llamó al sol despertó de ese estado inconciente. Le apretaba los pómulos salados con un dolor intenso, sus labios estaban agrietados y su visión era borrosa. Despacio sus dedos de la mano comenzaron a moverse después sus piernas. Se tocaba, se acariciaba. Se encuentra confuso, algo delirante, en la incertidumbre de que sus ojos no adivinaban a acertar donde se encontraba. Para el, aquel paraje, era desconocido. “¿Dónde estoy?” se dijo en su aturdimiento mientras escupía algas y arena. “¿Estoy vivo o muerto?” se dijo delirante con sus llamaradas desorbitadas. “¿Qué habita mi cuerpo para que mi espíritu esté tan tullido?” se dijo lánguido abrazado casi a un nuevo desmayo. “Mi barca, ¿dónde está mi barca? Se dijo con un hilo de voz. “¿Dónde te hallas barca de mi existencia? Se dijo entristecido a medida que la realidad surca sus sentidos. “No avisto ante mi ese lugar padre de mi techo. Mi tierra es dorada no de este negror cortante” se dijo mientras se intenta levantar y observa todo su derredor. “ ¡Un bosque¡ ¡Una playa de arena negra¡ Esta no es mi tierra. ¡Levántate cuerpo mío¡ ¡Levántate y alza tus velas ante este sitio desconocido por culpa del tirano océano¡” se dijo con un grito que apagaba el murmullo de las olas. Al instante se movió. Sus brazos comenzaron ayudar levantar aquella corpulencia joven pero dolorida. Se arrodilló y todo el misterioso lugar que se hallaba en su alrededor fue tomando un matiz desconocido. Se alzó con el temblor de sus piernas dando así unos torpes pasos. Pero la fatiga pudo más. Cayó, cayó en el desvanecimiento de la esperanza, de la ilusión, de sus sueños. Cayó, cayó por la desnutrición, por la deshidratación, por las heridas de su delgado cuerpo.
De repente una sombra recorre su materia, gravitando sobre su cuerpo examine ya.
-¡Joven, Joven¡- sobrevuela sobre el una voz que quiere ser ánimo ante aquel estado-¡Toma de esta agua¡- dice la sombra al naufrago. Pero él no responde. Arrastró su cuerpo cogiéndolo por sus brazos donde el boscaje es exhuberancia para que no más los rayos solares incidieran sobre él. No toma conciencia por lo que decidió llevarlo al lugar donde él vivía: una cabaña fabricada con sus propias manos. Una cabaña de cañas y palmeras que servía de guardián en sus noches de soledad cuando el descanso lo llamaba. Sus manos estaban envejecidas pero fuertes aún, su cabello gris le llegaba a los hombros, su cuerpo era un espectro esquelético pero aún conservaba cierta robustez del ayer. Sus años lo habían carcomido en arrugas, en sufrimientos, en silencios. Al encontrar aquel joven una luz en sus ojos retorna, una felicidad circula por sus venas como manantial de una calidez humana perdida muchos años.
Cubrió aquel cuerpo con pieles elaboradas por el en el transcurrir de los otoños. Sorbo a sorbo aquel ser arrojado por el océano tomaba una respiración pausada, un tono de piel de vida. Salió de la cabaña. Como de costumbre a dar uno de sus eternos paseos. Allí las horas, los días y las estaciones no existían solo el paseo del sol, la llamada de la luna, de las estrellas, la caricia de los otoños, de un invierno, de una primavera o un verano que rociaba sus jornadas entre la meditación y la supervivencia. Siempre con su fiel acompañante ¡las olas¡ Olas rompientes entre las rocas forjando así espumas blancas que dan pie a su imaginación. Hablaba con ellas cuando las andadas del sol declinaban para erupcionar los candiles celestes del universo: faustas gemas cuyo esplendor daba paz a su corazón. ¡Son tan puras¡ como la mar que tanto amaba. Sí, lo amaba. Besar esa alfombra ondulante era su único deseo, su satisfacción. Tras sus horas por la orilla volvió a la cabaña. Esa cabaña confinada entre cedros, acariciando la santa naturaleza y círculo de su paz. Se aproximó al muchacho.
-¡Chico¡- dijo suavemente al hallarlo introducido en una especie de pesadilla. Estaba llorando. Pero aquella criatura no despertaba. Le dio un poco de agua y poco a poco fue calmándose hasta caer en un profundo sueño. Cuando lo observó tranquilo salió de nuevo de la cabaña adentrándose en el bosque para recolectar frutas y raíces. Al regresar escuchó algo. El muchacho esta balbuceando unas palabras. “Déjame mar vivir”. Una y otra vez repetía la misma frase. El anciano ante aquello corrió hacia él.
- ¡Despierta chico¡ ¡Despierta¡- entonó más alto para que el muchacho lo oyera.
Se abrieron sus ojos y de su frente un sudor macabro lo empapaba.
-¿Quién es usted?- preguntó el muchacho cuando ascendió de los infiernos que estaba viviendo-¿Dónde estoy? ¿Acaso soy muerte? ¿Quién? ¿Quién me habla?- decía delirante, extasiado, pálido, desesperado. Con sus ojos insuflando rayos rojos como si estuviese viendo una visión. Y de nuevo cayó y cayó en el sueño. El hombre naufrago amante de las olas aprovecho ese tiempo en que el muchacho permanecía en ese letargo en construirle una barca para cuando se recuperase pudiera volver a su tierra. No quería a nadie invadiendo su soledad, las olas eran sus amigas. La elaboró en el mismo lugar que encontró al chico siempre de noche con la ayuda de la luna. Cuando terminó volvió a la cabaña. Lo halló de espaldas mirando por una pequeña ventana de aquella casucha. Repentinamente extrañado por el sitio en que se encontraba comenzó a vociferar.
-¿Dónde está mi barca? ¿Dónde está ese océano alfombra donde navego?
-Tranquilízate-entono el anciano calmado- Tu barca se encuentra en la playa, en el mismo lugar que naufragaste.
- Ahora recuerdo. Una ola me embistió.¿Qué ocurre? ¿Dónde estoy?
-¡Tranquilízate muchacho¡ Estás en mi casa. Hace varios días que te encontré en la playa sin conocimiento. Has estado a punto a desaparecer de este planeta, unirte a la muerte pero yo con mis cuidados… ya ves. Aquí estás, vertical. Otra vez en el mundo de los vivos.
Ante esas palabras el muchacho se sentó en la especie de cama que había estado acostado, algo aturdido, algo pensativo.
-Gracias. Pero he de volver a mi casa. Tengo que alimentar a mi familia.
-Si. Comprendo. Pero existe un problema. A donde quieres ir no se donde se encuentran.
-¿Qué lugar es este lejano al mío? ¿Cómo se llama¿
- No posee nombre. Yo le llamo mar- dijo el anciano
-¡Mar¡ Nunca lo había oído. ¿Por qué llamarlo así¿
-Porque el mar me rodea con su hermosa espuma. Me ha abrazado muchos años en este lugar con su imperio de paz. Su aroma es vida para mí.
-¿Acaso aquí no vive más personas?
- No. No hay más seres en este lugar. Solo las bayas, las frutas, los árboles, los matorrales, las raíces, la hierba y como no el océano.
-¿!Vive usted solo en este lugar!?- preguntó el joven estupefacto.
- ¡No¡ Solo no. Con el sonoro redoblar de la naturaleza.
- No hay más alma que usted en este lugar- replicó el joven asombrado.
-Para que más. Las almas tienen que poseer eso que se llama complicidad, honestidad. Ser veredas de la verdad y el sosiego. Mientras ello no exista para que más. Ahí están las olas, los árboles, la luna, las estrellas. Todos ellos me alumbran en serenidad y la soledad no la siento, no la toco. Bueno, cállate alma mía. Vamos a la playa a ver si te gusta tu nueva barca. ¡Cállate y anda¡ que la noche ya nos sobrevuela. Los tambores del bosque y las flautas de del universo nos acompañará.
Mientras se dirigen a la playa el anciano comienza a cavilar. A rememorar ese día en que el también encalló en esa isla. Esa minúscula isla de solo arena y un follaje espectacular con una pureza inexorable no siendo más pisada que por él. Escenas de hombres y mujeres que como el chico pasean por su mente. Personajes de paso, personajes perfumados de océano y comenzó a narrar al muchacho ya casi hombre. Ahí estaba ella me aproximé de las profundidades donde el irradiar de la albura de las olas cosquilleaban su cuerpo. Me senté junto a él todas las noches hasta que su tersa caricia nos pronunció como amantes.
-¿Qué tal amor?- dije yo a esa muchacha de dorados cabellos, semidesnuda en aquella playa tras ser andrajoso andar por los pasadizos del oleaje maligno. Allí yacía, confusa por la luna perdida, vomitada aquel lugar desconocido.
-¿Quién eres tú? ¿Qué haces aquí?
-Yo soy el guardián de los débiles. De esos que la tempestad corrompe arrojándoles a esta isla.- murmuré yo.
- No se lo que ha ocurrido. Sobrevinieron rayos y relámpagos y tras ellos la tempestad. Yo viajaba en busca de otros mundos, otras culturas. Era pasajera de un navío. De mis compañeros no se nada. Si se habrán ahogado o como yo sobrevivido.
- Ya entiendo joven. Sí algunos un invierno perpetuo y oscuridad zumbarán sobre ellos en las profundidades del océano. Otros, como usted, volverán a ser albor de la primavera, esa primavera que revoluciona las alas con deseo de volar y volar.
Me fijé integralmente en sus ojos nobles . Esos ojos que hablan de la perfección que era para mi corazón. Prendió en mi un no se que de ánimo, un estremecimiento que me hacía ruborizarme. Tras una pausa le pregunté algo que se le había quedado atrás por ese deseo que se le aventuraba.
-¿Cómo te encuentras?
- Bien. Algo aturdida. Me siento enjaulada en este lugar.
-Toma. Bebe algo de agua. Te vendrá bien para que te fortalezca así puedas alzarte y volar y volar- entone yo encariñado más y más con ella a medida que la luz empezaba a romper la noche. La luna se escabullía. Un anaranjado sobre malva teñía el horizonte y el silencio habitaba todo movimiento, toda palabra.
-¿Quién más habita esta isla?- pregunta ella sorbiendo poco a poco el agua.
- Nadie más. La brisa que corretea ahora por nuestros rostros. Tú y yo y este amanecer maravilloso habita en este paraíso.
- Entonces, usted me sacará de aquí. Me auxiliará para yo regresar a mi país, a mi tierra- entristecida son sus palabras. En ella se conmueve un presentimiento de palabras inútiles pero no quiere ver esa realidad.
- Creo que lo usted me pide es imposible- mis ojos se apartaron de los de ellas, siente clavos ardientes en su vientre ante la imposibilidad de realizar los sueños de esa bella mujer que está ante mi.
-¡Imposible¡ No me diga eso, por favor. Se ve usted tan bueno-las lágrimas la apresan. Sus manos tapaban ahora su rostro.
-Lo siento señorita. De todo corazón. Haría cualquier cosa hasta sacrificar mi vida por cumplir sus deseos. Pero es absurdo. Estamos tan aislados. Aunque hay una opción que pase algún barco y la descubra este pequeño lugar. No pierda la esperanza. Se encuentra bien, la observo pálida.
- La duda me sacude con respecto a mi salud. Mis entrañas se sienten excavadas por pirañas. No se que me ocurre pero es como si el universo se burlara de mi, de mis deseos. Solo veo en mis sueños féretros voladores por desfiladeros que me conducen a la nada, a la nada.
- No hables así mujer. Ya se te pasará y veras como lograrás llegar a tu tierra.
-¿A mi tierra? Tan lejana y ausente. Seamos realistas, me hallo enferma. Enferma de no se que.
-Ya te recuperarás.
- Me recupero y caigo de nuevo. No, no me sanaré. Hay algo ahí dentro de mi que me esta comiendo, que me está torturando. Me siento tan débil y desesperanzada.
El sol susurraba su diana de mediodía. Nos recogimos de allí de las rocas donde el mar rompiente demuestra su agotamiento con su serenidad, su transparencia. Nos adentraron a la sombra del boscaje, denso, exuberante, todo un radiar de verde en todas sus dimensiones. Esas dimensiones con que ella me observa. Así tersamente, cariñosamente. Sí, me miraba. Mis mejillas tendrían que tener un tenue color rojizo como después pude apreciar en un arroyuelo. Apreciaba el dominio de su corazón por ella. Ella también se sentía atraída por mí, tanto, que fija sus ojos sobre los míos. Pero pronto los apartó, se sentía enferma, decaída. No, no podía ser. Hallar el amor en un lugar ajeno a toda vida humana. Solo nosotros dos. Yo y ella. Ella y yo . Su salud la corroía a cada deseo de acaricia, a cada esperanza que todo lo que le sucedía fuera imaginario y solo fuera cansancio. El astro rey comenzó a descender irradiando sus últimas fuerzas, y ella igual que él también. Una fatiga insensata, exasperante crujía en sus venas. Correteaba cada arteria y corrompe con la llegada del quebrantahuesos a su pecho. ¡Se sentía morir¡ Yo me sentía despreciado por el cosmos como si estuviera descendiendo por pedregales de tuneras. ¡Se perdía¡ Ella se iba perdiendo por una vida intransigente, intranspirable, insana, famélica.¡ Mi amor se iba¡ Y yo era símil a la deforestación que sufre los bosques. El frío lme llevaba por mareas negras catastróficas. Mis manos no podían hacer nada, eran insonoras a ella.
-Te quiero- las palabras de ella se eclipsan- Desde el más allá alargaré mis brazos y te protegeré. Tú, tu bondad, tu sinceridad. Eres crepúsculo de la belleza de las personas. Sin embargo, no dejas irme. Eres ateo en la muerte porque te has enamorado de mí. Quieres que la esperanza brille pero, no, ¡no¡ es imposible. No hay remedio. Un túnel de pálidas olas me lleva hacia mar adentro donde la oscuridad es eterna.
-No. No menciones tus pasos hacia la oscuridad. La soledad de nuevo me espera .Solo el ronroneo de las olas.
Ella ya era plaga de un cadavérico trance del cual no sería más belleza de el. Ella ya no más sería ese pequeño momento de felicidad para mí. Ella, la dulce, ya no sería más ese nutriente esencial para mi corazón, mi corazón. Ella ya no sería más sueño que se alcanza con las manos sino esos arrecifes blancos de muerte. El nocturno torna fosforescente la espuma, esa espuma sagrada. El día se esfumo y con el ella, se fue y solo quedó una Andrómeda furtiva observando al son que mis lágrimas caían sobre la tez pálida de ella. ¡Se fue¡ Como nave azulina y aterciopelada que vuela por el cosmos infinito. Se fue y en mi recayó un descender por los temblorosos lodazales de la soledad. La miraba para transportarla por las olas cual serán ahora el mecer de su espíritu. Una fina lluvia comenzó. Consternado quería saber de esos mensajes que transmiten las estrellas.
-Entiérrame sobre los senderos de tu universo para yo ser vigía de tu ser como estrella de pétalos plateados cuando la pena te anhele, te evoque. Así me verás como secreto de tu espíritu y mi espíritu.
La miraba. La miraba porque la amaba. Se acerqué a sus mejillas y un sedoso beso emanó de mis labios.
-Hoy la noche es penumbra que hechiza unos malpaíses hendiendo en mi pecho. Una brisa telúrica me mutila en su más dramático concierto exclamando serpientes venenosas que me acribillan para el amor. ¡Te vas¡ ¡Te vas¡ y yo me prolongo por este océano de donde llegaste. Escucho tu espíritu. Te enterraré en algún lugar donde el adiós no exista. Serás como esas algas bailarinas en el canturreo de las olas. Te llamas a partir de ahora Océano, porque en el reposarán tus vuelos, tus sueños, tus sueños.
La deje allí, junto a las olas de la noche y una hoguera de orquídeas centinelas de su travesía para la eternidad en las profundidades.
- ¿Qué será de mi?- me pregunté sollozando- Halle esa preciosa piedra amor sagrado mío y ahora es cenizas de un cierzo. ¡Por qué llegaste¡ Por qué has hecho de tu visita una angustiosa plaga de melancolías. ¡No lo entiendo mar¡ ¡Me das el amor de mi vida para luego arrebatármela¡ ¡Acaso me desprecias¡ ¡La quería¡ ¡La quería desde el primer instante que la vi¡-dije con un alarido de dolor.
Los días y meses eran raíles de mala hierba en mi memoria. Cuando el ocaso tiznaba de constelaciones la bóveda mis manos tomaban mi rostro. Esas manos agrietadas, deformes ya al arduo trabajo diario. Mi rostro, cada vez más pausado, más moreno, con sus mejillas dos promontorios donde las lágrimas son cima. Un beso le daba al océano, un beso cuyo quejido era eco sonoro de aquella aislada isla entonces, se levantaba cierta brisa y ella me besaba a mí. Sí me besaba.
Aquí me he dedicado a recolectar frutas, de la pesca libre con las cañas que yo mismo diseño y mis propias manos. El silencio de mi voz ante el mundo, el mundo infiel digo yo. Un mundo para no más seguir viviendo al separarlo de mi amor. Porque me falló. Me falló al separarme de lo que más valor tenía para mí. Por ello sin mucho meditarlo decidí quedarme aquí estancado, solitario, alejado de toda sociedad. No mover nada para salir de ese lugar aislado, enjaulado con el circundar de las mareas y una naturaleza que seduce ser corriente de mis vuelos. Para que quería la sociedad ahora si lo más anhelado se encontraba muerto ya.
- Estoy desheredado de las lanzas de rosas del amor. Estoy enrolado persuadido de avanzar, avanzar contracorriente. Estoy solo. Solo me quedo con las astillas que correteando en mis sienes en el inmenso recuerdo de ella, de ella…No necesito ser más de luces artificiales que guíen mis pasos por la ciudad cuando la noche arranca ahí están las estrellas ellas me guiarán a ella, a ella…No necesito nunca más de ropas elegantes, desnudo y harapiento me quedo ¿para qué? Aquí el aliento de ella en la brisa tapará mi desnudez. No necesito más dinero, símbolo del poder. No más brindis con los amigos ni reglas regentadas en la sociedad. Todo seguirá igual. Así con el universo amparándome, con las olas meciendo mis sentimientos. ¡Que letal nostalgia¡ Ruedo y ruedo por precipicios donde mis emociones no embellecen mi alma pero intento recoger la fragancia que cada lluvia me trae de ti. Acaricio mi ser en tu océano anclándome de tus eternos oleajes. Si porque el océano sabe a ti. Te quiero mujer océano, recóndito sentimiento que erupciona sales y algas. Te quiero, no hay más palabras para descifrar ese amor que por ti siento en toda su supremacía.

Me comentaba día a día en esta remota isla. Como languidecían las jornadas, toda idénticas, con un sabor insalubre en mi cuerpo. Sentía frío, mucho frío. Cuervos anidaban alrededor de mí y la tristeza me iba desahuciando a tener un cuerpo esquelético. Pero ahí está la vida y me agarró con fueraza a ella. Me levanto. Camino hasta la orilla. Los rayos ígneos del sol inciden en mis ojos pero ya está tan acostumbrados a ser deslumbrados que observo lo que se aproxima en el horizonte, una escultura entre blanca y azul como si fuese una isla desierta pura vagando en soledad. La miro estupefacto, extrañado.
- ¿Qué podrá ser aquello? Una montaña distanciada de su continente. No imposible. Una isla imaginaria. Mis años en esta isla me ha hecho caer en delirios. Visiono cosas que no son. Pero parece tan real, tan real. Ese azul blanco, tan perfecto. Parece una obra de arte en altamar. Pero no. Mis ojos me engañan, hay algo que no funciona. ¡Sálvame mundo¡ ¡Apártame de la locura¡ ¡Por qué¡ La catástrofe en mí se está aproximando.
Mientras divago en mi estado mental aquella especie de roca blanca se aproximó a la isla.
- No alucinaciones no. Mi cabeza aun anda equilibrada. Es…Es hielo. Un iceberg que va a la deriva de su polo.
Cuanto más era evidencia de esa estructura más asombro se congregaba en mi sedienta curiosidad. Obra de arte de la naturaleza. ¿Pero a que era debida esa masa albar en esta zona? , me preguntaba. Esperé a que la noche llegara y con la mar en calma y la luna haciendo eco me embarqué en mi canoa. Una luna cortejada por infinitas constelaciones realzando más y más aquella figura. Ahora me toca remar. Remar y remar con la duda estremeciendo mi cerebro. Quería ver ese iceberg de cerca, tocarlo pues jamás había visto alguno. ¡Que maravillosa es la naturaleza¡, me decía. Hacía tiempo que no me embarcaba y remaba y remaba. Remar con el aliento del océano como bálsamo que sana de todo, de los dolores de la soledad, del silencio de las palabras. A medida que me aproximaba al iceberg la recordaba. Como la recordaba…¡Amor ¡¡Amor¡ Esta noche especial en que mis dolencias se disipan por un instante mientras navego sobre ti soy beso alado de este nocturno donde la plateada me hace un guiño de serenidad, un saludo de bienestar. Con esta mar en calma no te escucho, eres invisible e insonoro rumor de las olillas. Ay, el agotamiento me llega. Hace tanto tiempo que no remo y remo que mis brazos sienten el temblor del agotamiento. Pero he de seguir. Si, seguir. Quiero admirar con mis propias manos el embellecimiento natural de la naturaleza. Ya está cerca. Es colosal. Sus dimensiones son los de una pequeña isla. Pero he de seguir y tú no estás. Los dos en el remar y remar unísono habríamos palpado este reino helado con los cirios del firmamento. Remar y remar con el tacto de mi piel ya rozando este gigante.
Por rato estuve a la luz de la luna y las estrellas tocando y rodeando el iceberg. Oí una voz. ¿De donde vendría? Levanté la cabeza y observo encima de aquel pedazo de hielo la silueta de alguien alzando hacia delante y atrás los brazos llamando mi atención. La noche avanzaba apilando más y más constelaciones que casi no se distingue con la resplandeciente luna. Una brisa tenue comenzaba a silbar en medio del silencio, del silencio.
-¿Quién va ahí?- entonaba en voz alta obsoleto ante que ese trozo helado pueda albergar algún tipo de vida.
- Soy el capitán del congelado mundo.
Lo miré desconcertado. ¡El capitán del congelado mundo¡ No son visiones, era real. Era algo sorprendente para mí. Jamás había oído esas palabras tan veraces.
- Pero, ¿Qué dice? ¿Qué hace un hombre encima de un iceberg? Esto es inaudito.
- Lo que ha oído. Soy navegante del congelado mundo. Estoy viajando con la brisa norte. Llevo mucho tiempo aquí arriba y desearía bajar para visitar la isla.
- Sí. Puede visitar la isla. Tiene medios para bajar del iceberg.
- Si. Lo que no poseo es barca para llegar a la isla.
- Entonces me aproximaré para que descienda y suba en mi barca y llevarte a la isla.
El grito de ambos es rumor que se expande en el océano provocando pequeñas olitas.
El viajero del iceberg suelta una soga para descender. Descendió como si lo hubiera hecho muchas veces hasta posarse en la barca.
- Gracias amigo por dejarme ir en tu barca.
-¿Qué haces ahí arriba?
- Soy viajante de la naturaleza. De una naturaleza que a cada hoz humana se ve sepultada bajo las fosas de las tinieblas. De una naturaleza que a cada vez se ve más y más inundada de cantos fúnebres.
- Ya. ¿Y de donde ha salido ese iceberg?
- Del antártico
-¿Cómo es posible?
- ¿Cómo es posible? Esa es su pregunta.
-Si
-No sabe de la contaminación atmosférica que está sufriendo este planeta. Ay, todavía queda mucho por hacer. Gases atmosféricos asesinos que se quedan en la tierra provocando un aumento de temperatura y así desprendiéndose los casquetes polares. Despellejando por los inconscientes la tierra más milagrosa, más prodigiosa, más magnánima, más ilustre, más pura. Tierra helada por la cual yo soy reverencia. Ahora soy suavemente aliado a las aves marinas que me guían por la ruta del cierzo, soy suavemente soy amante del océano que me da su bienvenida en este vagar y vagar alrededor del mundo, suavemente soy hombre perdido en esta tierra que envejece y la hostilidad de muchos la han llevado a la soledad, suavemente y sin tiempo soy eco de las pezuñas afiladas que rasgan el manantial de la vida, suavemente soy árbol del amor cuya espesura da cobijo aquel que quiera salvar este planeta.
Comenta mientras se aproximan a la costa. Estrellas más claras a medida que la luna se desplaza en las sendas del universo. Al escuchar aquello recordé de aquel moribundo albatros viajero también antes de llegar mi amor.
- ¿Te pareces al albatros que un día estuvo aquí?
- ¡Un albatros¡ Y donde anda ahora.
- Un día cuando el otoño tenía que varar por unos meses en este privilegiado paraíso. Sí, después de un verano que era derrotado por las primeras lluvias. Yo me hallaba arropado por el rumor del mar. No te extrañes pero suele contemplación de su beldad como tú eres de la tierra. Observé una gran ave vagar por la arena. Ave no vista por mi entonces por estos lugares. Entre más me acercaba a ella porque la encontraba extraña en su caminar observaba que su plumaje era azabache, un color no natural. Algo le había ocurrido sospeché. Su actitud no era normal igual que no era normal que andara por estos confines de la tierra. Cada pisaba que daba a la vez que me aproximaba era decadente, desfallecido, como si estuviera cansada. Comencé a silbarle. Ella ante ese ruido que yo emitía se detuvo y se giro hacia mi con el mismo silbo lo cual me sorprendió, me sorprendió el mismo sonido con el que yo había silbado. En ella se reflejaba una injusticia sangrante que había ofuscado su vuelo, una angustia que no sabía como combatirla, un llanto de la ausencia de vida que quedaba en ella. Al mirar a sus negros ojos comprendí que me entendía, que éramos semejantes, que nuestra fragilidad eran mutuas, que su sensibilidad estaba aliada a la mía. Su naufragar y el mío eran debido a los impiadosos errores del ser humano. Para mí un día de tormenta por el cual no tuve que salir de mi patria, para ella un pozo de alquitrán cuando iba a la caza de su alimento.
- ¿Qué te ocurre?- le pregunté temiendo lo peor mientras examinaba detenidamente sus heridas.
- - Una epidemia de aguas negras ha colonizado por las zonas donde yo pescaba contaminándome a mí también.
- Te puedes recuperar- le dije temiendo el caos en sus palabras. Tenías ganas de abrazarlo como si fuera un hijo, cogerlo entre mis brazos y fuertemente apretarlo contra mi pecho. Sus ojos. ¡Oh sus ojos¡ Dos llamaradas apagadas por las que circula el fenecimiento del planeta. Accedió a mi hospitalidad. Con su ánimo gastado, raído me siguió hasta mi cabaña. Allí hice todo lo que pude durante varios días hasta que el mismo pudo desplegar sus alas y volver a atrapar ese alimento del océano. ¡Sí¡ volar de nuevo. El tacto de sus plumas con el aire a una velocidad increíble. Otra vez la libertad pero con esos amargos recuerdos. Compañeros idos, un océano corrompido por el negror de sus aguas, por el fallecimiento de sus seres que tardará mucho en recuperar. Conseguir ese vigor azul y danzar deliciosamente con espumas blancas. ¡si¡ Volar de nuevo.
- No del todo. Quedarán cicatrices de estos residuos umbríos. Los supervivientes no más que serán fallecimiento poco a poco por el llanto unísono del ondulante océano.
- Habría que darle una pena perpetua y cruda para aquellos invasores del mundo azul, del mundo de las aves. Ustedes almas de la naturaleza, llamas que en círculos sois paraíso de esta tierra.
- Si, tienes razón más aún deberían prohibir su navegación por los mares del universo con esos agujeros de manchas negras asolando con una muerte temprana tanto al reino animal como vegetal así como la mar.
- Me gustaría que fuera así. Pero la evolución genera egoísmo, egoísmo con nuestra madre naturaleza. La necesidad de enriquecerse a costa de la vida de los demás, es una obsesión. Una obsesión eterna y cruel.
Los días pasaban en este solitario lugar, en este lugar de piedras, arena y una frondosa floresta alejados del mundanal deterioro del mundo. Dejábamos escapar los días como empozadas estaciones que no existían. Donde se hallaban nos preguntábamos mientras los atardeceres en el regazo del océano nos visitaba. Hablábamos de la vida, de esos carruajes de ventiscas y calma de nuestro interior. Cuando ya se sentía más recuperada solía volar y volar por este azul marino con el murmullo de la espuma, con el rumor del viento. Luego renacía ante mi con sus perlas negras, con sus heridas casi curadas. Después las noches, noches de luna o sin luna. El admiraba en ella la danza de las algas con las constelaciones. Esperábamos hasta la venida alba, un alba con todo su esplendor y descendíamos de aquel roque que estábamos acostumbrados a subir cada nocturno. El silencio se nos llegaba. Solo el eco de las olas y el espíritu se mezclaban y nos daba aliento, nos daba vida. Volvíamos a la cabaña aliándonos al follaje de este lugar.
-Quisiera un mundo reflujo de la paz- me decía el albatros cuando bajo mi techo éramos tertulia después de ingerir algo de alimento.
- Y tus amigos? ¿Dónde andan tus iguales? Solo tú has llegado a esta isla. ¿Hacía donde han viajado?
- No lo se. Algunos habrán fallecido otras huidos a otras islas, a otras tierras como yo. A mi mírame, recuérdame como aquel en un día yacía moribundo con capas de funerales en mis plumas, con astillas enclavadas en mi corazón, en mi corazón. Con mis ojos auxiliados solo por una pena porque los otros, los de mi especie, habrán muerto, habrán huido heridos a otras tierras o seguirán por el hambre pescando en esas aguas venenosas. El océano un cementerio de náufragos, de seres vivos inocentes ante la inclemencia del hombre.- su llanto se alargó en la jornada hasta que la noche sin luna nos alcanzó de nuevo.
Buenas noches
Almas desinquietas
Ante el látigo negro del traidor.
Famélica amenaza
Alud mortífero
De mareas negras
Que nos arropa
Con un eterno letargo.
Buenas noches
Trágica plateada sin luz,
Llantos amargos asoman en ti
Al contemplar el ahogo
De tus amigos, de tus amantes.
Buenas noches
Dolientes de la libertad rota,
Naturaleza muerte
En la bocanada de enrarecidas aguas.
Buenas noches
Cancerígenas aguas del hombre
Con esos anzuelos de negro
Devastador de la naturaleza virgen.
No habrá más danzarines
En esos fondos de la vida.
Decía el albatros en la reconditez de la cabaña. Buenos amigos éramos. Sí, la amistad, esa inconfundible pradera donde las manos se lían y se lían en el erupcionar de los grandes corazones. Recorrimos toda la isla, su interior llameante en frondosidad con el canto de múltiples pájaros nos embriagaba de cierta nostalgia, de ciertos pensamientos donde la melancolía brota.
-Amigo mío- le preguntaba yo con la esperanza como bandera- Quizás algunos se hallan librado de esa mortífera catástrofe, así como tú.
-Amigo mío, es imposible que como yo- por suerte- otros compañeros hallan sobrevivido. Cientos de islas y cientos de hombre, imposible.
-Da lástima. Somos débiles.
- Si. Somos muy débiles. Tan frágiles como la porcelana. Atentan contra ella hasta envolvernos en una nube de hiel. Pero que vamos hacer. Nos arrancan de nuestras raíces transformándonos en polvo de estrellas. Con ellas seremos viajeros de ese mundo desconocido a través de la muerte, a través de esa oscuridad como una noche sin la plateada. Observo como toda la labor de la madre naturaleza en su danza ancestral se destruye, se deteriora tras la conspiración del humano, de esas fuerzas antropogénicas que sin escrúpulos llevan a las ingenuas aves al silencio.
-Si, es muy cierto. Este mundo es llevado al infortunio por el sonido de un dorado metal.¡ Me asquea¡ ¿Para que les sirve? Epidemias, guerras, hambre, un gas que en su exceso arruina nuestra fragancia condenándola a un destierro eterno. ¿A dónde iremos? Esfera azul que se desnutre, renuncia y se vuelve contra nosotros.
El alba se aproxima con sus campanadas de risueño cabalgando entre claros y oscuro por la isla mientras el canturrear de los pajarillos es esperanza que se cuela por las venas del albatros.
- Amigo, me asusta este oscurecer precoz del planeta tierra. Este oscurecer adelantándose y incompresiblemente rumiando desgracias para el mañana de mis compañeros que esto el mundo natural- me decía lloroso el albatros como si hogueras se formasen en su alma y lo prendiera poco.
Siempre divagando, divagando. Constelado miraba la luna creciente con una melancolía aguada. Estaba como menguado junto a un pantanal solo con la calidez de mi amistad. Sus ojos vacíos por ese holocausto silbando horriblemente en los arrecifes, en sus compañeros y demás formas de vida. Estaba indefenso ante las hostilidades de esta vida. Esta vida en que todo a de ser sagrado hasta una roca. Sagrado era aquel albatros. Yo lo admiraba ¡Ay sus vuelos¡, su forma de andar. Ahora solo y desafiante ante las tinieblas que puede brindarle el mar.
-¿Te ha gustado la historia? Tu que navegas en un pedazo de hielo con el aliento del mar. – le pregunté al hombre de hielo.
-Si. Hermosa y triste historia. Pero, ¿Qué le ocurrió al albatros?
- El albatros tras el paso de las estaciones retorno a su isla para reavivar la convivencia con los de su especie, para albergan en sus plumajes aquellos viejos amigos si aún vivían- le expliqué al hombre de hielo acercándose a la orilla. Allí reposaría durante unos días a la espera que la corriente y la brisa marina lo llevase a otros lugares de la tierra.
En nosotros se traslucía una agradable relación inculcada por el silencio pacífico y benevolente que ambos dominábamos. Al llegar a la costa lo invité a mi cabaña para que comiera algo distinto de lo que estaba acostumbrado. Una comida humilde pero un festín de la amistad. Agradecidos nutrientes después de un largo viaja. El hombre de hielo se sentía agraciado por el proliferante sabor de la amistad. ¡Palabras dulces¡ ¡ Palabras que devoran la soledad de sus almas¡ Cuando despertábamos en el grito sutil del alba nos dirigíamos a los interiores de la isla, asaltada por hermosos lagos de aguas cristalinas y puras. Ahí nos bañábamos. Desnudos, con la tersa caricia de esas aguas y abrigados por las sombras de las arboledas que algún que otro rayo solar dejaba escapar para dar calidez a nuestros cuerpos. Algo sucedía, yo lo notaba. Una pasión esfumada hace años volvía a sus lunas verdes. Algo cabalgaba en su pecho, en lo más hondo. Igualmente algo me arrastraba hasta la claridad de sus ojos hasta ambos ser erectos en el labio a labio.¡ Corriente de pasión¡ ¡Amor triunfal¡ Nos enamoramos. ¡Amantes de la naturaleza que nos unía¡ El hielo y el agua se aunó consagrando nuestros cuerpos cuando la caída del sol en fundición con la bandada de las olas. Nos perdíamos en sedosas caricias con el grandioso legado del océano, con el mece de las ramas que parecían imitarnos en la fascinación del deseo. Un deseo mágico. Un deseo recóndito. Un deseo sibilino. Nos sentíamos felices y llenos hasta rebosar de alegría. Todo era perfecto como esa aurora boreal de los nortes. Sabíamos que éramos incompatibles al mundo entero. Que más nos daba en esta isla. Un mismo cabo nos sujetaba con el paso del tiempo inexistente, con el paso de noches estrellas que eran la misma. Así eran nuestros días, unidos por el borbotear de nuestros corazones. Sin exasperarnos por el paso de los días.
- Algo extraño nos envuelve- dije yo mientras abrazaba al hombre de hielo.
- Será el frío que hemos pasado en nuestras carnes. Esto nos hace prender en una apasionada llama de amistad sin cabida a la falsedad.
- Eres irremediable el acunar de mi espíritu. Tan irremediablemente que te miro, te observo y en mí se enciende un hervir por las venas que recorren mi cuerpo. ¡Ay tus caricias¡ Exaltación del amor. Las necesitaba.
- Yo también las necesitaba. Hay algo en esta vida que hace confluir las almas cuyas características son similares en un río común. Río solitarios, enigmáticos, asociados exclusivamente al amor por la naturaleza.-comentaba el hombre de hielo abrazado a mí. Sí abrazado mí como si yo fuera arroyo que mece sus sentidos.
- Con tu presencia mis desgracias desaparecen. Es como un eclipse que en estos momentos pasa dejando la nitidez que se enclava en mis ojos de las constelaciones.
- Sí, las desgracias se pierden en este rincón aislado. Es como si una lluvia eterna cayera y nublara los ojos, los oídos de los seres humanos.
- Buen amar es este. Somos como veleros de mares puros e inocuos consagrados a la lejanía. Una solemne serenata de pájaros de multicolor nos agazapa en sus cantos alegres y esa alegría nos transporta a los mundos de los sueños, un sueño tan real como tu suave mano acaricia mi cuello en este instante.
- Sí, un instante que se hará eterno en nuestra memoria.
- Al mirarte rememoro a Océano. Océano nombre de mi amante del ayer. Océano eco inconfundible que me remendó el alma al paso de atosigantes tormentas de soledad.
-Me complace ser amante y pensamiento de tu ayer. ¿Quién es ella? Quien es esa mujer que en ti produce un embeleso por esos túneles tangibles a la felicidad.
-Ella a igual que tu llegó a esta isla de forma inesperada con la bienvenida de la aurora. Una aurora que mostraba todos sus encantos con un tul broncíneo y nubes azules de multitud de formas animadas. Su belleza era maravilla que removía mis entrañas, tanto, que fui ciego de amor. Pero ella se fue. Ella falleció. Murió cuando aún su espíritu no había despertado de los infiernos. A igual que el mar me la expulso después de una bruta tempestad al mar volvió. Me desesperé en llantos peregrinos en cada declinar del sol en su recuerdo.
- ¿Aún la amas?
-Si. La amaré eviternamente. Es un amor que nunca envejecerá, será estático en el tiempo.
La noche llora brillantes y nos consume en un diálogo como rito de nuestra tibieza. Nos da una hospitalidad sensual. Nos batíamos entre el amor y el pensamiento, entre el mañana, el hoy y el ayer. Nuestros cuerpos desnudos frontera de las espumas, surcando la ternura. Nos quebrábamos en el solaz del soplo de un suspiro. Mi cuerpo sobre su cuerpo. Su cuerpo sobre mi cuerpo y la oscuridad de las mareas corriendo con su susurro. Pero todo acaba. Teníamos que tomar distintas dirección en nuestras vidas. El adiós es herida que se incrustaba nuestros sentidos. ¡Que desgraciada son las notas de la última noche¡ Pero queda ese amor en nuestra memoria como aliento incorruptible en el paso del tiempo.
- Príncipes somos en esta isla. Las canciones de la noche nos entusiasmas. ¿Qué será ahora de nuestros corazones cuando tú partas y yo aquí?
- Si, zarparé y tú te quedarás. Pero no te apenes amigo los vientos me traerán de nuevo a este encantado lugar. No se cuando pero volveré y espero verte como ahora: enérgico, entusiasmado.
Éramos a ese clima ambientado en lejanos países. Países contaminados con lluvia ácida sus manantiales. Ahora éramos impermeables al rumor de los rancios humos y una bóveda donde la estrellas ya no tenían cabida. Nos acoplábamos en la última jornada como si fuera el fin de nuestros días, como si el fin de mundo fuera huracán que erupcionará y nos precipitara por precipicios. ¡Los precipicios de la soledad¡
Y llego, llego ese sol avalentonado con un brío descomunal, con una fuerza imperiosa de azotar nuestro sueño y abrazo para separarnos. El hombre de hielo tenía que partir y yo aquí, en esta isla, absorbiendo toda su sabiduría, todo su don. Nos levantamos con nuestras alas extasiadas de tanto amor. Nos besamos. Notas de amor revolotea por nuestras miradas y el adiós. Salimos de la caballa con la unión tersa de nuestras manos. Nos dirigimos a la orilla y allí esa barca que más y más nos alejará. Nos subimos y llegamos hasta el iceberg. ¡El adiós¡ Se alejo con el suave viento vistiendo mi pena. Yo volví a la isla. Allí seguí con mi vida cotidiana: cazar, recolectar y saborear de las aguas de ese lago de aguas cristalinas y dulces como si fuese cuerpo de él. ¡Cuerpo de él¡ Cuerpo que emerge y erupciona cavernas donde los amantes se apasionados galopan con la furia del amor. ¡Cuerpo de él ¡ Sueño que se agranda y se raja a medida que los albas pasan y pasan. Ella, el albatros y él. Todos desvanecidos por las inclemencias de la vida. Ahora mi alma era voz solitaria, voz que en la oscuridad se levanta y aclama a mis amigos. Sabes, a veces siento ganas de ser como el albatros y luchar contra esa lluvia gris que te lleva por desiertos y por que no ser como ella y que las cenizas del océano me rieguen de olvido y por que no ser como el hombre de hielo y viajar con el viento por esos paisajes donde los tambores de la paz aun resuenan.

Mis jornadas siguen gemelas unas a otras. Cuando la luna es vigía yo asomo mis ojos y dejo que una lluvia serena de espumas juegue con mi piel. Los inviernos aquí son de un frío intenso aconsejado por una densa neblina. No me gusta hacerles daño a los animales. Pero tengo que sobrevivir. En esta isla hay muchas cabras salvajes de ellas me serví para abrigarme y de ellas me sirvo para alimentarme. Me introduzco en las entrañas de esta isla para saborear sus alimentos: bayas, raíces, frutos. Voy recolectando poco a poco para la estación invernal, suave pero siempre tronando en tormentas de lluvia y alguna que otra nevada. En el invierno no vivo aquí, en esta pequeña cabaña. Me voy a una cueva lejos de los revoloteos sonoros del océano en el interior de la isla. Ella me protege. Ella me mima a la luz de una esplendorosa hoguera que me da calor. ¡Ay el viento¡ En su silbo hay días que parece infinito, su gemido en la ruptura de las ramas sin palabras me hace taparme los oídos. No soporto su llanto, un llanto que se apacigua cuando un manto blanco se cuela por esta isla. Entonces yo salgo de mi guarida sorprendiéndome de metamorfosis que sufre este lugar. Un sol desconocido después de estar jornadas enteras bajo la oscuridad. Las ramas son pesas oscilantes vestidas de blanco. Los animales no se avistan, todos como yo, escondidos en sus madrigueras. Después poco a poco el tiempo va cambiando su rumbo, esa primavera que hace derretir el hielo. Miles de arroyuelos despertando a la vez que el verdor y las flores en unión con los pajarillos cantan al alba. Salgo entonces de la cueva cuando el tiempo se armoniza con la naturaleza y vuelvo a mi cabaña. De nuevo la tengo que construir y como empuje que me da coraje la edifico, mejor que antes.¡Ay la primavera¡ si tiene toda la vida que el invierno carece es también proclive a las lluvias, a los cambios radicales de tiempo. Un sol que parece darte todo el oxigeno necesario para hacerte grande como unos nubarrones como corrientes de un pequeño frío cuando capturan a este gran astro. Pero aún así, cuando el tiempo está bueno, puedo cobijarme con mis cavilaciones en el océano. Me gusta la primavera, me deleita con sus frutos y su color pero el verano es la cumbre salgo de ese entumecimiento de la humedad que da esta isla y su calor me hace cómplice de los astros junto al mar. Los peces danzarines de la noche pueblan mis sueños y con ellos planeo en mis amigos. ¡Ay mis amigos¡, perdona por ser reiterativo pero en ellos descansan mis horas, mis jornadas. Rememorando cada gemido, cada sonrisa, cada dolor, cada esperanza abandonándome solo a ello. Pero las estaciones continúan y ahí está el otoño con sus nuevas lluvias, con la hojarasca temblorosa por el mecer del viento. De nuevo vuelvo a mi cueva y dejo que estación haga de las suyas saliendo exclusivamente cuando el astro rey se de fuga de ese manto de nubes.
Cuando los días me acosan con el tedio me dejo ir: por el bramar del mar, por el gemido del aire, por el levantamiento de los astros, por mis amigos. Mis años y días en total pasan como la corriente de un río siempre cara a cara al mar. Ese océano que de nuevo me traía visitantes. Un día en pleno auge del verano cuando el sol en se alza en lo más alto a lo lejos avisté una barca. Observaba como se aproximaban paulatinamente hasta esta isla. Eran tres, dejaron la barca en la orilla y pisaron esta Áurea y fina arena. Yo los miraba y miraba y ellos también me miraban. La paz reinaba en sus rostros pálidos. Al principio no distinguía sus sexos pero cuando estuvimos frente a frente y oí sus voces pude descubrir que eran dos hombres y una mujer. Sus vestimentas eran peculiares pero no desagradables. Parecían de otro tiempo, de otro lugar alejado de este desastroso planeta tierra.
-Quienes sois y que hacéis aquí- pregunté a estos extraños.
-Somos hombre del mar y tierra la corriente de tu razón.
- No os entiendo.
-Sí hombre. Somos una mutación entre la naturaleza y el pensamiento. ¿Comprendes ahora?
- Me estás diciendo que esto soñando. Que sois irreales.
- Si y no. Irreales ante lo material pero reales en tu espíritu- decía uno de ellos. El que parecía más joven y afeminado.
-¿Cuales son vuestros nombres?
-Yo me llamo flor de los vientos.
-Yo me llamo toba de las tierras.
-Yo me llamo arco de las mareas. Tú eres el naufrago que rumia con sus olas el saludo de las noches de luna.
Mi incomprensión se hizo compresible. Mi asombro se torno como una especie de confianza que me daban estos extraños seres.
- Y, ¿Cuántos soles vais a estar aquí?
- Estaremos cinco días querido naufrago. Hoy el primero para el saludo, el segundo, el tercero y el cuarto serás participe de la gratitud de este universo por ser como eres. Bello, amante de la naturaleza aunque sea una piedra. Respetuoso, castillo en la arena que no se deshace en la mano de otros, esos otros que con su sinceridad y honestidad cobijas en tu corazón, en tu corazón.
- Si, mi corazón. Abierto a todas las almas que por aquí pasan. Con sus personas yo me enriquezco y creo también que ellos también. Un crecimiento personal que me convierte en alas de la libertad, de pacíficas tonadas que se adhieren a mí en el profundo sueño. Caballitos marinos con sus amarras de algas me llevan por un mundo bajo las profundidades donde la maldad se desvanece, donde el resonar de clarinetes y violines me hacen ser pasajero de un paraíso interminable en el hechizo del amor. Sois bienvenidos, como muchos otros. Aunque vuestra estancia aquí será corta espero que sea provechosa.
Después de esta misteriosa presentación, cuando la tarde daba a gritos su somnolencia les sugerí que me acompañaran a mi humilde cabaña. Ellos asintieron al unísono. Me siguieron en silencio, ni sus pisadas se sentían solo el crujir de las ramas al adentrarnos en el boscaje, solo la brisa jugando con nuestros rostros, solo el gorgojeo de las aves aventurándose en sus escondites.
Llegamos a mi cobijo y con una mano sobre mi hombro flor me miro.
- Cabaña de gente solitaria. Para mi y mis compañeros es dicha que nos hallas invitado a esta intimidad tuya.
- La dicha es mía- dije yo- Esta cabaña pertenece a todos aquellos que son engendrados por las mareas a igual que yo.
-Gracias- entono arco de las mareas- Bien hermoso este lugar. Su salvajismo. Esa vegetación exuberante y virgen que mana de la madre tierra.
-Pero, acomodaos amigos míos. Mientras os traeré algo para comer y beber.
- No- saltó toba de las tierras- Agradecemos tu invitación. Pero no necesitamos comer ni beber. Tus palabras y buen hacer son nuestro alimento. Sólo hemos venidos para darte ánimos y saborear un poco de tu vida. Una visita fugaz. ¿Y tus metas en esta vida náufrago? Te olvidaste de ellas. Todo ser humano tiene unos objetivos. Pero tú pareces persuadirlos de tu mente. En esta isla solo. Tú solo y el océano. Tú solo y la naturaleza. Giras entorno al oleaje, a la llamada de la luna y de los astros que mudos te silencian para ser hombre aventurero de otros lugares. Pareces cansado. Pero solo de aspecto. Porque tu espíritu es afán de volcarse en la orientación de la insonoridad del humano. No crees en nada solo en lo que te rodea, solo en esa fuente que puede ser el amor. El ser humano necesita amor. Amor así mismo, amor de otros. A veces no lo vemos y para querernos necesitamos ese espejo del igual donde se refleja todo el poder de amar que tenemos.

- Toba te comprendo-dije- Mi amor está aquí, nos rodea con ese ronroneo particular. Por cierto, tengo que ir a verla. Sí, ir a visitar a mi amada que se mece con las olas del océano que recorre esta ínsula.
- Comprendemos. Iras solo. Lo demuestra tus pensamientos. Un velo de nostalgia te funde en esa huella que ella dejo en ti.
- Enfermó sabéis. Se agravó sabéis…
- No naufrago. No sigas más. Sabemos la historia. Esa historia que te envuelve en dejadez. Tal vez en otro lugar…
- No amigos míos. Ella era la única. Se me hace tarde. La noche es llamada por la plateada y esta me hipnotiza en el vals de las estrellas junto a esa roca que siempre me poso. ¡Oh el romper de las olas¡ Espumas que dejan la fragancia de ella. De ella…
- Océano y tú. Tú y Océano- habló arco de las mareas- Sois manivela al llamamiento de nuestras fuerzas. Nos habéis llamado con el eco sonoro de los cambios de marea.
- Detente- dije yo ensimismado- Acaso, ¿ la habéis visto? ¿Habéis hablado con ella? Decídmelo, por favor.
- ¡Si¡- respondió toba- Si la hemos visto. Bien hermosa es. Tan cercana es su sonrisa como cercana sus penas.
- - ¿Qué os dijo?- extasiado estaba yo ante aquel evento-¿Qué os dijo la belleza de mis suspiros?
- Nos dijo que corazón siempre está en ti. Siempre será ola que te acoge. Que te espera todas las noches con el rumor rompiente de las olas sobre tu piel para acariciarte y ser beso de amor en tus labios.
- ¡Oh, mi amor¡ ¡Mi amor ido¡ Quisiera tanto abrazarla en estos momentos. Ser parte de ella. ¿Cómo puedo llegar?
- No. No puedes náufrago. Solo cuando la tierra sea sepultura de ti podrás verla, hablarle. Mientras, en este estado de la vida no.
- Maldita sea- grite yo en un sollozo- Un baile de punzadas vuela alrededor de mi. En mi mente deseos de muerte. En mi mente deseos de vida. ¡Qué la naturaleza diga¡ Me voy. Voy a sentir el retozar de las olas. Esperarme aquí.
Como de costumbre me dirigí hasta la roca donde me poso todas las noches. Había una oscuridad tremenda pues no había luna. Pero yo ya sabía los pasos a dar de memoria. Noche tras noche…Mis lágrimas se quebraban en mi garganta después de la noticia. Tan cerca y la vez tan lejos. Me senté en la roca azabache como siempre y esperé. Esperé que su aroma acogiera toda mi persona. No fue así. El mar estaba calmo como si fuera un lago. No escuché su susurro por lo que me desesperé. ¿Qué había pasado? Por lo que volví a la campaña más temprano de lo normal. Allí estaban mis amigos. Esas tres almas me miraban fijamente como descubriendo cada uno de mis pensamientos.
- No te mortifiques náufrago. Hoy ella no está. Está descansando. Sabe que nosotros somos buenos amigos. Cuando nos hallamos ido ella volverá. Descansa ahora.

Y tal como sonaron aquellas palabras me dormí en un profundo sueño. Un sueño que aun recuerdo. Si, recuerdo. Una ola en reposo se acercaba a la cabaña con sus caballitos marinos, con sus delfines. Sin yo esperarlo me invitaron a seguirlos y así hice. La ola retrocedió hasta el mar y yo me sumergí en el. Lentamente me iba hundiendo entre las aguas hasta las profundidades. Lentamente ella fue apareciendo. Quería abrazarla, tenerla entre mis brazos. Pero a medida que lo intentaba se desvanecía. Así hasta el alba. Hasta que esos filigranas solares se infiltraron pausadamente por la cabaña y desperté. No hubo mortificación en mi sino paz. Una extraña paz y confianza. Al principio miré ese techo rugoso y quebrado. Luego recordé las tres almas del día anterior. Mi mirada fue hasta ellos pero solo había uno, solo flora. No pregunté por los otros dos. Ella se acercó a mí.
-¿De que quieres hablar naufrago? ¿Qué quieres sentir? ¿Quizás un abrazo de amistad?
- Pues si. La pena y el rememorar del ayer caen en mi continuamente. Un frío degollante encharca mis manos, mis piernas, mi cuello, mis ojos hasta no más que pisar ciénagas que me desorientan apartándome del sueño. ¡Esta soledad¡
- Odias la soledad naufrago.
- No, no la odio. Me agrada ser pasajero de ella. Es que a veces el recuerdo me apuñala. Me invade cuando aparecen ellos en mi mente.
-¿Ellos?
- Mis amigos. Los añoro tanto que duele, que requema. Y ella como la más.
-Te comprendo.
Flora se elevo entonces. Como si sus pies no tocaran el suelo y me tendió la mano, me dio un abrazo. Me dijo después vamos a la playa.
- A la playa. ¿Tan temprano? Entendí antes que no querías ir. Para que quieres ahora ir ahora- dije yo.
- Por que allí es donde yo nací. Allí están tus penas. Quiero que veas la realidad. Que abandones esa balada dañina de tus amigos. Ellos se han ido y quizás no vuelvan más.
- No. Nunca los abandonaré. Un día volverán y me tenderán de nuevo el abrazo del amor, de la amistad. Dime, dime. Si me desquito de la ilusión, de los sueños quien me acompañara en este silencio, en esta soledad. Entraría en el delirio, en la locura y una fuerza brutal me evocaría al adiós.
- Naufrago hay algo en ti que es un pesar. Pero no es un pesar de lastima. A veces presiento que te autolesionas mentalmente. Te noto tan envejecido…
- Si. Me siento culpable. Culpable de no haberla auxiliado a tiempo. Si la hubiera visto antes. Quizás…Soy culpable de haberla dejado morir, de haberlo visto-me arrodille en esta arena y comencé a llorar, a expulsar todo lo mal que en mi había ante ese remordimiento- Yo quería retenerla pero la vida no me dejaba, estaba tan débil, tan demacrada…
- No naufrago. Tú no tienes la culpa. Tú eres inocente. Que bien que has expulsado eso que te mortifica y te muerde por dentro. Nacemos, caminamos y morimos. No hay vuelta de página. Cada uno más tempranamente o de la manera más tardía pero hemos de fenecer. Tú, buen hombre, hiciste todo lo que pudiste. Ella lo sabe. Ahora tienes que descansar para que su alma también descanse.
Cuando flora hubo terminado de hablar un rayo de luz más fuerte aún se poso en mis ojos. Cuando pude abrir los ojos flora ya no estaba en la cabaña se encontraba Toba de las tierras.
Me tendió la mano y yo se la di. Me llevo hasta la playa.
- Es fabuloso observar como un tiburón azul se aproxima y no ser comida de él.
- ¿Por qué dices eso?- pregunté yo ante tan extraña conversación- Son temibles, depredadora es su naturaleza.
- Si, son como nosotros. Nosotros también somos depredadores y no solo de otras especies sino de la nuestra misma. Estamos asesinando esta tierra que nos da la vida, es decir, no estamos tragando nuestra sangre sin mirar el futuro. Las generaciones venideras solo tendrán desierto y enfermedades.
- Te comprendo. Esa es una de las razones que estoy aquí. Convivo pacíficamente con la naturaleza. Solo cojo de ella lo que necesito para mantenerme vertical y con las ideas claras.
- Sería maravilloso si el respeto asesinara a la ambición desbocada y sin límites.

- Sí, sería maravilloso.
Mientras una ola rompe dejo que mis palabras se anulen. Toba de la tierra se da cuenta. Un suspiro me asalta y entonces la veo a ella en la lejanía, ausente.
- Náufrago deseas apagar tu voz. No me escuchas. Es ella no…
-No-intento disimular- No me he dado cuenta. Me encontraba soñando. Soñando despierto. Vamos.
Quería no se por qué alejarme de la playa. Ella era presente, su aroma…Ahora envuelto en sal y caracolas.
- Si alejemos de este lugar embellecido por el ronroneo de las olas. Adentrémonos en el interior de esta bonancible isla.
Sus profundidades con toba de la tierra al lado mío tomaban otra dimensión. Caminaba como si una alfombra de margaritas estuviera a ras de mis pisadas. Me sentía a gusto. Me veía. Veía mi cuerpo vagar en un lugar desconocido y a la vez presente en mi memoria. No se como explicarte muchacho. Si explicarte esa sensación, sería la paz.
-Observa náufrago como los rayos solares en su declinación ya se pierden. Abrígate de ellos. Yo me iré. Desapareceré en la nada y seré como ellos.
Tras decir esas palabras el sol se desprendió de la bóveda terráquea y fue sustituido por la luna. Una luna que me decía mira el mar. Toba de la tierra que andaba detrás de mí desapareció. Tal vez como decía él me abriga en esta soledad. Como de costumbre me fui hacía el mar. Ese océano que me inspiraba a ella. Siempre ella. Deje mi ser tendido bajo la luna hasta que el crepúsculo me indicó que era hora de volver a la cabaña. Cuando llegué me recosté en mi catre. No me extrañé que no hubiera nadie. Me dormí. No soñé nada en el rato que duro el sueño hasta que otra vez un haz luminoso penetró en mi cabaña incidiendo en mis llamaradas.
-¿Te has despertado amigo mío?
- ¿Dónde están los otros?- pregunté agotado.
-¿Los otros? Quizás sea yo. Seamos tres en uno. Se han ido- suave dijo flor de los vientos.- Seguro que no deseas volver. Noto cierto nubarrón en tus pensamientos como si te arrojaras por pedregales a un paso ya mortal.
-Lees mi mente, es verdad- A veces dudo en este pequeño círculo de soledad. Pero aquí mi entusiasmo aunque este diezmado no se transformará en odio, los sueños no serán envidia y la alegría, la poca que me queda, no será señal de un cierto malhumor. Me hallo equilibrado. Allá una apisonadora pasaría sobre mí y caería, caería en lo más profundo de la miseria del ser. Aquí el único enemigo que poseo, si se puede llamar enemigo, es el tiempo. Lo acepto y hago lo posible por afrontar esas dificultades. Además solo totalmente no estoy. Como he comentado aparece algo nuevo en la isla como tú.
Y el día calló. Volvimos a la cabaña y placidamente abrazado a flor de los vientos me quede dormido. Sí, dormir. No se cuantos soles pero cuando desperté por influencia de la claridad del día tuve cierta sensación. La sensación de cómo si me hubiera fragmentado en tres trozos y volvieran a mi cuerpo. Sí, aquello fue mi alma. Mi alma dividida, carruaje de tapias que hasta ese momento me había ido edificando. A partir de ese momento todo cambio o cambio mi punto de vista. Me sentía con un incierto cansancio pero a la vez alegre, jovial, envuelto en la llamada de los astros para contemplar los rastros de mi amada, de mis amigos. A ellos volví. Esperaba sus visitas aunque solo fueran solo de manera espiritual. Sabía que ellos estaban bien. Aquí me tienes amigo. He aquí el hombre de tempestades que ahora sonríe en este entorno de paz. Todo a mi derredor es paz. He aquí el hombre derribado por sus propias murallas que ahora con pilares más portentosos asciende a la estabilidad. Una estabilidad que me hace gozar de la vida de esta naturaleza virgen. He aquí el hombre de corazón quebrado que se ha unificado para amar más. Amar más y más. Voy a ver a mi amada, me dije. Mi amor el mar. Parecía una marina con total perfección. Así quieta. Así serena. Así con la bóveda celeste sin ninguna nube que me deletreara el significado de los sueños. Así bella. Su calma era tal que la brisa que insuflaba me hacía perder en ese soñar despierto. Imágines iban recorriéndome. Tan puras, tan cercanas que desembarqué en sus aguas. Su frescor, su salinidad…Después envuelto en una fragancia especial me dirigí al interior de la isla. Ya sin la agresividad del tenebrismo, sin la fatiga de mis piernas. Me cubrí con hojas de plataneras cuyo verdor precioso me daba calor, recolecte frutos y raíces pues hacia días, no se cuantos, que no comía. Yo les respondía a cada fruto o raíz cogida. ¡Buen árbol¡ ¡Buena tierra¡ Gracias por ayudarme a vivir. Gracias por acompañarme en este lugar de beldad indiscutible. Danzaba alrededor de ellos y me daba la sensación y todavía me da que lo agradecen. Me hallaba sin duda en paz conmigo. Me sentía aliviado de no despertar con el ruido asfixiante de la polución sino con las aves que reinan en este paraíso. Este naufragio mi fue un regalo. En mi país andaba ya como perdido. Todo era prisas y prisas. Miradas ausentes, rostros de mármol como si la muerte los acaparara ya. Esquinas donde mendigos decían de la sociedad que me envolvía. Solo había ruido, solo ruido. Ruido que demacraba más la belleza de los edificios, la belleza de algún que otro pajarillo mojado de contaminación, desahuciado de las ramas negras de la urbe. Por ello te digo que lo mío no fue un naufragio sino un detalle de la vida. Aquí todo es natural, tú eres natural. Ella era natural, el hombre de hielo es natural, el albatros es natural. Mientras mis años se extinguen aquí hubo de nuevo un suceso. Una noche de luna llena hermosa, perfecta y yo en la playa tropecé con un cayado en la zona que la mar brama con mayor fuerza. Había un ser semienterrado como pude comprobar con la claridad de la plateada. Me aproxime. Era un joven de tez morena recorrido en sangre por algún naufragio. No, no era un joven como te he dicho. Era un niño. Si un niño. Lo cogí, su peso era liviano. Me el aroma que desprendía era a cadenas rotas, a emigrante de mundos desconocidos. En su pálida tez se dibujaba la cruda matanza de los suyos. Lo cuidé, lo mime hasta que su entereza se viera repuesta.

-Madre, madre- fueron sus primeras palabras.
-Soy tu amigo. Despierta chico- le dije yo suavemente abrazándole.
-Madre, madre- continuó él gritando, sollozando, herido.
-Chico, chico. Levanta tus párpados y mírame a los ojos. Despierta por favor-
Y entonces eclosionó y me miró. Se sentía confundido, extrañado.
-¿Quién eres tú?- preguntó asustado- ¿Dónde está mi madre? Madre, Madre. ¿Quién eres tú?
-No te preocupes. Cálmate. No voy hacerte daño. Soy tu amigo. Tus padres no están aquí.
- ¡La tormenta¡ ¡ Mí madre¡- entono tartamudeando, desolado.
-No. Estás tu solo- entristecido yo comenté al chico- Ya he rastreado la isla. Seguro que estará en otra.
- Yo que hago aquí. Anoche hubo una tempestad terrible, terrible…- sollozaba él-…y no me no recuerdo más.
- No se nada de esa tempestad muchacho. Yo te he encontrado aquí, en las rocas de la playa.
-¡No¡ Mi madre, mi madre. Ellos estaban en la balsa conmigo después .No recuerdo.
- Lo siento chico. En esta isla solo estas tú. Ellos…
- Si. A lo mejor. Pero a lo mejor están en las malditas profundidades del océano siendo cebo de los tiburones- con lagrimas en los ojos chillaba él. Callo en un espacioso silencio y luego- Mi madre ha muerto. ¡Ha muerto¡
-No muchacho. No digas eso.
- Ha muerto. Esa balsa nos vomitó. Vienen a mi mente vagas fotografías, vagos movimientos. Vi como un tripulante de la barca con su propio remo intentaba salvar a mi madre que había caído al agua. Vi, lo vi. Que su rostro se desvanecía en la aberrante espuma, como el océano fue su tumba. Eso lo recuerdo. Tengo ahora esa imagen en mi mente, una imagen que me hunde en el miedo e impotencia.
-Lo siento muchacho.
- Todos murieron por desear una vida mejor. Un vergel que los abrigará de tanta pobreza, de tanta guerra. Querían la libertad y la paz. Y, ahora, solo son muertos de las mareas, muertos del terror. Danzan con las mareas, danzan con las esperanzas rotas, danzan con el descanso, danzan con la muerte. Ahí, en ese territorio inexplotable y misterioso. Yo solo. ¡Solo…¡ ¿Qué hacer? Me he quedado sin nada y sin nadie. ¡Madre¡
Lágrimas que esculpían su dolor. Lágrimas que fecundan sueños inalcanzables. Lágrimas de un corazón resquebrajado. Y yo sin saber que hacer ante tanta desdicha. Se levantó del catre y comenzó a merodear por mi minúscula cabaña con su quejido silencioso.
- Toda una vida huyendo para acabar así….Sí, muertos. Que sus espíritus se eleven y protejan a los próximos.
Las jornadas fueron pasando. El chico se fue recomponiendo. No sabía que hacer con él. Deseaba más que nunca la visita del albatros o el hombre de hielo. Sí, lo deseaba. Para que se lo llevase al encuentro de sus sueños. Y ese pensamiento mío se hizo realidad, los dos vinieron a mismo tiempo. ¡Qué gran alegría¡ ¡Qué gran tristeza¡ De nuevo me quedaba solo. Solo no, ella estaba conmigo…Océano. ¡La bella océano¡
Y aquí sigue…¡La bella océano¡ Termino así el viejo náufrago de contar su historia. Dejo al muchacho solo con su barca en la playa y silencioso se fue a esa roca donde rompían las olas, donde océano le hablaba.

Fin
ENERO 2011

domingo, octubre 03, 2010

Amada...(novela corta)

AMADA



El residir de una noche cabalga bajo el cenit de un nuevo día: volteretas de puertas entreabiertas para el renacer del alba. Es la madrugada conquistando las ramas secas de la matizada luna risueña, ya desvaída. Es el entrante amanecer esbozando el descanso de ese plateado cuerpo en el confín del universo, donde el silencio se abre al crepúsculo, donde los arrítmicos sapos guardan su garganta a las a ciega de unos primeros rayos solares. Es la hora de guardar. Ya es hora de cerrar los párpados aun transeúntes como pasajeros de las estrellas y ser sueño por las veredas de un nuevo sol. El sol y la luna, dos tiernos amantes acaparados por una distancia cálida en que una sobre el otro son fluir del sabor de sus cuerpos cubiertos por una mutua vigilancia. Mientras, por las faldas de la cumbre, una pisada comienza a ser abertura a una soledad remota en la lejanía de los pinares. ¡Los pinares ¡, esa vía láctea de la tierra donde sus ramas son los mensajeros del viento. ¡Por allá ¡, por el monteverde, donde la laurisilva sigue el rito de la madre naturaleza, donde su pintorescas clareas por la mano de hacha del ser humano ha cedido pasto para cualquier ganado o rebaño se halla ella. Ella, una pastora deseando dejar atrás el herbaje y rodar por las piñas deslizantes, y sentir el lamento de los pinares para lograr el descanso tras su dura labor. Se alza con sus piernas por esos caminos reales donde sus piedras se mueven y algunas ruedan.
Se vierte lenta, sosegada, apaciguada por el termino de una escena ideal de las constelaciones, las cuales representan un manto matizado por un brillo inaudito a cada paso de ella por esa vegetación.
Ella, llamada Amada, labriega y pastora impregnada por el transitar de sus ovejas por los caminos más dificultosos, rebuscando en cada aurora el mejor alimento para ellas. Ella, lacerada de un pelo cano, rizado como su prominente barbilla, ajustada a su doblada corpulencia, atesorando una manta sobre sus espaldas que la protege de las frías temperaturas de aquel paraje. Ella, sirvienta de sus ovejas, que no más son su regocijo por el verdor de sus lanas, de su leche, de sus quesos . Ella es buena acompañante como cada una de las estelas que abogan en el firmamento; mimándolas, consolándolas, dándole todo aquello que la naturaleza ofrece para su brío. Ella, acostumbrada a ser filigranas de las ocres y verdosas hierbas de esa extensa planicie donde su ovejas pastan, tapizadas de las flores aun eclipsadas. Ella sola con la única compañía de su perro: aguerrido a su flaqueza, no más que un submundo de huesos, pero con la colorida vitalidad de gracia que le filtra a su ama. Como buen acompañante, como buen amigo de su soledad en esos lares. La aleja de todo aquello que cae como peso de la artimaña de la naturaleza, de los extraños, de todo eso que no deseamos que nos aceche y nos cubra con su capa de navajas.
El, es un solaz escudo de su fuerza en ese paraje insonoro de humanos, de pasos, sólo los que la naturaleza ciñe. El guía a esas espumosas ondulaciones, como camarada, como un gran padre , como guardián de sus andaduras. Amada, como buena ama o, mejor dicho como amiga de su perro Libertino, lo sigue, porque bien sabe que él es su brújula: toda confiada pisada hasta que las ovejas estén entre esas vallas donde la casa de Amada aguarda.
Tras haber deshabitado el monteverde de su ser y dejado esa lluvia horizontal colonizando sus huesos las tonadas de las aves se alzan a su paso: firme, alto, fornido, de zanja a zanja, de roca a roca al encuentro del pinar y la muerte de esa zona de la isla con sus parches de laurisilva. ¡Laureles ¡, ¡Acebiños ¡, ¡Barbusanos¡, ¡Palo blanco¡ todos quedan en la deriva del adiós hasta el fresco aliento de una nueva jornada.
Como todos los días tenia que subir esas laderas que había descendido, dejar los caminos reales e introducirse por los atajos de su conocimientos. Unos atajos que sólo poseían expresión y daba consentimiento para conocer sus misterios a los que han sido y son hijos del lugar. Con el dialecto del silbo de las arboledas y como retama móvil con sus raíces apegada a esa tierra en todos los años de su vida le servía de ayuda como linterna por esos laberintos de la naturaleza. Amada era como la crecida de los ríos abarcando en su cuerpo todo lo que allí había nacido.
Amada sube, sube y sube con un monólogo abrigándola como de costumbre. Le gusta balancearse en su mente. Un monólogo porque las palabras de la naturaleza son todo silencio. Un benevolente y sincero silencio. Ella misma recrea en su imaginación las respuestas que le puedan dar a sus pensamientos. “ ¡Como os quiero¡”, dice en voz alta. “ Siempre centinelas de mis singladuras por esta afrodisíaca tierra. Esta tierra de nadie. ¿ Qué es lo que separa al humano de la naturaleza ¿. Supongo que la gran e infinita distancia es que nosotros somos agresivos con vosotros. Vosotros, bella inspiración de las aves, de los arroyos, de las hojas al caer. Y, ustedes, a cambio, no más que dais vida. Dais el apacible y dulce bálsamo de la paz “.
Un trozo de pan, amasado con sus propias manos en la lumbre de una leña exuberante en llamas; un vino adulándola con el templar de sus carnes: mata fríos de esas precoces horas; un poco de agua para el largo y angosto camino, aniquilando así la sed que puede azuzarla y refrescando sus cuarteados labios. Esto es lo que lleva encima y hace de uso mientras el sol asalta en la aurora como escudo de oro forjado en un halo que recuerda con nitidez sin igual a una aurora boreal unísona a una gama de color.
La claridad ya era eminente, tomando así relevo a la oscuridad. Ahora con la transparencia de las imágenes y el nocturno alejado con sus extrañas leyendas algún pueblerino podría cruzarse con Amada, ser así aclamo de la palabra. Ello, era raro, pero a veces se entretejía una amena conversación entre las gentes del pueblo.
¡El pueblo¡, situado a las faldas del pinar, iluminado por el refulgente campanario de la iglesia más la pura blancura de sus casas piedra, barro y tejas. Casas fecundadas por los antepasados cuando eran tierras de nadie.
Los que poblaban ahora la belleza inaudita de ese paraje se sentían herederos de una imperecedera pero vida próspera en las raíces profundas de la cumbre. Allí, la agricultura era jugo potente para la supervivencia. Allí, todo lo que sus antecesores habían construido era sagrado. ¡Sí¡, esas casas edificadas piedra a piedra, talladas de manera rudimentaria. ¡Sí¡, esas grandes arboledas de naranjeros, limoneros, ciruelos, perales cuyo nacimiento es don de ese bisabuelo o de ese abuelo con el sudor de su frente para aquellos que ocuparan su lugar. Ellos se sentían parientes del monteverde, eran cauce de su designio. Lo respetaban. Lo amaban. Sólo eran osadía cuando era necesario el nutrir de sus vientres sin la necesidad catastrófica de matarlo sin razón. Para ellos, su dios omnipotente era el pico más alto, ese donde el pinar deja de exhalar y sólo una privilegiada vegetación es capaz de soportar las duras condiciones del clima, como el codeso, como el tajaraste.
Amada era inexistente para los desconocidos, para los que no habían brotado en aquel espectacular entorno, pero, para los pueblerinos, para aquellos que habían absorbido de su fragancia y sus manos era respetada, no sólo eso, sino que era un ser fundamental en la paz que sucumbía entre cielo y tierra en ese hermoso paraje. Precisamente ese día, en la mitad del camino antes de la llegada a su hogar, fijo en la lejanía, Amada albergo ante sus llamaradas un lugareño. Un lugareño benevolente, completamente entregado al vergel de sus tierras.
Amada y él, en su relación, eran como criaturas confidentes, trenzadas en una relación magnífica. Amada había salvado con sus prodigiosas manos la vida de su hijo cuando fue trance por una cuerda floja de navajas sin escrúpulos. ¡Sanar a una persona¡, cuando se halla entre el lado oscuro de la respiración y el flanco positivo revelándose a la vida con el susurro de negros cipreses adentrándose en la inocencia. Por ello, se diría, que su relación era más que especial, una relación desbordante en una exquisita sinceridad, honestidad y profundidad. Por ello, por el jalonar de esta angustiosa circunstancia pero a la vez con un final solaz, Amada con él poseía una llama de benigna e indiscutible amistad. La brisa de los dos estaba concentrada en un eterno afecto. El cariño y la confianza de cada gesticular animosamente de sus sombras en una tregua de sus sendas.
Paulo se llamaba él. Persona de una inmensa alegría cuando ante sus cirios Amada fluía. El, de un castizo gualdo en sus madroños y de tez alisada por ese trago aun latente de juventud. Juventud algo emborrada por esos repliegues zarandeantes de su rostro por el azote del astro rey. Sus llamaradas eran de tono olivino como la mar en el oleaje del mediodía en una jornada placentera. En sus manos se desplegaba un cúmulo de protuberancias con la dureza metálica al estar consagrado a lo que emanaba de la tierra. Paulo era un hombre zurrado en huesos como se podía atisbar ante su entrega diaria a sus viñedos. Ahora, por esta época recogía la cosecha que había engendrado sus parras. Ahora, cuando el verano era aventura a través de esa latitud. Luego, sus firmes piernas se anclaban en el lagar haciendo presión hasta de que sus entrañas arrojara ese líquido bermejo que con el paso del tiempo y la fermentación, más el aunar de unas aromáticas hierbas será un arrogante vino. Esta detonante alquimia de Paulo será batalla de flores y alegrías cuando las fiestas del pueblo sean algidez. Allí, entre polkas, tambores y chácaras será vino de la bajada de la virgen por caminos vigilados por almendros y castañeros. La danza será el primor sobre esos mofletes encendidos de tanta amoratadas aguas de alcohol con un peculiar don.
Paulo al hallarse frente de Amada desprendía de su cintura una bota con toda la plenitud de su vino, extenderlo así en sus labios como un ritual sagrado de esa asertiva amistad. Allí, en medio de aquella pendiente con el drenar de un airecillo entremezclados con sus palabras que daba los buenos saludos a un minúsculo sorbo.
¿Cómo anda usted señora? Decía con gran gracia Paulo.
-Con unas estupendas ganas. Ya libre de esa bruma que va escaseando y con mi legado andando hasta ese techo que me espera - Contesta Amada con una sonrisa paralela al brío que despierta Paulo en sus ojillos.
-Es buen día, no cree usted. Parece que el buen tiempo levanta reivindicando por ello la fontana de nuestras manos para nuestras tierras.
-Si. Hoy el cadavérico temporal de jornadas pasadas no hará cenizas nuestro ahínco en resurgir en la siembra. El temporal es ahora trasfondo, enmascarado a huido con una timidez exaltante tras ser ayer fusta a la labor del buen agricultor .
Amada, entonces, se sienta sobre una roca plana mientras mantiene su conversación con Paulo. Paulo le cede un poco más de ese vino, un hilo con toda la plenitud de su color.
-Bebe Amada. Bebe de este fruto de mis cosechas para tu sorprendente ser. Es un poco de calidez para el renacer de tu cuerpo después de esta densa bruma y así seas candil vigoroso en la subida hasta tu casa.
-Si Paulo. Lo cierto es que todas las mañanas espero de él. ¡Ahí de esos días en que eres ausencia¡ Contemplo el firmamento y me entra ganas de reír como si se tratara de ti, absorbiendo sus aguas regías como si se tratase de tu vino.
Amada se reía con una picaresca asombrosa mientras seca su boca. Paulo al verla así luce una acaramelada jovialidad y más cuando a Amada los coloretes planean en sus mejillas, plasmándose como dos rosas carmesí en plena eclosión.
- El serpentear de tu vino aromático por mis venas da calor y me acoge bajo un refugio acogedor. Tus uvas se adhieren a mis carnes para encajarla a una fuente de hogueras. Lo cierto es que lo necesitaba para que mi carácter subiera un poco de tono después del fatigoso camino.
-Si. Ya veo Amada. Tu tez se sonroja. La chispa de la felicidad te da su brazo junto al albor de este amanecer. Pareces otra después de haber tomado de este vino. Para mi es tan grato. Es grato que tus ojillos rebroten en un nuevo brillo y risueño .
-¡ Como no Paulo¡. Ser viaje de un trago. Sabes, mi senda siempre te espera para que la empapes con tu licor y persona. Date cuenta que a veces durante meses no veo a nadie. La palabra humana sólo es eco en mis recuerdos cuando vago en soledad. Cosa cotidiana. Y lo cierto, que sentir tu fragancia y el olor del pueblo me llena de vida.
Paulo ante las palabras de Amada se queda pensativo arrastrando unos minutos de silencio entre los dos.
-Amada, porque no te mudas. Dejas esas alturas y te vienes al pueblo. Allí todos te admiran. Siempre dicen: la buena Amada como estará.
-No Paulo. Me pides demasiado. Yo ahí arriba poseo mi mundo, mis recuerdos. Me deleita contemplar ese paisaje que se tiende más debajo de mi casa. Me encuentro tan arraigada a la naturaleza del silencio del humano. Es una soledad que no me causa daño, más bien me surte de placer.
-Te entiendo Amada. Por cierto, he de decirte algo.
-Si. Dime Paulo. Aunque por tu mirada presiento que no es una noticia muy grata.
-Más o menos Amada. Ha venido un médico al pueblo.
-¡Un médico Paulo¡. Ello no es razón para estropear tu rostro.
-Ya se que no es razón. Pero le disgusto algo que tuviéramos curandera. Dice que esos artes de sanar son de siglos pasados, que vivimos algo anclados en el ayer. Que no más es una hipocresía de tus manos y nuestras mentes.
-Paulo y tu, ¿crees lo que ha dicho en su sermón enciclopédico?
-¡Yo Amada¡. Después de haber socorrido a mi hijo cuando la ultratumba lo llamaba. No Amada. Yo y todo el pueblo te prefiere a ti. Te conocen y saben lo sorprendente que eres. Sabes, el tipo ese es algo frío. No se le entiende casi nada cuando habla.
-Ja , ja, Ja- Amada explota en carcajadas magnetizando a Paulo para abrirse en ellas también -Paulo mejor será dejar pasar el tiempo. Dos siempre pueden más que uno mientras ese dúo no se asesine mutuamente. Yo acepto cualquier idea que cumpla las condiciones de lo más idóneo. Espero que él respete las mías.
-Sí. Espero que sí. Nuestra sangre es muy abierta. Siempre recibimos con entusiasmo a los extraños con tal que no nos perjudiquen. Bueno Amada. Me ha motivado verte, sobre todo tan saludable como siempre. Ahora te dejo, debo de ir a labrar los campos con la fresca ya que el paso de las horas desencadenan las dagas del sol dando lugar aun cansancio precoz. Hasta que nos veamos de nuevo Amada. Cuídate.
Al termino de estas palabras Paulo sigue su descenso hasta que las relucientes casas albinas del pueblo sean naciente, allí, el posee sus terrazas para realizar sus cultivos. Amada también pero más arriba, junto su casa, posee sus tierras. No sólo se dedica al cuidado de sus ovejas, sino que también teje con sus manos unos pequeños terrenos que le servirá de alimento y de intercambio cada fin de semana en el mercado del pueblo de algo que sea útil para su vida, sobretodo, para cuando llega la estación invernal, tan dura y a veces cruel, y no caer en la necesidad. Así, ella es manivela de su autosuficiencia.
Aunque la figura de Paulo se ha desvanecido entre el denso boscaje Amada se queda meditabunda en esa roca donde se había originado la conversación. Desde allí divisaba todo el esplendor de los pinares, esas copas enredadas aun en un tono oscuro donde se construía más de su termino una naturaleza que colimaba con el bienestar de los hogares: parto floreciente de un pueblo. Se quedo por unos instantes, con sus pupilas incrustadas en ese naciente. A ella la prisa no la asaltaba, pero sabía que tenía que partir pues sus posesiones la aguardaban para ser hacendadas. Tierras que le proporcionaban lo suficiente para la verticalidad de su vida y la de su hija.
Amada poseía una hija. Una joven entre la pubertad y la adolescencia, con ese patrón de unos rasgos marcados por sus antepasados. Ella, hoy, cuando Amada retornará a casa después de acabar sus tareas, no estaría, aunque su aroma y el tejer de palabras de días anteriores era tonada de las barcas en el universo del destiempo. Ella, hoy, no sería esa fogata fructífera y melosa para su madre. Se hallaba en la lejanía, en una escuela, en un especie de internado con otras compañeras realizando sus estudios. Aunque la época estival fuera sacudida y pudiera disfrutar de la rutina de su casa, pero, su madre, lo prefería así.
La distancia entre la casa y el colegio era gigantesca, ardua y plomiza para la vuelta diaria. No sólo ello eran barreras, sino también cuando las condiciones meteorológicas eran crudas: lluvias torrenciales sufridas en la caída de la luna, mordaces nevadas como las que se preveía en los siguientes meses hacían del camino un tórrido paisaje en el ojo de una emboscada de origen natural. En este fragmento de la isla, el invierno era voraz y largo, se encrespaba bajo los mares de una bóveda ceniza con nieve tambaleante en las ramas hasta ser cedidas a ese océano blanco por el beso del viento. Era como una forastera callada y vanidosa con un resplandeciente manto similar a las estelas más bulliciosa de nuestro planeta, como si fuera una manada de minúsculos millones de Sirios dormidos sobre la superficie terráquea. Interceptaba el paso de cualquier caminante sonajero en ese apartado lugar, obligando a Amada a resguardarse en su casa hasta que la nevada derivara a la languidez. Entonces ese paraje se inundaba de leves arroyos tras desquitarse de ese disfraz de acero blanco-azulado casi cristalino .
Por ello, su hija pasaba los días austeros en la residencia del colegio. Además, Amada, no quería que su hija tuviera el mismo destino que ella. Esa vida solitaria y allende a la civilización. Ello, a Amada la revestía de una cierta melancolía. No sentir su calidez, sus dilatadas palabras bajo la lumbre de esa chimenea en esa cúspide donde vivía. Horas de insonoridad de su alboroto, de unos días confundidos con otros . Todos paralelos, monótonos. Conquistados por un mismo decálogo de obligaciones .
Su hija, se llamaba Iris. Como los iris fecundados en el follaje de la primavera. Como el iris de la mirada eviterna de la estrella polar. A veces, algún que otro fin de semana, retornaba a casa. Sobretodo cuando las jornadas no estaban canalizadas por un agresivo temporal sino de un extraordinario pacifismo. Entonces, Amada, podía entremezclarse con ese fragmento tan importante de su existencia .
No descalificaba de su cavilar Amada a su hija en ese parada. Embobada quedaba más y más en ese añoranza, cercándola en un mismo giro que la llevaba de beber de su sustancia. Esa sustancia inalterable en el transcurso de las auroras, sin dejarse titubear por las guadañas del olvido. ¡ Que estupendo¡ .¡Que suculento¡. Plagarse del pasado cuando su ritmo es embellecido y perfilado por un pensamiento fragante.
Amada deja el juego bonancible de su imaginación. Los pinares comienzan ya a lucir ese traje verde de la esperanza, verde del comienzo de un nuevo presente. Siente lo blando del suelo, con esos filigranas sepias y verdinos, tan suaves, que cualquiera podría recostarse y embarcarse en un mar de sueños. La llovizna hace acto de presencia. Un telón de acero tierno que marca con su peso la tonalidad del cielo. Se dejaba entrever un cenizo profundo, un cenizo que implicaba la despedida del verano. Esa lluvia que alimenta en su asiduidad las entrañas de la tierra, de cada estrato para el germinar con el paso de los años entre las rocas. Rocas tapizadas de un musgo que las constituía en una tersa superficie. Por allí, por donde el agua emanaba. Los lugareños y Amada eran creyentes que esta agua tenía propiedades espectaculares, como si fuera el elixir de la vida. Más larga era la vida y menos achaques virulentos cuanto más se bebía de ella. Era un secreto. Los labios de la gente del pueblo se mantenían tapiados para cualquier extranjero de la zona.
Amada de forma natural formaba parte del paisaje de ese hábitat. Se rescataba una y otra vez en si misma y en lo que sombreaba fructíferamente su felicidad, con sus párpados haciendo de candados al mundo más allá de aquel paraje. Una panacea, muestra de lo fue antiguamente la ínsula ante ese boscaje casi virgen. Suspiraba. Suspiraba en la infinidad de su memoria anclada en su hija, sin dar vestigio de algún amodorramiento. ¡El recuerdo y el amor¡. Poseía tanto amor por Iris, por esa pequeño bálsamo nacido de su vientre que la nostalgia era creciente. Más y más. Y más aun, cuando sentía un pinzón azul, visitante del ayer y del hoy, huidizo, escurridizo por los alrededores cuando la lluvia cesa, cuando las nubes dejan de dibujar figuras extrañas plomizas como si se tratara de un templo maldito. Esto da un cierto presentimiento a Amada: la llegada de un otoño sabor a metal. Un otoño arrasador que hacía tostar las hojas y dejarlas volar por un instante en una caída libre hasta besar el suelo con las ráfagas silbantes del viento.
Amada de repente siente el pica-caminos con su toc-toc sobre la corteza de algún árbol, ello, le hace marginar sus pensamientos de las latitudes que se hallaba danzando y recobra esa postura vertical sintiendo como la brisa de un otoño venidero se hacia dueña de su cuello como si fuera un diminuto perenquen. Ahora le quedaba nada más que ascender entre la avalancha de pinares hasta su casa. Un casa bien escondida en una simple y pequeña llanura, rodeada de esa ejemplar naturaleza. La esperaba.
Era una casa humilde y pequeña de piedra tallada, con una tonalidad agreste en su piel, sobria y ruda se puede decir de tejas gravitando en el deterioro y una nave resguardándola del mal tiempo y del paso del tiempo, ese infinito espacio por el cual se combate. Cerca de ella se hallaba el alprende de una forma casi rectangular, cerco y techo con la primordial función ser vigía de sus ovejas.
Amada subía y subía por ese laberinto eximio de conocidas ramificaciones para ella y su perro. Deseaba llegar, dejar sus ovejas tras las vallas y abrir esa puerta que la proyectaba al descanso. Una canción sin más exhala, una de esas que cantaba cuando Iris se mecía en la protección de sus brazos, para que ella, durmiera y sus sueños se construyeran a base de una riada de felicidad.
Amada al llegar dispone sus animales ondulantes en blancor tras los rediles. Su perro sin más se recuesta sobre la tierra húmeda como observador de todo lo que transcurre. Ella se despide. Ya agotada se dirige hasta su casa. Abre la puerta, puerta de una añeja madera noble pero ya herida por las termitas que roen toda su firmeza. Ella las siente. Siente el tic-tac bajo ese umbral antes de caer bajo su techo.
-¿ Donde estáis?- indaga ella a esos animalillos ante la puerta la cual ya ha perdido su suavidad -¿Dónde andáis pequeños? Ultrajadores de mi vida. Queréis descuidar mi ante las iras del clima y yo sólo soy paciente a que os vayáis. Se que no os vais a ir. Algún veneno os tendré que dar ante que me dejéis desnuda en la intemperie.
Siempre las mismas palabras. Cosa cotidiana ante tanta soledad. Amada las deja y cierra la puerta con una pesadumbre que se reivindica cada mañana al comprobar sólo la existencia de paredes quemada ante la mudez de algún solaz aliento. La va recorriendo una diezmada huella tan pertinaz al no sentir un cuerpo presente entre esa piedra labrada. Le faltaba algo, algo que la incluía en una resurrección del vacío en el tupido vacilar del silencio. Ya no era exclusivamente su hija. Se trataba de alguien más. Alguien que ya no era existencia cuando se encendían las llamas de la jornada. Se acerca a la ventana, una ventana viva por las cortinas que sus propias manos tejieron. Espera a alguien, pero bien sabe que sólo un sórdido eco es el que se presenta, unas pisadas que han quedado grabadas en su mente. La puerta es muda ahora. El crujir de la maderas del suelo son un silencio desdoblado entre la muerte y el deseo. Yerta su mirada hacía las habitaciones de la casa. Ahí esta la de su hija, ahí la de su hija y por último la de ella. La de ella esta encubierta por un clima fúnebre lo que suponía una descomposición de su ser en lágrimas. Lágrimas que se reflejaban en la amorfa paredes de su casa despuntando brumas negras del pasado. ¡ Por qué¡. Por qué tanta desdicha. La perfilaban como cuchillos en su garganta el surcar yermo de su marido y el surco invisible de su hija. A ella con el paso de los días o las semanas la acurrucaría entre sus brazos, a él, solamente lo avistaría entre las sombras perennes de los años, corroído antes de que sus labios fueran florecimiento del último beso, allá, por la singladura antecesora del invierno.
¡El quería vivir¡. Si, vivir. Seguir arraigado a la piel de ella, escudriñando todos los detalles de su alma, seguir mojándose en un sublime candor allá por las lejanías. Pero no. Un gélido recital de la naturaleza sin clemencia lo fue deteriorando con celeridad sin permitirle el último beso, la última acaricia, el navegar triunfante de un cuerpo sobre el otro. ¿Por qué? Se preguntaba ella. Porque tuvo que ocurrir ese accidente. Porque las entrañas de la tierra que parecían dormir, sólo algún ronquido que hacía temblequear esas tierras de vez en cuando tuvo que reventar en tanta violencia. Allá, más allá de donde ellos vivían, en una montaña ajena al ritmo de sus vidas. Esa cuya visibilidad desde su cobijo era nulo, pero bien sabían que era de un terrible aspecto telúrico; con unos riscos que hacían temer cualquier humano que pisará sobre ella. Pero él, él insistía. ¡ Maldita seguridad¡. Sabían que algún día erupcionaría, que su lengua hirviente y su aliento azufrado saldría a la luz para hostigar la vida.¡Maldita seguridad¡, se repetía una y otra vez Amada presionando con sus puños sus sienes. Aquella boca exhalante en humos tóxicos, cenizas, bombas volcánicas y una lengua de víbora anaranjada ajo su vida.
Inesperadamente se vio envuelto en aquel lecho abrasante, despeñando su existencia a ras de un barranco por donde rodó y rodó en una caída infortunada con el oleaje mortífero de aquel abocado volcán. Levitaba sobre un submundo de oscuros pantanos, atado a las cenizas que de él se escupían bruscamente. Su grito, exclusivamente fue escuchado por la humareda que quemaba sus ojos irreversiblemente. Su agonía era más aguda con la decadencia de la vileza, de su valentía, de su vitalidad. Ese magma con el vigor de las profundidades desconocidas de la tierra fue trepando por su cono desde un núcleo sordo y ciego a la catástrofe que iba organizar. Con una alfombra de brasas para romper el ritmo natural de todo un ecosistema. Sin afecto a sus otros compañeros, sus hermanos que conformaban aquel paraje bienaventurado de difícil descripción. Hermético, impulsado por una represión y un letargo de años incontables o inimaginables. De grados inagotables, asfixiantes, agobiantes para cualquiera que circulara por su derredor. Sólo, una bestia rencorosa, obsesionada con asesinar la diversidad y el equilibrio.
EL con su bastón por esa zona perdía la noción del tiempo igual que hace Amada ahora. El antes era el acompañante de esas lanas ondulantes hasta que lo sorprendió ese infernal temblor. Lo sorprendió con un vomitar espontáneo de su famélica boca, como chirriantes cadenas que lo iban a enviar al país de los muertos, con sus gases matando el suspirar de los pinares. ¡Su suspirar¡. Su suspirar se ancló en una desesperación, en un sin sentido de sed ante la avalancha mortal que se venía encima y no yacer por un instante más ante los astros azulinos de Amada. Ya no la vería más tras ese relámpago de acero candente. Sólo recordó el último instante ante aquella cuerda floja cuando en la madrugada, cuando las estrellas anidan en esa bóveda azul marina el beso que le dio a Amada en sus párpados. Ello era túnel que buscaba atormentado, un túnel de cristales rotos intransitables que lo condujeran a ese momento feliz con ella y así paliar la senda destinada a la muerte. Rodó entre el dolor y el recuerdo; entre la angustia y el amor. Sólo había vendavales de sangre. Un aire insano lo obstaculizaba para seguir pensando en Amada. Sólo deseaba ya respirar, pero era una atmósfera criminal. Una atmósfera sin compasión a su dócil carácter y a su humilde convivencia con la naturaleza. Deshidratando todos sus sueños de vivir más. Su piel, sólo era ríos de escarlatas, sólo era hijo de cipreses abatido por una perecer temprano.

-¿Por qué?- se preguntaba él. Por qué cuando el observaba esa boca macilenta; ese manto de hoguera agresiva sobre los montes fue tan colérica para descuartizas sus años; si él, no era más que camarada de su imperio; si él, no era más que un labrador y un pastor, pulmón de los fruto de esta tierra, respeto pulcro a esa selvática lozanía de los montes como biodiversidad que había de cuidar. Pero el, el majestuoso y potente volcán no escuchó. No escuchaba el tintineo maravilloso de la naturaleza, como si quisiera emanciparse del seno de las profundidades que lo encadenaba para dominar todo lo que se hallaba en la faz de la tierra. Tanto, que también negó su amistad con él.
-¿Por qué? Por qué me destruyes cuando yo sólo era silencio por tus veredas. Cuando yo con mi entusiasmo desembarcaba bajo la luz de tu boscaje -Exhalaba el marido de Amada en ese derrumbe escalofriante de su sentido. Le hablaba, le gritaba, porque se sentía parte esa diversidad. Había nacido en ella , era vástago del rumorear de su brisa.
-¿¡Por qué¡?. Por qué hacia mi evocas malos vientos. ¿¡Por que me ahuyentas de ese que yo creía mi designio¡? ¡ mi mujer y esa criatura que vendrá al mundo ¡. Es como si me abortases, como si yo fuera un horror de tu sueño y como sonámbulo quisieras acabar con todo. Cautivo estoy ahora de tu febril genocidio. ¿Por qué no solo me aniquilas a mi en lugar de toda este boscaje que conforma la belleza de este retazo de tierra. ¡Cruel eres¡. Me arrebatas la vida, esta vida mía estabilizada y creciente en ese jardín imaginario en la mente de mi mujer y la mía. ¡Ten clemencia¡ ¿¡Qué será de ella¡? ¿Qué será de ese hijo que en las venideras estaciones brotará como las mariposas de la primavera ¿. ¡Escucha¡. ¡Escucha¡ .¿Por qué vienes a mi?. Mi respiración se estrangula. Mis piernas no responden .Sólo eres un oleaje de borrascas con tu indiferencia y neutralidad -Casi no podía ya gesticular palabra, pero, seguía luchando con lo que era evidente: su tumba -Soy latidos de cuerdas de ortigas que me anudan a la sombra de tu risa, amilanado por que más nunca veré a mi amada -Llantos y sólo llantos se van cristalizando en su ser, pero el sigue, continua en ese bullicio de sus jadeos -Arribas en mi muerte, arribas con tus palabras llenas de mentiras. Sólo eres huraño cascabel correteando por mis venas y mi andrajoso pulso. Me aplastas y te vas, dejándome ambular en la oscuridad. ¡Amada ¡¡Amada ¡ El amor lo dejaré en el pozo del recuerdo, como tesorero de una pasión terminada en tinieblas para cuando las bengalas del oscurecer anuncien un canto melancólico. Yo seré una estrella más del bronceado ocaso y ella me mirará. Me mirará y me recordará. Y junto seremos en el infinito espacio que nos separa ese pequeño momento de añoranza que transcurre entre la caída del sol y la madrugada. Que gusto me da ese cuadro: rutinario, acoplados en el sentido de alguna constelación hasta que yo partía -Era sus últimas palabras, atrapado por la moribunda hoz de la penumbra con un ataúd sobrevolando por su cuerpo.
Muerto ya tardaron días en hallarlo. Amada se extrañaba, tenía un mal presentimiento. Había sentido temblar las tierras, había sentido como el humo y las cenizas mutantes al amanecer se habían posado en sus ojos, en su huerto. ¿Y él donde estaría ¿, se preguntaba. Ya era mucho tardar .Noches en vela, sin hallar la paz precursora de la tempestad. Cuando no pudo más su grito se alza al ritmo de sus piernas hasta alcanzar el pueblo. Allí dio la alarma a cada puerta que se encontraba en su paso. Desfigurada ante una tragedia próxima.
- No habéis sentido crujir el volcán. El volcán a despertado. Y allí, allí entre su sudor maldito mi marido se halla. ¿A pasado por aquí acaso ¿. No. No. Ir a buscarlo por favor. Yo en este estado parezco desfallecer. Mis fuerzas no alcanzan para luchar con las turbulencias de ese tirano- Todas las puertas se abrían. Todos los lugareños la recibían con una exquisita atención y educación. Como no, era muy admirada. Todos al verla presentían que la mala fortuna estaba cuajando. En su estado alterado, en su estado pálido, no sabían como responder. ¿ Cómo compensar, como aniquilar el dolor que en ella se desprendía ¿.
Pronto hubo terminado de recorrer todas las casas del pueblo se dirigió hacía la iglesia. Entonces las campanas redoblaron el toque de los desaparecidos: esa tonada que encharca las miradas de la tranquilidad en el pesimismo. Muchos dejaron sus obligaciones arremolinándose en la plaza del pueblo. Allí, donde la iglesia se alzaba; esperando algo. Esperando esa voz que los dejara rastrear el monte; ese lugar por donde el magma era cauce.
De la Iglesia salió el cura junto a Amada. Amada estaba ceñida a una angustia; acariciándose su vientre; tapando sus ojos lagrimosos del portentoso sol. No podía ya mediar palabra; cada palabra se liaba a un llanto cada vez más y más grave, como ese llanto de las pardelas cuando el nocturno es acaricia de la Gea. El cura al observarla presa de ese precipicio incesante tomo la palabra. Expreso un pequeño discurso con la detonación de sus pulmones para elevar el ánimo a todos los que allí se hallaban presente.
-Amigos. ¡Amigos míos¡- Dijo con sus manos en alto como queriendo tocar el cielo -Hay que encontrar a Gregor(Marido de Amada). Hallarlo entre las carnes de esa bestia ardiente con la seguridad como puntal de vuestros corazones. ¿Qué decir?. Sabéis que es una gran persona, una persona sin igual, con un carácter superior a todos nosotros. De esas personas que siempre llevamos adentro: en nuestros pensamientos, en nuestras conversaciones, en alguna que otra anécdota transcurrida en este pueblo. Espero que la esperanza nos apremie y sea eco sonoro que danza sobre él. Ahora, os dejo. Os dejo navegar por esa aberrante lengua telúrica que cerca ese pequeña parte de nuestro monte. Tened cuidado y que Dios os bendiga.
Entonces el cura callo causando un silencio demoledor como si a todos los hubiesen degollado. El quejido de Amada era hilillo que se escuchaba. Los perros aullaban, algún que otro cuervo pasaba entre esas miradas sombrías. La superstición era aguacero del demonio, porque bien pensaban que la angustia de los perros era signo de lo más trágico, porque bien pensaban que el sobrevolar de los cuervos ante sus miradas descuartizadas era señal sin lugar a duda de mal agüero. El cura entonces se dio cuenta de ello. Examinó cada uno de los rostros y sólo había terror. Parecía como si hubiera habido un fusilamiento ante ellos pues mucho habían sufrido las descabelladas barbaridades de la guerra civil. Al encontrarlos tan abatidos y paralizados dispuso sus últimas palabras.
- Venga. No hay tiempo que perder. No dejéis que ese cobarde nacido del inframundo os desmorone. Ir bien preparados que cuando la noche llega las pisadas son falsas y hay que retornar. ¡Confiad¡. Confiar en vosotros mismos.
Ante los gritos del cura todos fueron con celeridad a sus casas. Recogieron paños húmedos y todo lo necesario para buscar a Gregor.
En grupos se dividieron para así rastrear toda esa área pero con una vital precaución al acercarse al temible volcán. Caminaron durante horas, con un calor agobiante, con una lluvia de cenizas y humo que hacia casi invisible el lugar. El tiempo pasaba y nada de él. Todos esos espíritus por la lucha de la salvación de aquel hombre iban solapándose con un lamentable desastre que se les venía encima. Cuando la noche sucedió al día optaron entonces por dejar la búsqueda. Sólo dos de ellos siguieron, dos que no temían a ese Lucifer de las oscuridades y eran indiferentes en caminar a ciegas. Los demás regresaron al pueblo. Amada esperaba y al verlos llegar con sus ojos desorbitados comenzó a buscar entre las palabras de los hombres y, cuando no hallo nada, comenzó a buscar entre las miradas y, cuando hallo que todos llevaban la cabeza cabizbaja, aferrados al suelo con un silencio rotundo sin respuesta alguna, su cuerpo y alma comenzó a despedazarse.
Poco a poco como pétalos de sal se fue desvaneciendo, cayo al suelo con un llanto patético al mismo tiempo que su espíritu se despedazaba. Uno de los de allí presente, el más decidido, se acerco a ella y puso su mano sobre su hombro con un sutil tacto como si tocará una flor marchita.
-Amada. Amada - Dijo él. Pero Amada parecía que no escuchaba, estaba como ida, desplazada de la faz de esta tierra envuelta en su aflicción.

- Amada. No te preocupes .Todavía lo estamos buscando. Tres de los hombres se han quedado. Seguro que aparecerá.
- ¡Aparecerá¡ ¡Aparecerá¡- Grito Amada -Ya tendría que estar aquí si es que está bien. Acaso, no lo entendéis.
- A lo mejor se ha escondido.
- ¿Escondido ?. El que era tan valiente. ¡Donde ¡. ¡Donde¡. Eso es imposible. ¿Examinasteis las cuevas ?. Esas, donde el a veces se guardaba del frío- Amada con un estado emocional desvariado iba preguntando a cada uno de los que se encontrar allí- ¡Mirasteis ¡ ¡Buscasteis ¡. Si no iré yo. ¡Yo¡. Yo sola.
¡ Qué decir ante tanta desolación¡. ¿Qué palabras lanzar al aire para que ella se calmara ?. Su estado era caótico, tanto, que algunos llevaban sus manos a sus ojos como intento de amarrar las lágrimas. Otro hombre se aproximo. Estaba acongojado, con la pasmosidad de ver un ser destruido.
-Amada. Amada. Cálmate mujer. ¿No has oído ?. Todavía hay hombres buscándolo. Quizás tendrías que descansar. Piensa en el niño que tienes dentro.
-Si. El niño- Asintió Amada con sus dos lunas matizadas de rayones rojizos, transpuesta.
-Mi niño. Me había olvidado.
-Amada al darse cuenta se fue tranquilizando. Se comenzó acariciar ese bulto bajo sus senos y alzar un canto como si se tratara el susurro de una fuentecilla a lo que llevaba dentro. Así fue volviendo a la realidad. Todos esperaban, esperaban que su aliento se transformaran en palabras y, así fue.
-Si. Mejor será que vuelva a casa. Ya es tarde. Allí esperare que la última estrella se extinga y a lo mejor aparece. Gracias a todos.
Amada se abrió paso entre el gentío. Silenciosa y aturdida. Aquel muro de personas se abría en su caminar gastado, extasiado. Ninguno se atrevía a hablar, aunque todos querían consolarla. Sólo dos de los hombres la siguieron para vigilar si llegaba bien a su casa. Todo era oscuridad, era un albergue de las constelaciones pioneras del nocturno. Las casas ya no lucían su blancor, exclusivamente, las farolas donde todos los mosquitos se arremolinaban.
En medio del camino en esa ascensión hasta su casa Amada iba sumisa consigo misma, hasta que se dio cuenta de las pisadas que retozaban detrás suya. Entonces se deshizo de sus mohidos pensamientos y se viró bruscamente.
-¡Iros¡. ¡Iros¡.¿Qué hacéis ¿. ¿Por qué me perseguís¿. ¡Dejadme sola ¡. Yo se desenvolverme en este monte sola. Ellos se quedaron petrificados ante la erosión y lo crudas que habían sido sus palabras. No les quedaron más remedio que pararse en la mitad de esa senda y dar media vuelta. Se alejaron de ella en un estado de colapso a no poder auxiliarla en su amargura, con sus ánimos chapuzados.
Amada al llegar a su casa actuó como si no hubiera pasado nada, súbita a una esperanza. Encendió una vela para saber por donde andaba, aunque, no era necesario, sus llamaradas ya estaban amoldadas a la oscuridad a igual cuando sus piernas iban por la cumbre en la noche. Sin más, por su cuerpo, atracó un frío metal, como si un riachuelo corriera tras el deshielo en el renacer de una primavera. Quiso escapar de él por lo que prendió las leñas que se hallaban en la chimenea. Se sentó en una silla. Su mirada se ofusco en la intensidad y el vigor de las llamas, simulando cuerpos deformados en una danza sibilina.
En el influjo de estas, ella resbaló hacia los recuerdos y, paulatinamente, mientras ellos se asomaban por su memoria quedo agazapada en un sueño. Un sueño turbulento. Se hallaba en un boscaje de árboles grises y por el corrían caballos, caballos con alas y por sus ojos derramando sangre que iban a beber agua a un barrizal. Ella quería despertar, pero, era imposible, se sentía atrapada.
La noche paso y se yerto el día con la densa frescura de las primeras horas, con la densa amargura de lo que deparaba.
Los dos hombres que se hallaban olisqueando el monte encontraron a Gregor. Cadáver, demacrado, con una lividez aguda. Lo recogieron y lo llevaron a través de la tosca cumbre. Una cumbre aquejada por un humo destructivo: sable mortal. No mediaron palabra, sólo, la respiración cortada de ellos, sólo, el gemido de su perro, tan arrollador, tan doloroso.
En la casa Amada lo aguardaba. Hacía horas que se había levantado y con la experiencia de las jornadas, de los años, se ocupaba de sus quehaceres cotidianos. Preparaba alguna comida exquisita y exuberante al gusto de su marido tal que para él fuera una delicia maravillosa, una delicia reconfortante y acorde con el tiempo que azuzaba. Mientras cantaba una nana nacida de sus profundidades.
Recuerda niño que vienes
Que tu padre es errante entre pinares,
Danza de las aves,
Amigo de la luna,
Pastor de la niebla.
¡Amor¡
Que se recuesta en mi pecho,
En mi vientre
A la vera de tu nacimiento.
Así, Amada quedaba acorralada en la ignorancia, en esa esperanza inútil de que volvería. ¡Sí ¡, el volvería, pero volvería sin la necesidad de secar su entumecido cuerpo, sin la necesidad de secar sus ropas, con la vida dándole las espaldas . ¡Pobre hombre ¡. ¡Pobre mujer¡, proyectados ambos sin lugar a dudas en el marco de una luna rota. Estocadas a unas golondrinas que se calcinan bajo una lengua al rojo vivo, izando un amor desvariado, un amor invalidado bajo la tristeza y el largo de la melancolía.
Llegaron por la bajada de una ladera, en el serpentear de la cumbre cubierta por cenizas. Cargaban con una fisonomía deshilachada, de una vida agazapada bajo un huracán ígneo. Cuando arribaron en la puerta de Amada con aquel cuerpo patético de Gregor, Amada se encontraba junto a la chimenea. Se hallaba remendando unas piezas de ropa. Hilando, hilando en el nuevo resurgir de sus trajes, en la composición de nuevos vestidos, los de su marido, los de su niño que bien aguardaba en su abultado vientre. Mientras se preguntaba -Será niño o niña- y tatareaba una pequeña melodía.
Niño de mi vida
Niña de mi vida
Nacerás bajo el naciente
De mi vera.
Montaña detonante
De las canciones de amor.
Niño mío
Niña mía
Melaza de mis singladuras
Por tu piel de algodón.
Mestizaje de esta cumbre
Que con el fiel fresco
Da la bienvenida
A tu nueva ruta
Niño mío
Niña mía
Arroyuelo de tabaibas
Sabina de mi regio amor.
Hilar e hilar
De esta canción
Niño mío
Niña mía
Mi amor
Pero aquella espera era demoledora, como vendaval que arrasa con todo lo que se pone por delante. Otra vez se traicionaba a si misma con pensamientos negativos, pensamientos que la abnegaban a ser un firme como rayo de esperanza. Comenzó a surgir en su cerebro una profesión de enlutadas estaciones. Las horas eran vacías, eran un umbrío retoque de fatalidad. La brisa, su sonrisa, como cualquier otro día no corría. Ella no entendía el porque de todo ello si ella sólo se agarraba a esa cuerda que la sacaba de un hundimiento hacía una luz de hogueras verdes. Pero, no hallaba respuesta a su actitud amarga -¡Que ocurre¡.¡Que ocurre¡ ¿Por qué se atrasa tanto ¿. Dama de la noche soy y sólo despertaré cuando vea su entereza. Lo esperare bajo esta serenata fantamasgórica atormentando mis pensamientos. Me anuncian del desembarco de sus pasos sobre mi cuerpo. Inerte , frío, marmóreo. Así me lo imagino. ¡Por qué ¡ ¡Por qué ¡. Es tan prescindible su compañía, serradora de mi lamento. Tan extraordinario para el placer de mi suspiro. Su suspiro, su sudor, su jadeo cuando hacemos el amor. ¡Qué vuelva ¡¡Qué vuelva ¡. ¿ A quien suplicar ¿¡Qué solo estamos en esta vida ¡.
La traición entonces se enervo, creció como pantanales sobre su casa. Un toque en la puerta con un aliento enrarecido. Esa forma de oprimir los nudillos sinónimo del puño que ataca más y más la herida. Ello le hizo sospechar lo que era impredecible en su cavilar, tanto, que con celeridad descalabrada abrió la puerta. La imagen que se hallaba ante ella la acorraló de forma letal, de manera tempestuosa para un retrato de sombras que cabalgaría con ella para el resto de su vida. El pánico fue verdugo, dejando en su rostro la viva imagen de un agudo calvario. Ante ella se hallaban dos hombres, los cuales representaban una amistad lejana estancada en el ayer y la desconexión del hoy por la fotografía que representaban . Como si se tratara de dos cruces incendiadas los miraba ahora. Miraba sus ojos agrietados, sintiendo el escalofrío de sus cuerpos, sintiendo la palidez de sus almas, marchitos por la tragedia que llevaban al hombro. Uno de ellos, de un sollozar ensordecedor, en el otro, las ojeras ahogaban su mirada de brumas y, con ellos, la muerte. La muerte embistiéndose con Amada.
-¡No¡ ¡No¡- grito ella entre dientes a medida que el gemido de su corazón y un suplicio profundizaba por su sangre. Un no con el quería negar la muerte prematura de su marido. Un no en el que deseaba el rebobinar a horas anteriores, en aquellos momentos en que compartían la misma cama. Amada, no quería dejarse vencer por el ahora, por esa realidad que libaba con sables. Cayo de rodillas al suelo y continuo con el mismo alarido.
-¡No¡ ¡No¡- se arrastro hacia él, por lo que los dos hombres dejaron el cuerpo en el suelo. El perro iba al mismo compás que su ama, con un aullido sobrecogedor. Un llanto por la infértil fortuna, su amo fenecido. Amada siguió arrastrándose hasta llegar a la cabeza, a ese rostro desfigurado del cual no se desprendía su último latido, su último pensamiento, su última sensación. Poso sus labios sobre su frente como balada del ahogado. Su llanto ascendió más y más, tanto, que los dos hombres se encresparon en un azoramiento. Y más aun, cuando su aquejada voz desgarraba los pilares de cada una de la verticalidad de ellos.
-He aquí marido mío la mujer de la luna negra. Acero al rojo vivo de un cráter mundano. Delirio ante un mortal despedazado, hundido en la miseria de sus cimientos. He aquí la invisible llama de la vida, mordiendo ese yacimiento del amor, donde yo aguardaba tu llegada con gran fervor, donde yo recubría con sueños las horas que tu eras ausencia en un mar de nebulosas. !Ahora ido ¡. Envanecido por el implacable hachazo de la cumbre. He aquí una mujer corroída, con la razón mohosa por un destino catastrófico. He aquí un torrente contaminado, hecho trizas sobre mi pecho. ¡ Y qué hacer ahora ¡ Cuando tu fragancia a mi brisa se ha diseminado por los campos etéreos a mi pasión. ¡Cruz de mi destino¡. Ya tu voz no me susurrara más al oído ni tu sensualidad jugara con mis senos bajo esta casa de viejas maderas, donde tú, rumbo de mi mundo te vuelcas, te apartas de esa orilla donde yo caía en tu regazo. Ya no seré esa ágata de tu riqueza. Ya no seré hermana de tus momentos de desazón. Poco a poco caigo. El abismo me castiga. ¡Qué hacer¡ ¿Cómo hacerte revivir? ¡Qué hacer ¡ Si el calor de tu cuerpo jamás girará sobre mi piel.
Sus palabras a medida que van pasando los minutos se van oxidando. Ella, se recuesta junto a su marido comenzándole a murmurar en el oído, ese oído que parecía no haber sufrido daño.
-Serás el tedio de mis besos. Sólo heladas dando rienda suelta a mi cariño sin tu suavidad. Seré condenada a andar por nubes inanimadas que cuando refleje tu figura desaparecerán sin yo poder hacer una pausa al tiempo que corre. Serás el perecer de mi floreada primavera. Ya su colorido no será curiosidad que me levante para escuchar el canto de las aves. Mariposas sin alas. Mariposas de sal. Mariposas que revolotean ¿¡Para qué¡? ¿¡Para qué ¡? Si tú jamás me harás sonreír con un ramo de violetas cuando sea lengua de tu lengua en el devenir de las auroras.
Lo abrazaba. Lo abrazaba con aquellos hombres vigías de su dolor, de su sollozar. Ellos no se atrevieron a interferir en esa dramática pintura, en ese acto de borrascas, por ello, se alejaron sin mediar palabra entre la neblina que sacudía el lugar.
Amada y Gregor. Solos, con un ambiente examine, sin vida, congelándose las entrañas de Amada. ¿Qué sería ahora de ella sin su compañero? Un compañero vital para el torrente de un optimismo fluido de su despertar.
Lo acariciaba, de arriba a bajo. Por todas esas heridas malditas, por cada quemadura. Y, así estuvo hasta acaecer la tarde. Tarde en que la brisa calla y las nubes son remoto desplazamiento. Sin ella esperarlo, aparecieron las gentes del pueblo, aquellos que eran más allegados en la amistad. La vieron enrollada en su gemido. Una de las mujeres que acompañaba al grupo se arrodillo junto a ella, pero, Amada era ciega a ella. La mujer con un gran apuro y ante la fotografía terrorífica le hablo suavemente.
-Amada. Anímate mujer. El ahora se encuentra en lugar mejor . Vamos, vamos hemos de poner el cuerpo dentro de la casa para velarlo.
-¡Velarlo ¡ ¡Velarlo¡. Nunca. Sólo yo. Iros de aquí. No quiero a nadie en mis tierras. ¡Iros ¡ Iros, por favor– Dijo Amada desquiciada sin levantar la cabeza.
Todos al oír sus chillidos vibraron en un chasco, sin tener más remedio que hacer caso a lo que ella decía y dejarla sola. Algunos se le subieron la rabia proliferando alguna que otra queja.
-“ El también era amigo nuestro. También lo queríamos. Tenemos derecho a acompañarlo ante el definitivo adiós “.
-¡Derecho¡. ¡Derecho ¡. Yo fui su amante, su confidente. Su amor más profundo. No tenéis ningún derecho. Yo se como era él y no le gustaría que le vieran así, en este estado de apagón para el continuar de sus vivencias. Acaso, no os acordáis que nunca a sido queja ante el dolor y la enfermedad. Dejadnos solos.
-Todos se marcharon por el manotazo de Amada dándole la razón. Al llegar al pueblo se lo narraron al cura tal como habían sido los hechos y las mismas palabras que ella había insuflado. Él cura sólo contesto “Esperar que pase unos días y yo iré hablar con ella “.
La tarde en poco tiempo se trajeo de negro, negro de luto, negro de un amor herido, negro desplomando el malva del ocaso con las fluorescente lágrimas de la virgen dando el último adiós. Amada arrastro el cuerpo hasta las cercanías de la huerta. Dejo a Gregor sólo en lo que iba a coger una pala. Al llegar otra vez junto al cadáver excavó una fosa. Arrastró de nuevo ese cuerpo de mármol hasta ella. Lo hacía callada, con un silencio que daba lumbre a la realidad: vencida, sin apenas fuerzas, en un adiós que rondará la nostalgia y la desesperanza. ¿Qué es perder aquello que era fabuloso en tu vida y que jamás lo verás ni lo tocarás?. Sus gemidos parecían madera retorcida como si se la hubiesen tragado las olas. Después de haberlo metido en aquel agujero ya no lo veía más. Con la pala fue echando tierra encima de violoceaseo cuerpo. Enterrándolo, enterrándolo en una agonizante despedida, hasta que sus párpados fueron prohibido manantial para ella, sólo bombardeos de piquetas en su eviterna pena. Cogió unas ramitas e hizo una cruz colocándola en la cabecera de la tumba. Rezo una oración a la brisa junto a un Júpiter magnánimo que ella de reojo miraba, comparando su lejanía con la de sus marido.
Todos sus deseos estaban disecados, aunque, hubiera acabado con la tumba y colocado un ramo de violetas marchitas sobre ella no quería despedirse. Dejar al muerto sólo, pensaba, para que los malos espíritus se lo lleven. Dejar ese cuerpo con el sollozar chispeante de las estrellas en un adagio perdurable. Se quedo ahí, con el cause de una tétrica madrugada, con una humedad sin sensibilidad corroyendo sus huesos. Ella, no la temía, sólo le daba pánico ese final, ese jamás de los jamases revolcándose sus fisionomías sobre unas sábanas de algodón.
Pasaron las horas y ella seguía acurrucada en la tumba, en duermevela. El universo parecía un carrusel de velas blancas que desaparecieron con el devenir de la niebla. Entonces, sintió ruidos raros, ruidos anómalos por la hora que era, como si alguien estuviese celebrando un rito tras sus espaldas. ¿ ¿Serían difuntos ? ¿ Serían gentes del pueblo ¿ ¿ Sería un delirio?. Amada se levanto y se giró, pero, ante ese aglutinar de nubes bajas no distinguía nada, sólo, el rumor de una desvaída tonada.

Ovación al muerto
Cúspide de sus rebaños,
Humus de esta tierra,
Seda de los torrentes,
Que no pudo ser diamante
De sus singladuras.
Se quedo allá,
Allá, donde el universo
Es acaricia desagradecida
De los desaparecidos.
¡Danza la esposa¡
¡ Danza el llanto¡
bajo esta cumbre
tan desertora, tan hipócrita
de la savia de la vida.
Amada al intentar averiguar de donde, quien lanzaba esos cantiles bajo la inexistente luna en los salones negros del inframundo ya la nada era respuesta. Ningún rastro de quien o que había sido. Las ramas crujían en su pisada, alentadas por un vientecillo cortante sobre su faz. Logro avistar una especies de siluetas, pero, se evaporaron confundiéndose con la neblina. Sólo la llovizna incesante, la parada del tiempo y ella con sus ojillos rayados por el signo de la mala herida bajo aquella capa de plomizo frío.
Pasaron noches y días sin ella apartarse de la tumba, cuando llego el momento que su interior era riqueza del éxtasis se levanto. Su cuerpo estaba tullido, caído por la marejada de la helada y sin haber recibido ningún mensaje de su esposo. Entretanto, los días no corrieron de igual forma en el pueblo. El cura había armado un alboroto por no tener noticias de Amada. Se preguntaba que sería de ese cuerpo ya pasado los días: sin duelo, sin entierro. Por lo que opto subir donde se encontraba ella.
Al llegar el cura a la casa de Amada halló la puerta abierta. Sin haber señales de haber nadie. La busco entonces por sus tierras y nada de ella, la única opción era ir donde ella guardaba sus animales y allí la encontró. Estaba ordeñando una de sus ovejas. Amada sintió pisadas tras sus espaldas, pero, no hizo caso. Como ella no se dio la vuelta él la llamo.
-Amada. Amada.
-Qué quiere usted- contesto ella de manera descortés
-Amada. Se que estás muy dolida .Y no se como remendarlo. Sabes, tenemos que hablar de algunas cosas.
-Si. Dígame usted.
- He entrado a tu casa y el cuerpo de Gregor no esta Amada. ¿Dónde se halla ¿.
-No se señor cura.
-Amada, Amada. ¿Como que no sabes? Sabes que hay que enterrarlo en campo santo. Amada te conozco. Dime ¿ Dónde en que zonas de estas tierras esta el cuerpo sepultado de tu marido ?.
-No se lo diré señor cura. El fue mi marido. Mi amor. No el suyo. Yo con su cuerpo hago lo que quiero. En fin, señor cura, acaso, no éramos uno.
-Esta bien Amada. Estas en pecado. No piensas en los demás. Lo maligno de todo esto es que sus consecuencias lo pague gente inocente.
El cura procura guardar su compostura, atiende a que sus palabras sean lisas en un querer de convencer a Amada. Pero, Amada no, es firme a sus ideales .
-Pagar. ¿ Quien va a pagar ? ¿Cree que dios nos observa ?. No me venga con idioteces señor cura.
-Amada, no permito que insultes al señor. El ese el que decide por nuestras vidas.
-La vida, señor párroco, la decide el ritmo natural de la naturaleza, el de nuestro cuerpo.
-Amada, serás muy buena en tus artes de sanar, pero tu razón esta atrofiada. Quien si no te ha dado ese don para que puedas curar enfermos. Contéstame por favor y, deja ya de darme la espalda.
Amada se vira, clava sus pupilas lastimadas en la del cura como si lo porfiara. Un duelo donde ella sería la espada ganadora.
-Pues déjeme en paz. Largase de mis tierra. Que si Dios, su Dios omnipotente, esta ahí arriba el sabrá que le he dado un buen entierro. El más idóneo para un hombre como él. Su tierra, esta tierra donde las horas para el no pasaban. No creo que su cadáver por no estar en un cementerio estemos cometiendo pecado.
-Buenos días Amada .Rezaré por ti y por el alma de tu marido que espero que se encuentre en la gloria. Cuando retornes de ese largo viaje por pantanales hasta la realidad ya hablaremos. Amada, piensa, piensa. No desvíes tu camino hacía otros peliagudos que envenenan tu ser.
El cura se fue colérico, aunque no lo dio a reconocer ante Amada. Al llegar al pueblo dio las campanadas de misa: tan fuerte, tan itinerante. Muchos se extrañaron, aparte, de ser una hora inusual, presintiendo que ello no era buen signo. Bastantes acudieron en plan de olisquear el tipo de misa que iba a dar el cura. ¿Qué guardaría su sermón?. Todos expectantes y más cuando el órgano de la iglesia no sonaba, cosa normal en los días de misa. Aquel día el cura no dijo ninguna palabra referente al señor, ni tan siquiera miro el misal, concentro todo su sermón al quebranto de las leyes de la iglesia que estaba originando Amada .

-Queridos amigos. Seguro que os acordareis de esa época penosa, no hace más de cincuenta años, donde el hambre y la sequía nos hostigo. Supongo que ya sabréis cual fue el motivo. ¡Por no seguir los senderos del señor ¡. ¡ Por no hacer las cosas bien ante el misericordioso¡. Ahora, en este tiempo presente, en este humilde pueblo hay una pecadora. Todos me imagino que sabéis de quien se trata. El cuerpo de su difunto marido no esta en el lugar que debe de estar, en ese paraíso de los muertos. El desvarío que sufre esa mujer nos llevará a todo a sufrir unas peligrosas consecuencias. ¿Con que nos castigará el señor ?. Sólo nos queda rezar por él y por Amada.
La gente al oír estas palabras contundentes estallaron en un murmullo. Muchos incrédulos. Muchos seguidores del párroco. Las columnas cilíndricas de la iglesia parecía que también temblaban.
-Feligreses míos, os animo a ir en busca del cuerpo de Gregor. Rastrear todas las tierras de Amada y arrebatárselo para que pueda descansar en paz en el campo de los difuntos.
Entre tanto el cura daba estas tonadas de alerta Amada perdía el recuerdo de su marido mientras hacendaba a sus animales. Pero, después, a medida que el tiempo daba pasos agigantados en su memoria recaía en él. Dejo todo y regreso donde se hallaba enterrado. Se arrodillo en los pies de su tumba con su mirada petrificada al crucifijo que había fabricado. Sus pensamientos entonces comenzaron a vagar en esas leyendas del ayer. Recordó de ese árbol mágico que tanto habían hablado sus antepasados: el árbol del buen amor. Retorno con sus animales para terminar de atenderlos, con todos los mimos pues hacia soles que los había dejado abandonados y, de ahí a su casa.
Amada se aproximo otra vez donde había cavado la fosa de su marido y la beso, la beso como despedida de un viaje en búsqueda a través del monte de ese árbol, si es que existía. El sería la verdadera cruz de la sepultura de su marido. Al principio estaba desorientada, pero sabía que estaba escondido en algunas de las calderas de aquella cumbre.
La guiaba su perro, que bien sabía los proyectos que tenía en su mente y, en su mano derecha, un bastón de superficie tersa al contacto con la palma de su mano. Por los senderos que iban dejando tras sus espaldas, en paralelo, se hallaban una hilera acequias, cuyas aguas pertenecían al más adinerado del pueblo, un ser con apellido ilustre, descendiente de los conquistadores. Traspaso todo un acordonamiento de pedregales, todo un dique de pinares, incluso, escalando por paredones abruptos, rugosos, de piel sobresaliente en ondulaciones. Sintió el abrazo de todo ello aunque su alma se hallaba entre los desórdenes del dolor. Se perdió, fue más allá de la cumbre aunque la noche fuera contagio de oscuridad. Que más le daba. Sólo seguir y seguir: imparable, incansable a esa zona intocable para el resto de los mortales, no más que aquellos que habían amado con veracidad. Cuando menos se lo esperaba descubrió el roque señalado como umbral para la entrada de la caldera. Un roque sonámbulo. Un roque estrangulado en su base y regordete en su zona superior.
Descendió por ese mar de picón y allí en el centro de la caldera hallo una llanura casi circular, con una charca y el árbol que en esas añejas historias le habían descrito. Cautelosamente se acerco a la charca. En ella sobrevivían peces diminutos de diversos colores, dándole un toque especial a las profundidades de esas aguas: algo de paz, de serenidad. Observo su rostro reflejado, admirada de como su piel envejecida y estropeada volvía a rejuvenecerse y, al compás de ello, el rostro de su marido apareció junto al de ella. Sin lograr entender ese extraño fenómeno intento tocarlo, pero, en ese instante, desapareció formando unos círculos en esa agua límpida. ! Será una visión!, se dijo estremecida y turbulenta por no poder alcanzarlo. Se retiro de la charca y se aproximó al árbol que había tras ella. ¡El árbol del amor¡, así lo llamaban porque bajo su sombra los enamorados morían al beber de su savia. Enamorados cuyo amor había sido candado para otros y bien sabían que su savia era el eterno brebaje de su unión más allá de esta tierra.
Era un árbol majestuoso, soberbio, inclinado por el paso del tiempo. Su tronco era irregular, trazado de incisiones. Como si sus arrugas señalasen todos los que habían bebido de él y desaparecido en esa charca a otro mundo, a otras esferas donde la libertad los acogiera en su regazo.

El tono de su corteza era un crepúsculo plateado: áspera, madura, superviviente a la magnitud cualquiera que fuera de algún rugido de la naturaleza, de una bocanada de algún volcán esperando soltar su saliva viscosa en el despertar de los siglos. La frondosidad coronaba su sombrero, con un sigiloso misterio, con una pigmentación de un verdor de todo luz. Daba sombra todo lo que se hallaba bajo sus ramas, como guardián del amor, como escudo de cristal para aquellos que prendían sus versos al ritmo de los cuerpos.
Amada no quitaba lo que se transmitía en su retina de él. Después de estar rato examinándolo, respirando del aroma que soplaba, vio de nuevo la imagen de su marido reflejada en su corteza. Era como una cascada tibia que caía y en ella el brillo de sus ojos, de sus pómulos, de su frente, de sus cejas, de su cabello, de sus carnosos labios descendían reiteradamente como una especie de fotogramas. Aquello era la emanación de su esencia. Lágrimas se arrastraron apesadumbradas y a la vez maravilladas por su tez. Y después, el cuerpo de su marido también se hizo patente, zarandeándose al ritmo de ese regio árbol. Árbol, mecenas de aquella caldera. ¡Como centro¡. ¡Como núcleo donde residía el fastoso candor de la naturaleza¡. Era un argot de la sabiduría, la sabiduría que cobija las entrañas de los corazones y de aquellos que vagan por una cuerda cimbreante: la vida y la muerte .
-Sabes. Los días pasan y el silencio de su voz me neutraliza, me agota. Son como cuevas por donde caminas y no hay antorchas que te enseñen el final. Te pierdes. Te pierdes y no sabes donde recuperar tu fortaleza. ¿¡Como alzar los ojos a la vida ¡? ¡A ese refilón de semillas radiantes del sol en el comienzo de la jornada¡. Sólo se que he de continuar. Por esas ramificaciones de él que llevo dentro de mi. Simple es la vida porque aquellos que amamos se puede evaporar con celeridad. Compleja es también porque aquello nos hace visitar cavernas negras.
El cansancio le sobrevino a Amada. Se tendió en la base del árbol bajo su sombra radiante de placer. Sombra que donaba sus ramas retorcidas con sus hojas tornando a esmeraldas acorde con las estrellas del firmamento. Allá, en el pueblo tras el discurso hipnotizante del cura se desplegó en la búsqueda del cadáver de Gregor. Ascendieron el monte con antorchas. Cada pisada dibujaba en foco de luz deforme. Al llegar a la casa de Amada el primer objetivo era encontrarla a ella, pero, ni rastro de su persona. Su desaparición no hizo estragos en la batuta del cura . Sentía una especie de animadversión por la conducta que ella había tomado y, por lo tanto, era vertical con su ideas. Hizo que todos o casi todos le dieran una encerrona a esa pregunta. ¿Donde estaba en esas horas de luto ?. ¿Como una mujer podía ausentarse y más en el estado que estaba de su casa ?. Buscar ese cuerpo que por bien seguro estaría pudriéndose, corrompiéndose en alguna parte de sus tierras era la única razón prioritaria. Rastrearon cada porción de sus terrenos. Al cabo de unas horas de una intensa búsqueda y con la tensión acorralando a cada uno de ellos el cuerpo fue hallado. Lo desenterraron de su sepultura y en hombros se lo llevaron ya con un hedor insoportable. Sintieron tras de ellos una especie de murmullo en la bajada. Un murmullo que de manera tétrica se incrustaba en las carnes de cada uno de los allí presente.
¿A donde vais maldecidos?
Sois vándalos de la tierra
de la mujer que os da la vida
¿A donde vais hijos desagradecidos
de la fértil llamarada
de la naturaleza ?
La muerte volara
a vuestras espaldas
en que cada instante
del gemido terrible
del dolor de Amada

¡Dejad el cuerpo¡
Dejadlo vagar por ese féretro
laureado por el cosmos
que goce de sus tierras
como musa de sus singladuras
Todos tenían la boca de par en par como si hubiesen entrado antorchas en ellas. El cura que también lo había escuchado sólo hizo un comentario severo.
-No hagáis caso. Son cosas de Amada. ¡Ya sabía yo que también tenía cosas de bruja ¡. ¡Esa mujer ¡. Siempre andando con hierbajos.
-¿Bruja ?- Dijo Paulo receloso, incrédulo con las palabras que había insuflado el cura.-¡Qué dice señor cura¡. No diga disparates. Creo que aun no se ha dado cuenta de que estamos invadiendo sus tierras, este particular camposanto. Esas voces son las espadas de los muertos, los escuderos donde ese alma tendría que descansar eviternamente. Tal vez, deberíamos dejar el cadáver y regresar al pueblo.
- ¡Paulo ¡. Te sublevas ante tú Dios. Este cuerpo ha de estar con esos otros. Como su padre, como su madre, como sus antepasados.
Los hombres que allí se encontraban estaban acurrucadas por la voz colérica del cura, parecían tallos cortados y que ahora perdían toda su entereza. Seguían sus palabras como si caminasen por arenas movedizas. ¿A quien escuchar, a Paulo o al cura ?. Pero la palabra de Dios es todopoderosa ante hombre indefensos, ante hombres alumbrados por la ignorancia, por lo que desterraron de su mente lo dicho por Paulo arrimándose más y más al cura. Siguieron. Paulo se quedo rezagado sumiso en un arrepentimiento por haberlos ayudado, por haber pisado esas tierras sin el conocimiento de su dueña.
Cargaron el cuerpo en un mutismo total hasta el pueblo y ya con la medianoche jugando, laureando de la inmensidad estelas colgantes lo enterraron con los respectivos actos. Todo o casi todo el pueblo estaba presente. Paulo estaba allí también. Distante de todos, desplazados de todos. ¿Donde se hallaba Amada ?. Se habían llevado aquello que más quería. Y de ella nada . ¡Nada!. Paulo era todo abnegación por ella. Ella que con sus rezos, sus hierbas y sus manos habían socorrido a su hijo. El solía visitarla, aparte, era gran amigo de Gregor. Lamentaba esa pérdida, es como si hubieran ahorcado el bosque dejando no más tierra que se erosiona y se empobrece en el paso de los años.


¡Amada y la noche ¡. ¡La noche y Amada ¡. Y de ese letargo bajo la luna blanca, bajo ese extraordinario árbol paso a las contracciones. Rompió aguas. Y al final del esfuerzo, junto a un quejido inquietante nace el hijo que llevaba dentro.
-¡Venga mujer ¡. Ya tienes a ese ser que en estos meses has llevado en tu vientre. Efluente de Gregor. Abrígalo. Dale tu calor- Resonaban así las palabras del árbol del amor.
Se incorporo y con un cuchillo canario que llevaba en su cintura corto el cordón umbilical. Con sus manos sudorosas recogió a ese bebe lleno de sangrasa y amoratado. ¡Qué emoción¡. Fue estupendo acostarlo en su pecho y sentir su diminuto cuerpo.
¡Amada y la noche¡. ¡La noche y Amada¡. ¡Amada, su hija y la noche¡. ¡La noche, Amada y su hija¡. ¡Su hija, la noche, Amada y el árbol del amor¡
-¡Bebe de mí¡- Sintió Amada el canto de ese árbol - ¡Bebe de mí ¡- Una y otra ve se repetía esa cantinela. Pero ella, estaba embelesada con ese minúsculo cuerpo, con sus movimientos. Era niña. Con un poncho que llevaba puesto la arropo. Se levanto. Busco el nido de ese canto que no dejaba de insistir. Descubrió que de la corteza fluía un líquido. Sus labios la besaron y de ella bebió. Poco a poco sus fuerzas y ánimo iban reponiéndose.
Y la noche paso: minuciosa, lenta, prodigiosa. Con una timidez tal que la luna cayo entre nubes. Amada se quedo dormida tras la invisibilidad de ella con su hija recostada en su blando pecho. Cuando ya la noche comenzó a retroceder acompañado de las sonatas de las aves que se posaban en la charca y el árbol ella apaciblemente despertó. Era hora de volver. Se hallaba media entumecida, pero, energética, gigantesca como ola que desea conquistar esa tierra que le han robado. Las tonadas ígneas sobrevolaron por su cuerpo. Le daban una cierta calidez que la consagraba absolutamente a ese nuevo día. ¡Un nuevo día ¡.¡Un nacimiento ¡. ¡Como si se tratase de él ¡, suspiraba y a la vez se elevaba en una canción.
Amor , amor
Itinerante cometa
Que corta sus alas
Con toda la pasión
Del crepúsculo
De tu aliento.
¡Tú recuerdo ¡
¡El recuerdo ¡
¡El recuerdo ¡
Errante de esta tundra
Que ahora me ciñe
En celdas de diamantes
Cuando la magnifica aurora
Es visita
¡A ti y a mi ¡
¡A mi y a ti ¡
Amada tenía un placer lleno todo de armonía y sosiego inexorable. Observó parsimoniosamente todo aquello que le rodeaba. ¡El redoble de esplendor de la naturaleza¡. Ese fornido cono invertido donde su ser se convertía en firmeza con sus azabaches cascadas. Se dio cuenta de que el árbol tenía una obertura. Amada, lentamente se acercó a ella. Al aproximarse lo suficiente se fijo que en el interior yacía una planta; uno de sus hijos. Lo cogió entre sus manos y dijo –Hoy me muestras ese vástago de la savia que emanas. Tus raíces penetran en mi como sustancia vital para mi continuar. Esta grieta entre tus carnes me muestra que me has escuchado. No hace falta que hables. Tu silencio ese significado de muchas cosas. Te lo agradezco. Te lo agradezco en lo más hondo de mi corazón. ¿Por qué hay seres que con el mínimo susurro del alma descifran todo lo que llevamos dentro ¿. ¡Médium de la naturaleza eres ¡. Se entremezcla en ti la gloria y la pasión de los pasos perdidos.
Amada retorno a su casa con una alegría brillante. Para ello, hizo el mismo recorrido que había hecho para ir al encuentro del árbol del buen amor. Al llegar, deja su hija en su cama desecha, va hasta donde su marido esta enterrado. Desea apresuradamente poner esa planta que crecerá y crecerá para dar sombra un fragmento de sus tierras en lugar donde esta la cruz. ¡Mala fue su sorpresa ¡. La tumba de Gregor estaba desastrada. ¿¡ Quien¡?. ¿ Quien había sido el desalmado capaz de profanarla ?. Los dolores del alma de nuevo sobrevinieron. ¡Machacándola¡. ¡Machacándola¡. Infinitas maldiciones estallaron para quien para ella había cometido esa infracción. Corriendo agrietada se fue hacia su casa. Se envolvió en su cama junto a su hija. La miraba dulce y efusivamente mientras le hablaba.
- ¡ El te quería tanto¡. ¡Tanto ¡. ¡Deseaba tanto haberte conocido como arroyuelo entre sus rocas¡. ¡Su pequeño amor!. ¡Su amor pequeño ¡. Oh, que paz me das. Nada más sentirte este mundo de estragos se vuelve como una aurora de rosales de aguamarina. Pidamos, ¡qué regrese su cuerpo ¡ - , sollozaba Amada.

La fosa del pueblo donde estaba Gregor eclosionó. Su espectro fue recorriendo cada una de las casas donde algún miembro había ultrajado sus tierras para llevárselo. ¡Agonizando¡. Agonizando de la tristeza latente de su alma al no estar próxima a la de su amada. ¡Amada ¡. ¡Amada ¡.
-¡ Por qué !. ¡Por qué ¡. Me habéis condenado a vagar en soledad. Este valle que da vueltas y vueltas con su aroma. Vuestros sentimientos parecen censurados, inhibidos a lo que fue mi vida en esta tierra. ¿ Donde esta mi hogar ¿. ¡Mi casa y mi familia ¡. Mi cumbre es Amada. ¡Amada ¡, mi querida Amada.
Y su espectro tras circular puerta por puerta, ventana por ventana se aventuro hasta la casa del cura. Penetro en ella con un aroma de amargura por cada uno de sus recovecos hasta llegar a su habitación. El párroco se hallaba orando. Rezando con sus ojos en los pilares del infinito. Él noto algo, un cierto fresquillo que penetra por su ropa. Se levanto y cerro la ventana continuando con su oración. Pero su tranquilidad en la meditación se ofuscó cuando una voz que sonaba del más allá lo interrumpió.
-¡Tú¡ ¡Tú¡. Culpable eres de que muerte no más que sea dimanar de borrascas. No hallo el descanso tras haber desterrado mi alma de aquel sitio que me daba brío. Parece que reviento, reviento como semilla de piedras pesadas que se acoplarán a mi en este lado del mundo donde solo existe un hielo y fuego implacable. Sólo la tortura es camino. Parece que sólo subo por escaleras incendiadas al intentar albergar en mi ese divino monumento que es la naturaleza. ¡ Llevarme ¡ ¡Llevarme ¡ A esas tierras donde mi espíritu reverdecerá para descansar con el sosiego de las jornadas.
El cura se levanto. La palidez se embistió contra su cuerpo y sus palabras rodaron en una suplica.
- ¡ Oh ¡ ¡ Dios no puede ser ¡. ¡Gregor ¡. ¡Gregor¡. Ha sido sin querer. Pensamos que sería lo mejor. ¡Líbrame de esta visión ¡. Me arrodillo ante ti y te suplico: ¡perdón¡. ¡Perdón¡. Que las rocas del infierno no me lleven. ¡Vuelve¡. Vuelve de donde has salido. Regresa a tu tierra.
Se desvaneció y Gregor dejo de acosarlo. Dejo ese cuerpo frío y sudoroso en el suelo sin importarle de su estado. Volvió a su lugar. Su luz matizada de un azul pacífico y apagado envolvió al ser de Amada y a su hija. Amada sintió como cierto placer de calidez, como cuando se enciende una hoguera que poco a poco iba recorriendo su cuerpo. Su hija hacía minuciosos movimientos. El sol era como si se abriera en su habitación más temprano de lo normal. Como si sólo hubiese amanecido en aquel cuarto. Después de ese éxtasis, de ese estado reposado en la última fragancia de su amado, despertó. El rumor de las aves picoteaban la ventana. Un lenguaje que se iba propagando por aquel paraje hasta llegar al pueblo. ¡El pájaro de la cumbre ¡. Sobrevoló como Gregor de casa en casa con el canto que daba significado a un nuevo nacimiento. Un retoño que daría candela a la monotonía de aquel entorno. Magarzas, entonces, brotaron por los senderos de ese espacio natural.
Pasaban los días del fallecimiento de su marido y del nacimiento de su hija. Magarzas habían vestido el monte como séquito de esas mujeres que irían a visitar a Amada. Amada retomo de nuevo su vida cotidiana: el cuidado de sus ovejas, esas hierbas curativas que se erguían con los cantiles de las jornadas, su huerto particular. Llamo a su hija Iris. No muy bien sabe por que. Pero de bien seguro por esos iris que le traía su marido del mercado de los domingos. ¡Qué bien hermosos eran ¡. Toda una plenitud de amor.
Ya cuando el pinzón azul había dado el aviso a todo los habitantes de aquel lugar, regresó como de costumbre a su escondrijo entre las ramas de los pinares. Amada sentía su plumaje azulón, pero, sin llegar a verlo. Pasadas unas cuantas auroras sintió un murmullo fuera de la casa mientras le daba el pecho a Iris. Dudo. ¡Qué pasará ¡.¿Alguien habrá enfermado ¿. ¿Otra vez los problemas con Gregor o sólo es una visita ¿
Amada fue hasta la puerta y, al abrirla una agradable visita le esperaba. Mujeres; amigas de ella con las que gozaba una estupenda relación. Amada al principio se cortó un poco, incluso, se estremeció al averiguar que se habían acordado de ella. No sabía como saludarlas. Las cenizas de su marido y el agotamiento por el parto de Iris la tenían cadavérica. Todavía su rutina vagaba incesantemente por un submundo de toscas astillas rozando su sensibilidad.
-¿Cómo andas Amada ¿- Saludo Eloísa. Eloísa una mujer alta, de ojos almendrados con un tinte aceitunado –Hemos venido por ese aviso del pájaro de la cumbre. Su cantil dice de un ser nacido en estas alturas. Además, pensamos que tal vez necesitabas un poco de apoyo. Se te ve muy abandonada.
- Si, Amada. Queremos ayudarte un poco. ¡ Ay hija como estás ¡- Salto Susan, una mujer de modos toscos pero con un corazón envidiable. Susan era la partera del pueblo -¿Cómo estás querida mía ¿. Deja que te de un beso.
Los labios de Susan rozaron la frente de Amada. Amada ni se inmuto, estaba como abstraída.
-Venga. Pasad. Disculparme por el aspecto, pero, ya sabéis de ese maliciento homicida que se ha posado en vida. Mirad. Mirad el horizonte y observaréis su cornamenta de humo maldita. El no asimilar la perdida hace mis días arduos. Gracias a que tengo a Iris.
-¡Iris ¡- Grito alborozada Susan -¿¡Se llama así tu hija ¡?. ¡Oh que nombre tan bonito !
Con el rostros de ellas presente más el cariño que impulsaban sus miradas logró sobreponerse y les ofreció pasar bajo su techo. Susan, Eloísa y Sara comprenden la situación, ese suceso que desgarra las entrañas de cualquiera. De reojo unas a otras se miran, enviando un mensaje del estado penoso y andrajoso que se halla Amada. Las tres aúnan sus fuerzas transmitiendo todo el color de un arco iris a renacer en aquella casa y arrasar las agujas abrasantes que se suspenden sobre el pecho de Amada. Se sientan junto al fuego de la mañana que Amada ha encendido.
-Amada.
-Si Eloísa – Contesta Amada agotada
-¿Dónde está Iris ?.
-¡Iris ¡. Duerme ahora como una bella flor de las montañas en el nocturno. Cuando despierte os la traigo.
-¿Esta bien Amada ?.
-Si Susan. Sana y potente como su padre.– Contesta Amada como retraída. Amada mira a Susan. A sacado algo de su bolsa y le pregunta .
-¿Qué hacer Susan? .
-Pues mira Amada. Estoy haciendo un vestidito para tu hija. El color espero que no te importe. No sabía si era niño o niña. Ahora, aquí, espero terminarlo que con el jaleo que se ha armado en estos días no me ha dado tiempo. ¡Mira que el cura ha metido cizaña ¡. ¡Ay mi pobre Amada ¡. ¡Con la gran persona que eres tú ¡- Susan al terminar su explicación sigue con su trabajo, como si no hubiera pasado nada .
-¡Qué mirada Amada ¡- Comenta Sara acercándose a ella y pasando sus dedos por su barbilla – Tus ojeras son pesadas. No más que veo las ruinas que se atan a ti con una estelas de penurias atisbando por cada uno de tus rincones. El desierto es imagen en ti. Se que el señor párroco ha sido muy bestia. No se. No se lo que le pasa. Con lo que el te apreciaba. No tuvo que comportarse de esa manera y más con lo que tu estabas soportando en esos momentos.
-Si Sara. Pero ya no importa. Será cuestión de la condición de ser humano. Disculparme. Voy un momento a ver si Iris ha despertado.
Amada con su figura árida sale del salón y se pierde por el pasillo hasta la habitación donde está Iris. Las mujeres se quedan cuchicheando. Amada trae a Iris. Eloísa, Sara y Susan se levantan con un salto de alegría. Se acercan a Amada. Eloísa la coge en sus brazos. Amada no deja de mirar a Iris, la ternura que le despliega la deja embelesada en lo más hondo de sus pensamientos.
-¡Oh ,que cosa más mona Amada¡.
-Amada. Amada– Con un grito de alegría abraza Sara a Amada – Es bien hermosa. Se parece a ti. ¡Qué ojillos ¡. ¡Qué lastima me da no haber participado en su venida al mundo. Yo que en estos 50 años todos los niños del lugar han brotado a la luz de la vida entre mis manos.
-Amada– Susan se introduce despacio en las profundidades de Amada– Estas muy callada. No dices nada. No comentas nadas. No sonríes ante esta maravilla que te dio la vida. ¡Es él¡.
- No lo pronuncies Susan – Dice amada en tono mugriento
- Amada– Sigue Susan –El sobrevuela tu aliento. No te lastimes más. El te observa. Te mira desde ese lejano e infinito cosmos. De ti bien seguro que no se ha olvidado. Los grandes amores no alcanza la desmemoria. No llores más. Ahora tienes a este lindo bebe. Tus fuerzas y felicidad deben reconstruirse para erguir a este ser por la vida.
-Mira como te mira. Parece que tiene carácter chicas–Comenta Eloísa.
Sara y Susan a las palabras de Eloísa asientan con la cabeza. Amada recoge otra vez a Iris entre sus brazos y se la lleva a la habitación. Eloísa, Sara y Susan esperan, mientras, buscan un medio es como activar la alegría de Amada.
Amada regresa, su caminar es como si tuviera plomadas en sus piernas. Susan le enseña el vestido de Iris a Amada. -Mira Amada, que cosa más mona para tu chiquitina. Estoy ilusionada con vérselo puesto . Hoy seguro que lo acabaré.
Amada lo palpa, sus mirada se transforman en un monumento de ensueños. ¡Su hija !. ¡Su hija y ella ¡
-Amada– Llama Eloísa con una voz rumiando la tranquilidad.
-Si Eloísa.
-Seguro que no has comido nada en estos días. Hemos traído algo de verduras. ¿Me ayudas a preparar la comida?.
-Si Eloísa. Sabes que ahora no tengo a quien alimentar. Iris sólo se alimenta de mi pecho.
-¡Pero Amada ¡. Para dar vida a Iris tu también te tienes que alimentar. Si no comes, ¿qué serán de tus fuerzas ¿. Llegará un día en que no puedas con ella y sólo se quedará en un llanto tórrido.
-Si Eloísa.
-¡Venga¡. ¡Venga¡. Vamos a la cocina mientras estas dos se lían con sus hilos y agujas.
-Si iros– Afirma Sara –Pero no os olvidéis de nosotras. Primero preparar el café. Un buen café levanta el ánimo hasta los difuntos. Ay, perdón. Creo que he cometido un error. Quise decir que él café reconstruye sobre esas heridas un elocuente estado de ánimo positivo.
-¡Como hablas Sara¡- Añade Susan.
-Si hija. Últimamente leo mucho.
Se tomaron el café con el matiz de una conversación que giraba sobre el párroco.
-Ahora Amada, ni se te ocurra ir por el pueblo– dijo preocupada Eloísa.
-Si ya lo se Eloísa. Supongo que me tendrá como una bruja. ¡Ahí este hombre estancado en el tiempo¡.
-¡Una bruja sólo¡. Después de la otra noche no se que le pasa. Me refiero cuando tu difunto esposo desapareció de la tumba. Dicen las que se pasan el día sirviéndole que se pasa el día encerrado en la iglesia. Que no quiere ver la luz del día ni comer. Lo cierto y lo extraño es que a cada hora da las campanadas para que acudamos a misa. ¿Os imagináis cada hora oyendo sus becerridos ¿- Explico Susan.
-Ese hombre no sabe de los misterios de la vida. Por ello anda así, como un loco. No debería estar tan encerrado en sus leyes. No creéis– Siguió Susan.
-Si– Afirmaron Sara y Eloísa al unísono.

La conversación que se labraba traía como indiferente a Amada. De ella no brotaba ninguna pena, es como si el daño por esa marginación fuera no más que opaco.
-Bueno– Continuo Amada –A mi me da igual no poder ir al pueblo. Aquí tengo a Iris y a mis animales. Puedo sobrevivir sin la necesidad de lo que se erige ahí debajo. ES cierto que echaré de menos muchas personas, pero, ellos saben donde vivo.
-¡Oh Amada ¡- Salta Sara con compasión -¿y los días de mercado?.
No importa. Prefiero estar aislada a que me miren y huelan como una cosa extraña.
Todas bajaron la cabeza sin saber por donde erguir sus miradas. Se sentían mustias por que ellas también era parte de ese pueblo por donde Amada no podría cruzar ante las miradas soberbias y despiadadas infundadas por el cura. El último sorbo de café se lo tomaron en silencio. Un silencio que da paso al malestar de cada una de las allí presente.
Eloísa y Amada se llevan las tazas tras haber acabado a la cocina. Sara y Susan se quedan elaborando el vestido de Iris.
¡Esos viejos momentos¡. Ello intentaba recobrar Eloísa a Amada entretanto cortaban la verdura. Examinaba despacio sus ojos, esos ojos que lagrimaban con la excusa de estar cortando cebollas. ¿Como hacerla desatender la oscuridad y ese tórrido pasillo que estaba Amada atravesando?. Los pensamientos de Eloísa se callaron. Concluyo en que todo era cuestión de tiempo, un paso del tiempo lento y pausado .

Tras la comida fueron a dar un paseo por el rodar y rodar de un cielo donde su celeste era esbelto. El mediodía peregrinaba en un gran esplendor con esos cernícalos haciendo el andar agradable junto a un sol vigilante, un viento mustio y nubes aisladas. Todo un brío a la vida y la libertad. Amada se sentía agraciada al estar acunada por esos lazos de la amistad, pero, aun así existía un puente pétreo que la conjugaba con la desidia. ¡La desidia ¡. Cuando el firmamento fue escena de un vuelo nítido anaranjado como anuncio del anochecer ellas se marcharon.
Amada ante aquella ida se dejo caer en el sepulcro de su marido. Ya el árbol del amor daba un poco de sombra, había crecido con celeridad. Deposito un ramo de flores silvestres sobre su tumba. Flores que habían recolectado sus amigas regalándoselas a ella.
-Espléndidas almas son ellas. Me siento avergonzada marido mío. Es ese dolor que no me permite llamar a la sonrisa. Tal vez mañana volveré a ser como ese capirote y el amanecer de las flores. Hoy, mi destino, esta muy apagado y confuso. En estos momento me da igual lo que de mi piensen. Acaso, ¿la opinión superficial de los demás genera conflictos en el recóndito rincón donde guardo mis sentimientos ?.
Amada cayo en un semi-letargo. Un letargo desviado cuando en el paso de las horas un zumbido atesorando un canto la invadió.
Decid buena pastora
Prodigiosas manos
De este lado del mundo
¿Por qué no hay más
que lunas negras
en vuestro descanso ?
Decid buena esposa
¿ Por qué agasajáis
vuestro cuerpo ?
¡Amada ¡
¡Amada ¡
Se corriente del mañana
Se olvido del ayer
Que vuestro enamorado
Bien orgulloso
Y buen vigilante
Es de usted
Pasaron los días, pasaron las semanas, pasaron las lunas y los soles donde Amada llevaba una vida ermitaña. Una vida que se ramificaba en una honda soledad con sólo la compañía de un sueño hecho realidad: Iris. Todas las jornadas llevaban el mismo acento en la monotonía. Sólo dejaba a Iris sola durante largas horas cuando soltaba a sus ovejas por el monte. Libertino era centinela de la pequeña en ese tiempo que Amada estaba ocupada en sus quehaceres para la supervivencia.
Los meses se hacían duros y denso. Cada vez que llegaba a su casa sin perdida de tiempo se escurría junto a su hija para cerciorarse de que estaba bien. ¡La miraba ¡. ¡La acariciaba ¡. Miraba y acariciaba su fornido crecimiento en su regazo. Iris se asemejaba para ella a un blando arrecife de multicolor donde ella buceaba con toda plenitud. Deseaba que ya tuviera edad suficiente para llevársela con ella, en sus espaldas o dejarla en un lugar seguro bajo su mirada mientras ella realiza sus faenas. Así transcurrieron muchos años en ese estado de insonoridad con otros seres humanos junto a su hija. Ello Amada no le chocaba, pero si el que su hija se viera impregnada también de ese aislamiento. ¿Qué sería de Iris si a ella le ocurría alguna desgracia ¿. Ella quería que se criara con las gentes del pueblo, que gozará con otros niños y niñas de su edad, que aprendiera el maravilloso mundo de las letras y los números. ¡ Qué retraía se quedaba Amada cuando veía un libro y sólo podía tocarlo, olerlo y pasar sus páginas sin saber lo que se narraba ¡. ¿Cuantas historias se había perdido en su vida aunque sólo fueran meras fantasías ¿. Sólo sabía de memoria de esos poemas que su marido recitaba de palabra heredados de sus antepasados y también de algún que otro fragmento o frase de las cartas que le escribía. Si, como aquel recordaba cuando despertaba al llegar su marido :
Extraordinaria campesina
Mágica esposa del monte
Aquí estoy
Aquí estoy
Como tu eterno amado.
Sólo sabía de esas historias añejas, la mayoría fruto de las fantasías que se engendraba en el paso de boca a boca de las gentes ancianas del pueblo. Si Iris iba a la escuela ella también aprendería. Aunque fuera muy poquito, lo suficiente, para leer aquellas cartas de amor que le escribía su esposo antes de casarse. Amada al pensarlo se ruborizaba. ¡Aquellos tiempos¡. Aquellos tiempos cuando se reunía en la plaza del pueblo para que una de sus amigas le descifrará lo que había impregnado en aquellas cartas, desertando de todos aquellos quehaceres que debía hacer.
Amada esperó un día de esos, en donde la aurora fuera inmaculada, una aurora que en su tonalidad predecía la caída
de aguas fuertes con el avance de la mañana. Se puso a Iris a su espaldas. Toda de negro con una ropa confeccionada por ella misma bajo al pueblo.
Ella ya sabía donde se hallaba la escuela. Le venían recuerdos de su infancia. Era un centro que había pasado de generación a generación; primero los bisabuelos, de los bisabuelos a los abuelos, de los abuelos a los nietos, y así sucesivamente en curso de los años. Amada ahora, mientras media su paso con cuidado en la efervescencia verde-oscura del monte y escuchaba el trino salvaje de aves invisibles, se preguntaba porque no había ido aprender como los demás. No como todos, sólo algunos que le ofrecieron esa oportunidad. Asimismo entendía la mentalidad, lo rezagado y lo aislado que se hallaba su pueblo. Ella, como mujer, tenía que ayudar a las faenas, cualquiera que fuera. Más por su condición de mujer. Nítidas reminiscencia le llegaba cuando de niña seguía las manos de su madre cuando fabricaba cacerolas de barro para luego intercambiarla por un útil necesario, o cuando acompañaba a su padre en las tareas agrarias. En aquel entonces no envidiaba de aquellos que iban a la escuela. Adoraba estar con sus padres, auxiliarlos en su labor cotidiana.
Al llegar al pueblo era tan temprano que aun las calles andaban encerradas en un silencio. Era extraño ver alguna silueta de algún lugareño andar por ellas. Algunos estarían aun durmiendo y otros en sus cultivos. Aún así, alguno que otro pasaba a ras de Amada. Al verla tan tupida de oscuro, con ese pañuelo en su cabeza y su sombrero de palma tapando su mirada rehuían de ella. Ello la hacía sentirse bien, no tenía que dar explicaciones a nadie. Sabía que el cura era lengua de ortigas sobre ella.
Se poso ante la escuela y toco en su puerta. Bajo el umbral de esta apareció una mujer de mediana edad, de ojos ágiles que escondían el equilibro de su ser. Un ser anudado a la lentitud, a las pinceladas eruditas, al sosiego y la paciencia. Su rostro tomo un brillo especial al encontrarse con Amada . Su alegría giro por su mirada, por el tacto tan tierno y suave con que saludo a Amada.
-Hola Amada.
-Hola maestra.
-¿Qué te trae por aquí?.
-Quisiera apuntar a mi hija en el colegio.
-Si Amada. Ya observo que la traes detrás de ti. Aún es muy pequeña.
-Entiendo. Usted sabe donde vivo y como vivo. A mi me podría pasar algo y Iris.
-Te comprendo. No hace falta que me expliques más. Cuando Iris tenga los años suficientes me la traes. Creo que ya sabes que cuando el inverno es cruel ella se puede quedar a dormir aquí, inclusive, entre semana durante la duración del curso por lo lejano que tu vives. Tengo algunas habitaciones habilitadas para ello, para aquellos estudiantes que con dificultades no pudieran acudir a clase diariamente. Si a ti te pasara algo, que no creo que a una mujer como tú le ocurriese una desgracia, yo ya me encargaría de llevarla a un internado para su formación.
-Eso es lo que yo quería saber. Así en el futuro no se verá bajo una atmósfera desorientada.
-Anímate Amada. Tu, mujer fuerte y segura de ti misma ¿qué te puede pasar?. Esta bien. Esta bien que hallas venido. A veces cuando me pongo a pensar caía en ti y me decía: ¿cómo estará Amada ¿. Ya te habrán dicho que el cura se ha puesto guerrero. Yo opino que su fe es casi demencial. Debería tragarse el badajo. ¿Quieres pasar y tomar un café?. Aún los niños no han venido.
-Gracias por la invitación señora maestra pero me vuelvo a casa. Allá arriba hay siempre trabajo.
-Comprendo Amada.
Se despidieron. Amada evoluciono hacía esa zona que residía. Al regresar sentía como las nubes iban sombreando el camino. La oscuridad y la humedad a veces era palpitante y más cuando atravesó ese reducto sin igual de la Laurisilva. Aquello la sorprendía. Esa bondad, ese flujo de frescor de la naturaleza. Iris ni se movía, seguro que el ser tangible a la calidez de su madre la sostenía en un profundo y grato sueño. La niebla no era aún barrera imponente en ese día y ya podía olisquear ante sus ojos la desnudez del Monteverde con el risueño de los pinares. Otra vez pudo beber del cielo cuando los pinares se entremezclaban con su silueta. Un cielo implacable, con un gris turbio desvistiendo la mañana de esplendor. La oda de las aves rezumaba en todos sus movimientos, se notaban desinquietas a igual que los insectos. Ello, le daba a pensar que eminentemente esa cúpula plomiza iba a escupir las lágrimas que había respirado de la tierra. Amada cogió más destreza, no quería que su pequeña se mojara. Al llegar a sus parcelas se volcó en el árbol del amor. Iris ya se encontraba despierta por lo que la puso en el suelo. Iris, con tres años edad parecía una canoa andante. Amada la supervisaba mientras le hablaba a ese árbol, mientras se inspiraba en el encuentro de su marido en sus recuerdos. ¡Aquella atmósfera ¡. La revitalizaba en un vuelo bajo el son de la fragancia de ese árbol junto a su amado. Muchas veces la había sanado de enfermedades, de un estado precario de su salud, por ello, ante el se sentía agradecida. Agradecida de darle vigor a ella y a Iris en esa soledad. Extendió sus manos al firmamento, en dirección al astro rey y, como si se tratara de un ritual, le declaró un canto:
Arcaica savia
Que surcas
Por las profundidades de esta tierra;
Allá,
Allá donde mi esposo
Reposa con pinceladas del arco iris
Tú sanas mi luto
Con la rítmica belleza
De mi Iris
Dejarla corretear
Tras de mi
¡Tú¡
En fraternidad con los roques
Que pueblan esta maravilla
Con la llamada de las curas
En la sabiduría que guardas
Bajo tu ancestral corteza
¡Cuida de él¡
¡Cuida de èl¡
Que por tus raíces
Es eterno letargo.
Tras esos años de frontera inhabilitada para el pulso del aroma de los lugareños por las recomendaciones destartaladas del párroco, cuando su pequeña Iris no había salido aún de su corta y tierna edad, cuando su ensueño era candela de su marido invadiéndola en una nostalgia sin fin, desde el pueblo, con la nitidez y premura del día, día donde el sol rechistaba una y otra vez con sus pistilos tibios, las campanas de la iglesia empezó a tañer. Su presura y progresión era a un ritmo anormal, marcado por el paso de las horas. Su atronar resonó por todo aquel paraje llegando hasta los oídos de Amada. Esas campanadas daban señas de una enfermedad. Una enfermedad que traía a los lugareños en el pesimismo. Amada las escuchaba, sin dejar de realizar sus faenas para entender su lenguaje, el mensaje que llevaba inscrito en ellas. Un mensaje tórrido, tormentoso y alarmante. Aviso de un temor, aviso de seres angustiados por el acecho de una desgracia que se estaba libando en ellos. Alguien, como su marido, se iba bajo tierra. Ya, sin remedio, un ser se estacionaria en la primavera; ¡donde crece la vida también se halla la muerte!. Sus horas eran contadas, era una confabulación oriunda de la tumba.
Amada se sentía impotente. Bien sabía que en el pueblo la estimaban, sólo, por el miedo infundado por el párroco huían de ella. Esa superstición que por los siglos de los siglos había agolpado a los humanos a veces en errores.
-¡Qué hacer¡. ¡Qué hacer¡- Un toque de extraño abatimiento se le abalanzaba. Una balada de zombis arrastraba sus manos a la lasitud. ¡Sus frágiles manos ¡. ¡Sus dóciles manos ¡. Manos incomprendidas para ser escudo del halito infausto de la borrasca que se avecinaba, manos donde la jocosa y el roer de la soledad las hacía intangible para dar un grito a la esperanza.
A cada campanada la imagen del moribundo penetraba en su mente. Respiraba sólo de él a través de la brisa sepulcral y plomiza de esa mañana.
-¡Puedo mirar¡. ¡Puedo mirar y ver sobre esa persona una vitalidad consumida¡¡Un errar en el asfixiante delirio¡. Su inmovilización en esa caverna patética lo lleva por peñascos descomunales y punzantes desgarrando su vientre. Cae por el peso que le engendra en un ambiente pantanoso sin oportunidad a la vida.
Amada calla. Sus manos se van apagando, no sentía fuerzas, no podía continuar con sus faenas. Hizo comienzo de una espera, una espera en que las horas se transportaba por una acequia de astilla, una espera en que los minutos emigraban bajo un campo de balas, una espera en que los segundos era nido de tarántulas. Dejar pasar las horas para así cerciorase de la gravedad del caso, si aun había un remedio. ¡El remedio de sus manos ¡.
Llego la mañana siguiente, una mañana donde las aves aunque estaban en plena época primaveral no recitaban algún poema ante lo paralizante de su aroma. Otra vez las campanas eran bramar de lo que se estaba viviendo en el pueblo. ¡Un latido más hondo¡. ¡Un latido más angustioso¡. ¡Un latido vertiginoso ¡.¡El abismo¡. Una vida extinguiéndose y, Amada retorciéndose en sus adentros y, Amada lamentándose en su duda y, Amada rotando en su melancolía.
-Hace tanto tiempo que no voy al pueblo para sanar alguna enfermedad. ¿Por qué?. ¿Por qué censurar mi presencia?. Las campanas ya anuncian la muerte que viene. ¡Qué pena ¡. ¡Tengo que actuar aunque mis remedios no sirvan para nada¡. ¡Una esperanza ¡. ¡Un bullir de vida entre las cruces que se avecinan¡. ¿Como hacer acto de presencia en un lugar donde las gentes me ignoran, donde la mala lengua a escupido sobre mi, donde mi arte ha sido pisoteado?. Pero, sin duda, siento las llamadas de las campanas. No puedo permanecer insensible a este suceso trágico. Esa mancha negra ha de desaparecer. ¡Necesito valor ¡. Necesito valor antes esas miradas que me tropezaré y cuyo significado vuela sus pensamientos mugrientos sobre mi.
Amada fue espera a que el cosmos diera brío a sus bengalas. Ese nocturno donde los rostros parecen difuminados. Ese nocturno donde las miradas se vuelven desconfiadas. Ella con la claridad no podía descubrirse entre los del pueblo, no quería sentir el boca a boca tras su espalda.
Rezaba. ¡Si¡. Aplicaba una oración para que el paso del tiempo fuera paciente y no agravará más a ese inocente. Entretanto , se recogía en su hija. Miraba a su hija con un cariño profundo. Aguardo a que se durmiera así ella desprenderse de esa hibernación obligada. Iris cayo en un hondo letargo, serenos sueños la invadían, así se reflejaba en su inmaculado rostro. Amada aprovecho entonces para salir de su casa. Se dirigió hasta la sepultura de su marido, bien escudada por el árbol del amor. Sacó una pequeña lesna de su bolsillo y con permiso de ese gran caballero de la naturaleza lo penetró en su corteza. Aquel árbol no parecía inmutarse. Seguía rígido y dócil, como siempre. Del pequeño orificio emanó un líquido virgen. Amada lo recogió en una pequeña bota y lo puso en su cintura con toda la certeza de su magia , de su prolija sabiduría traspasada a ella para cualquiera de los males.
Agradecida
De ser raíces de tu savia,
Cerradura de la decadencia
En una aurora de verdes sueños.
Tu respiración y la mía
Caminan por una misma vaguada
Donde el don de la vida
Es naciente en esa criatura
Donde el ocaso aun
No tiene cabida.
Amada tras exhalar esos versos como ritual de un sumo agradecimiento a ese majestuoso árbol retorno a su casa, no sin antes besar la tumba de su esposo. Fue junto a Iris, ella seguía durmiendo, como si las placenteras alas de una nebulosa la protegiera sobre dunas de seda.

-Duerme. Duerme hija mía que yo volveré con la primera serenata de las aves que pueblan este monte. Aquí, junto a ti, estará Libertino. El será vigía de tus apacibles sueños.
Amada la tapo suavemente con una trapera por ella misma confeccionada dejando resbalar sus labios sobre sus mejillas. La noche ya tejía su red de gemas en el cielo. Antes de partir observo a Iris, seguía en ese mundo del sueño. Las campanas cada vez hervían más y más. Amada partió, la luna era antorcha aclarando más los pasos de Amada por aquella cumbre, pero, aunque no tuviera lumbre de esa dama de la noche ella ya sabía muy bien el camino que debía tomar por ya estar esa tierra tatuada en sus piernas; no necesitaba ver cada piedra, cada situación de los árboles porque ellos formaban parte de ella. Su paso era apresurado como el paso de alguna aguililla de regreso a su nido bajo la balada de la plateada. Traspaso los pinares con su alfombra blanda de pinocha, dejo a tras el Monteverde agradecida del frescor que insuflaba sobre su sudoroso rostro. Llego al pueblo, sibilina se adentro, todas las farolas estaban apagadas, muy intenso tenía que ser el dolor. Sólo las campanas eran tronar con virulencia: fulminantes, crueles. Amada no se permitía escucharlas, no quería que aquella alma se desposeyera de las alas de la vida sin ella haber intentado su salvación. Como helada por lo desértico que andaba el pueblo se erigió a la iglesia; tenia que averiguar donde se hallaba el enfermo. Penetró en ella sin percatarse si allí había alguien. Llego hasta al campanario encontrándose al cura sin tregua y con los ojos desorbitados y horrorizados. Parecía que él y la cuerda eran uno solo; reos ambos del temor. Amada le grito ante lo eclipsado de sus sentidos, ante el estado febril de sus movimientos. Él, no hacía caso.
-Señor cura. ¡Señor cura ¡. Paré de una vez y escúcheme. ¿Dónde se encuentra ese crío?.
Nada. El cura no escuchaba, como si la voz de Amada lo alocara más y más. Seguía desmesuradamente ese ritmo frenético, indomable para cualquier palabra. Entonces, Amada desesperada e irritada, se alabanzo sobre él para detenerlo. Él la empujo, cayendo Amada hacía atrás, pero, de nuevo se incorporó intentándole arrebatar la cuerda de la campana. Al fin, el cedió. Dio un paso atrás y miro Amada como si se tratase de un mal espíritu.
-¡Tú¡. Tú, hija del demonio .¿ Qué haces aquí?. Fuera de mi vista que traes mala suerte. Déjame continuar con mi labor. -¿Qué está diciendo usted?. En primer lugar usted debería estar con el enfermo no dando campanadas para perturbar más y más el ambiente. Sus lecturas le han hecho caer en un caos, un caos que le lleva al desvarío. Se confunde usted. ¡Dígame donde se halla el enfermo ¡.¿Qué hogar puedo visitar?.
-¿¡Decírtelo a ti¡?. A ti, que juegas y hablas por esferas oscuras. ¡Jamás¡. No tiene salvación. Sólo el reino de los cielos vela por él.
-Déjese de tonterías y creencias absurdas. En estos momentos estamos sobre la tierra y respiramos de ella. Deje que yo intente darle una nueva oportunidad a ese inocente.
-No Amada. Su alma debe de seguir su curso natural, no infligirla con artes de brujería. Debe descansar en paz. Así lo prima la iglesia.
-¡Jamás he oído semejante estupidez ¡. Usted es un egoísta. Condena a muerte a una persona por sus radicales creencias.
-¡Márchate¡. Márchate de aquí. En este pueblo no te quieren y si has traído a tu espaldas el espíritu de tú marido más vale que desaparezcas porque haré lo posible por encerrarte. -Señor cura, usted esta loco. Usted delira.
En ese momento entra un aldeano topándose con un alud de palabras violentas entre Amada y el párroco. El hombre, corrompido por un sudor frío no atiende a ello, sólo, dice sollozando:
-¡Señor cura¡. ¡Señor cura ¡. El pulso del niño se difumina
El cura coge de nuevo la soga. La presencia de Amada lo ha alterado más y más, todavía recuerda esa noche en la que su difunto esposo lo visito y su desaparición del cementerio. Ya no luce color en su rostro, su mirada se halla a la deriva como especie de una alucinación. Amada lo deja y avanza hasta ese pequeño hombre.
-Dime. Dime, ¿donde esta la criatura?.
-No le respondas o te condenaré en el infierno- grita el cura.
El hombre sumiso en la duda mira a uno y a otro.
-Dime buen Casimiro. ¿Dónde se encuentra ? Hay que intentar salvarlo. Tu me conoces. Que en tu razón se construya la base de lo que es correcto y lo lógico.
Casimiro teme las palabras del cura pero Amada lo convence más, comprende que el cura no actúa de una forma normal.
-El hijo. El hijo…- tartamudea Casimiro ante la tensión – ..El hijo de Paulo se muere. Ya no hay remedio. Es su hora final, una hora que lo hará inmortal por las serranías celestes. Allá, donde el paraíso aguarda a las almas inocentes.
Amada tras conocer el lugar donde se encuentra el enfermo desaparece como el viento en dirección a su casa. El cura ennegrecido de ira arremete sus palabras contra Casimiro.
-¡Maldito¡. ¡Maldito seas ¡. ¿Cómo has podido…
Casimiro sin dejar de terminar sus insultos a igual que Amada desaparece. Va tras ella. Al llegar a la casa se encuentra con un enjambre de personas. Todas remolidas ante la puerta de la vivienda, con una parálisis de espanto que reflejaba la proyección del futuro del enfermo, sólo, con el silencio de ellos se notaba la gama de grises que zumbaba en ese hogar. Amada, de ellos, absorbió las ventoleras de angustia pero sin caer presa en ella, no dejaba acobardarse. Paso entre ellos sin mirarlos. La gente le daba paso como última gota a la esperanza. Al encontrarse la puerta abierta entro. Enseguida fue al encuentro de la habitación donde se hallaba el niño. Recordaba aquella casa, ya había estado allí hace unos años cuando el nació; tuvo que atender a su madre después de un sufrido parto. Según su memoria las habitaciones estaban en la segunda planta, donde se hallaba ella ahora se encontraba la cocina, el baño y un salón rodeando un patio donde sus flores habían perdido todo el esplendor, de ellas Amada sentía un llanto agónico. Amada tomo dirección hacía la escalera. En ella se topo con uno de los familiares del niño. Una mujer alta y delgada, de aspecto juvenil pero demacrada ante el suceso. La mujer que era tía del niño, la conoció al instante.
-Amada..- Le dijo con pesadumbre-No hay remedio.
Esas fueron sus únicas palabras, palabras que en lo más recóndito de sus significado detonaban estar herida y desfallecida. Amada siguió su camino, subió por la escalera de madera. El crujir de ella le molestaba, no quería dar luces de su presencia. En la planta que se encontraba ahora sólo había dos habitaciones. Amada pronto averiguó ante el largo pasillo que formaba un cuadrado donde estaba la criatura. Su padre estaba apoyado en el bastidor, sus espaldas sobresalían de la habitación. Amada, apocada y cohibida se dirigió hacía allí. Se puso detrás de Paulo. Paulo ocupaba todo el umbral de la puerta impidiéndole pasar. Paulo al sentir alguien tras él se giró. Sus llamaradas estaban a punto de romper en un mar de lágrimas. No se atrevió mirar directamente a los ojos de Amada, ella le hubiera dado apoyo. Se apartó para así ella pasase a la habitación. Junto a la cama estaba la madre sentada en una silla. En ella soplaba unos sentimientos rajados, la titánica agresividad de la impotencia sobrevolaba sobre sus huesudas manos agarradas a las de su hijo. De ella se desprendía una oración que se diseminaba como un murmullo en todo el cuarto. Su estado de anonadamiento era tal que era imposible de sentir cualquier evento en ese ambiente cargado de logrobes esperanzas. Amada se aproximo al enfermo. Observo detenidamente al niño. Estaba muy pálido, de un tono amarillento-verdoso, empapado en sudor y con los labios agrietados. La sepultura era como si le cayera encima. Amada rastreaba repetidamente su rostro, palpo ciertas partes de su cuerpo. En su memoria no se reflejaba ninguna enfermedad similar. Sentía el pánico corretear por sus piernas, pero mantuvo su templanza. Descolgó la bota de su cintura y puso su orificio entre los labios del niño. Confiaba plenamente en ese brebaje. Paulo la miraba. La miraba para darle todas sus fuerzas, tal vez, con la unión de sus energías pudiera auxiliarlo. Después de darle de beber fue desnudándolo. A medida que Amada lo desvestía observaba que en su cuerpo enflaquecido estaba lleno de unas especies de llagas. Eso, ella, nunca lo había visto. Siguió adelante; le roció con un paño de ese líquido por todo su cuerpo, como si estuviera lavándolo. Del niño no existía ni el más mínimo movimiento, sólo, un latido débil. Amada sólo percibió como un halo de luz del espíritu de su marido se posaba sobre él. Ello la impulsa a darle un suave masaje por aquellos lugares donde el haz indicaba sus puntos débiles. Amada notaba como un frío inmenso se desprendía de ese frágil cuerpo y se introducía en ella. Se hallaba agotada. Después de que ella hubiera finalizado, poco a poco, el espíritu de Gregor se fue como evaporando, desapareció sin dejar señas. Amada miro alrededor por si alguien se había dado cuenta de ello y, en ese momento, el cura irrumpió en la habitación. Gracias a que se ha ido, se dijo Amada cuando tropezó con la ira de sus ojos.
-¡Como podéis dejar a esta mujer tocar al niño¡- dijo enfurecido a Paulo. Paulo ni lo miraba, sabía que su estado era anormal, estaba totalmente ausente de la realidad .
-Déjeme pasar, por favor– dijo Amada con severidad. El párroco se giro y en silencio se quedo mirando a Amada como si fuera una extrañeza maldita. Paulo al notar la situación lanzó unas palabras firmes.
-Señor cura, por favor, deje pasar a Amada. Deje que se vaya y después de ello lárguese usted. En esta casa no queremos gente que agrave más el ambiente.
El cura ante las palabras dichas por Paulo se quedo como sobresaltado. No lograba entender como él le podía hablar en ese tono.
-Pero Paulo. ¿Cómo puedes…?- entono el cura entrecortado.
-Usted no se da cuenta, esta perdiendo sus facultades de firmeza y coherencia con la realidad. Estas como sumido a un trance que le bloquea la razón.
-¿¡ Yo¡?.
-Si, usted. ¿No cree que mi hijo esta suficientemente mal para que usted venga con su envenenado comportamiento?-dijo Paulo irritado.
El párroco se quedo como pensativo. En su interior nadaba con sus contradicciones; una laguna plomiza y tupida lo atrincheraba. Se arrodillo insuflando una oración a ras del murmullo. Amada paso al lado de él con total indiferencia y se paró ante Paulo.
-Mañana volveré. Cuida de tu mujer. Seguro que se recuperara. Yo pongo todas las esperanzas de que por seguro que sobrevivirá, nuestro optimismo ha de avanzar aun en los peores momentos.
-Se consume Amada– dijo Paulo amargo.
-No Paulo. La oscuridad parece acorralarlo, pero él es fuerte. Ten fe, el ser negativo nos destruye y no tan sólo a nosotros mismos sino también quien duerme a nuestro lado.
-¿Vendrás mañana ?.
-Si. Mañana volveré.
Paulo se aproximo a su hijo y lo beso en la frente. Amada al encontrarse con esa escena tan tiernas le surgió un hilillo de lágrimas, ahogo su llanto y se fue.
Afuera seguía el barullo de personas, todas silenciosas. Nadie le pregunto nada, le causaban respeto la situación. El mediodía ya tomaba carrera y las campanadas permanecían calladas. Ahora, Amada, tenía que llegar lo antes posible a su casa. ¿Cómo estaría Iris con tantas horas de soledad?, se preguntaba. No se detuvo a descansar como a veces hacía cuando iba con su rebaño, su cavilar rebosaba rotundamente de su hija, capturando su aroma a medida que se acercaba a su casa.
Ahí estaba, seguía durmiendo. ¿Qué prolijo sueño cautivará su subconsciente?, se decía Amada para su adentros al ver su rostro tan sereno y rico en felicidad . Libertino se hallaba a su lado, meneando la cola al sentir a Amada. Se acerco a ella y la olisqueo, como tratando de averiguar donde había estado. Le propino unos cuantos lengüetazos a lo que Amada sonrió. Se aproximo a su hija y acaricio su suave cabello. Sintió su respiración pausada y tranquila dándole cierta cosa despertarla, pero, al final le habló:
-Que bien te comportas. Te veo radiante en este arte de vivir y mi ausencia. Perdona por mi tardanza, ahora estoy junto a ti, para lo que tu quieras como ferviente protectora de tus sueños. Creo, hija mía, que lo primero que hemos de hacer es comer, sobre todo tu después de tantas horas. Vamos, vamos con mama- Amada cogió a su hija entre sus brazos y se fue a la cocina.
La caída del día fue paso, el ritmo de la vida de Amada era igual que otros días: su rebaño, su huerto, su hija. El campanario parecía dormir, porque se interrogaba Amada llegando a la conclusión de que el cura se encontraría en casa de Paulo aún. En el curso de las horas se desesperaba, necesitaba oír las palabras del campanario para saber como andaba la criatura.
Ya cuando el sol recito sus últimas fragancias sobre ese bello lugar las campanas se emanciparon del silencio y comenzaron a rugir. Otra vez el párroco había vuelto a su rincón atestado de telarañas y un manto de polvo de años. Amada ante la imagen refulgida de la luna y después de atender a su hija se dirigió al lugar donde se hallaba el árbol del amor. Estaba más luminoso, más engrandecido, más solemne, semejante a un ser animado al dibujar la sombra de sus ramas sobre Amada. Cogió más de su savia, esa savia espléndida para proteger a los indefensos del mal de las enfermedades. Una neblina siniestra e irresoluta empezó a rodearlos, a Amada y al árbol del amor, al árbol del amor y a Amada. Antes de que ese telón eclipsará el sentido de sus pupilas hacia el árbol se arrodillo como de costumbre implorándole en este caso por la salvación del pequeño. Toda su confianza sobre él y su esposo.
-¡Escucha ¡. Escucha mi suplica Amado mío, árbol de la sabiduría. Ayudadme en todo lo posible en el vuelo espléndido de esa alma caída. ¡Se quiere ir y no se por qué¡. ¡Tan sólo es un crío¡. ¡Qué luche ¡. Hacerlo luchar contra las bocanadas de ese otro mundo inhóspito y retorcido para los que amamos la vida, para esa plenitud de las estaciones: un otoño con la revolución de la hojarasca y el viento, un invierno en el regazo de una chimenea , una primavera con sus puertas abiertas al color, un verano con el juego de su cuerpo desnudo al sol .¡Apartarlo por favor¡. Apartarlo de esos cabos que lo atan a la agonía.
Después de las fuerzas de sus palabras comenzó una decadencia en su voz, una tristeza se le solapaba y no sabía como desprenderse de ella.
- Otra vez he de bajar al pueblo. Las miradas huidas no me importan, las lenguas afiladas tampoco. Pero, el pequeño….
Amada aturdida y desorientada se levanto, retorno de nuevo al pueblo como la noche anterior. Las callejuelas de adoquines amorfos se hallaban solitarias. La casa de Paulo estaba abierta, tenía cierto aroma a bienvenida aunque sus paredes y tabiques hablaran de la desdicha que se escondía en ella. Amada entro dirigiéndose a la habitación que estaba el enfermo. Hizo lo mismo que la noche anterior; le dio de beber y desnudo su cuerpo rociando por donde el espíritu de Gregor le había indicado. Hoy él no se hallaba presente, lo dejaba en manos de ella y la savia del árbol del amor. Cuando hubo terminado se fue. Se marchó satisfecha porque intuía el salto del niño a la vida. Con Paulo no intercambió palabras, ambos íntimamente sabían del buen curso del chico. A la madre le puso su mano sobre su hombro. ¡Qué le podía dar ¡. Sólo, todo sus benevolentes pensamientos llenos de positivismo y seguridad.
En la salida y de vuelta para su casa no halló a nadie , exclusivamente el cura paso a su lado sin mirarla . Amada se reía en sus adentros. ¿Qué opinaría el señor cura al encontrar al pequeño mejor?.
Al llegar a su casa se recogió en un mar de tranquilidad. Se hallaba contenta como si la tristeza que la seducía dejará de insistir ya. Aguardando el día siguiente cayo en un profundo sueño, sueño que la derivaba a un monte poblado de caballos azules y de laureles donde ella corría, corría como arroyo junto a su hija hasta que se topo con un niño de cabellos castaños, se detuvo, de los ojos verdes oceánicos del niño comprobó una fuente de felicidad .
El sueño transcurría, parecía eviterno. Amada e Iris se transmitía amor en el. Al alba Amada despertó, aunque se sentía agotada no podía dejar su trabajo; todo bien mimado, todo bien atendido. Con la entrada de la tarde, esa tarde donde la bóveda se vuelve gris-celeste ella fue todo dedicación a su hija. ¡Como se divertía Iris con esas pelotas de lana que hacía su madre ¡. Su carismática sonrisa ata el corazón de su madre en un infinito ensueño que se percibe en su pausada respiración. ¡Qué dicha tan indescriptible¡. Respiración que se prolongo cuando las campanadas iniciaron su rito, ahora, su ritmo era alarde de la vida, con una gracia que hacia a Amada alargar su mirada al infinito y perderse en la ilusión. Amada como riada dejo a su hija y fue hasta el árbol de la vida, lo abrazo como si de su marido se tratase, no dijo nada desbordándose sólo en un canto de sus lágrimas. La bruma se hizo presente, no era una bruma malvada sino de un verde-celeste formando figuras de aquellos que habían desaparecido exaltando así su alma.
Los días pasaban, Amada con cierta impaciencia esperaba la visita de alguien. Desde la muerte de su esposo nadie había ido a verla, creyendo que el olvido hacia mella en las gentes del pueblo después de la recuperación del niño. Pero no era como ella pensaba, cuando la espera tomo de mano a la desmemoria Paulo vino. Llegó con el amanecer mientras Iris dormía y ella estaba con sus labores. Amada presintió que el aroma de la brisa era cambiante, alguien andaba por sus tierras. Dejo sus tareas y se aproximo por donde ese olor era más agudo. Vio a Paulo. Se sintió a la vez tímida y cohibida porque bien sabía que su visita era signo de gratitud.
-Buenos días Paulo ¿Cómo te encuentras después de estos días tan turbulentos?. Se te ve mejor, mucho mejor, favorecido por el buen viento que sopla en tu hogar– le dijo ella emocionada, casi ruborizada al ver que entre sus manos traía un ramo de siemprevivas y magarzas.
-Hola Amada. Si, estoy estupendamente. Esas ganas de vivir, ese deseo de ser parte del curso del sol es grandioso- contesto Paulo con una ligera sonrisa ofreciéndole el ramo. Amada lo recogió como si se tratase de una ave frágil y herida.
-Pasemos a mi casa. Aquí al estar quietos la humedad nos acecha y puede dejarnos como las piedras – Mientras caminaba a la casa Amada notaba un cierto brillo especial en los ojos de Paulo, tanto, que era un mar de dudas.- Paulo, ¿por qué me miras así?
-Por nada Amada. Me siento feliz.
-¡Feliz¡. Si, la felicidad es una dicha que no se debe parar, hay que aprovecharla, saberla saborear y mimarla hasta el último momento y, si se quiere ir, evadirse de nosotros, debemos ir tras ella y acariciarla en ese rincón de nuestra memoria, tan simple como soñar despiertos.
Entraron en la casa, la oscuridad aun era visita por lo que Amada encendió una vela y se sentaron.
-¿Cómo esta Iris ¿- dijo Paulo
- Bien, muy bien. Muy sana y fuerte.
Entre ambos se hace un silencio, un silencio acogedor con el risueño de los pájaros de fuera.
-Gracias Amada.
-No Paulo. No hace falta que me des las gracias. Mi función y, me siento alegre por ello, es preocuparme por los demás.¿Qué es de la amistad?.Es ella la que forja el que uno gire sobre el otro cuando la necesidad y la pena llama.
- Parece que llueve.
-Si, que llueva, así calma el mal olor y las consecuencias de ese maldito volcán.
Paulo nota que en las últimas palabras de Amada hay mucho rencor; el odio, el dolor y el recuerdo se aúnan con la imagen espectral aberrante de la naturaleza.
-¡Qué dulce, extrovertida y reservada es la lluvia que cae ¡. Borra el pasado nefasto sin hacerte rememorar cada herida, cada tristeza. Un murmullo silencioso, silencioso . ¿Notas Paulo su tacto benevolente?.

-Es como si todo volviese a la calma.
- Sí, la lluvia apasiona más esa calma.
- Y nos dice descansemos
-Sí, descansar. Ese es mi deseo, aquí, junto a mi hija y mi trabajo.
Las horas pasan, y la conversación entre Paulo y Amada se apaga, ya no necesitan decirse nada más, todo brota de sus miradas. La mirada de Amada y el ronroneo de la lluvia, con el acercamiento de la oscuridad seduce a Paulo a irse.
Amada cierra las puertas de su memoria; un viaje al pasado que produce en ella emociones y penalidades para concluir en unas inagotables ganas de seguir adelante. Se deja caer delante de la chimenea, coge entre sus manos un cuaderno de la escuela de su hija, lo examinaba con la fluidez de sus pensamientos. Hasta el sábado no la vería, le daba una especie de congoja desembocando hacia su hija un amor perpetuo y entrañable. Se levanta Amada del suelo y con una danza frágil sobre sus pies desnudos serpenteaba en sus sueños, en sus amores, dejando atrás todas las preocupaciones. ¿ Qué sería de ese doctor ?. Su cavilar lo extravía, ya con la palabra y sus actos la miraría de forma bien distinta; cooperando los dos, sólo, hace falta conocer a las personas, percibir ese tacto superficial para después ir introduciéndose uno en otro hasta disipar los prejuicios. ¡Baila Amada¡. Baila como el azahar que se extiende por los campos, extendiendo su aroma, su persona en todo lo que toca.

fin