jueves, noviembre 28, 2019

AMPUAM....12 PARTE


12
Las campanas marcan el esbozar los ojos frente a la jornada que se deposita sobre nuestros hombros. Es hora de despertar. Aun la oscuridad atesora un resquicio pero ya se va ahuyentando con nacimiento de filigranas solares. Los hombres y mujeres van a sus campos de cultivo, a sus labores en la isla. Una isla alejada y ausente de las convulsiones políticas en la España que los destierra, que  los abraza a la vez pero con el olvido en la lejanía. Las noticias llegan con atraso, corriente de prensa que se mecen en los puertos como descanso. La isla. Si la isla desnivelada en sus habitantes, unos pocos burgueses y un desmesurado crecimiento de la miseria, de una población que vive de agricultura, de una población acechada por epidemias y devastadoras invasores de sus cosechas.  Y sin alarga más, el carácter volcanología de la isla. Sí, las campanas marcan el despertar cuando un temblor estremece a sus habitantes. Un foco se había abierto al norte, lejos de la residencia. Un pequeño reducto que asusta, que angustia, que mortifica, que produce horror entre cada alma que ahí vive. Un nuevo volcán engendrado por las entrañas de la tierra, pero leve, sin el suficiente impulso de la muerte. Solo es un aviso, un aviso de lo que pisamos, de donde habitamos. Cuando las campanadas se hundieron en un profundo callar la tierra calló, dejo de ser ese trémulo desenlace que podría ser fatal. Todos aupados por el temor elevaron sus brazos al aire, suplicando a un Dios  hasta el fin. Todos entonces concurrieron a las iglesias que habían crecido como un hervidero de salvación. Y dieron las gracias, y se enlazaron a un rosario y un crucifijo como escudo ante cualquier suceso imprevisto tempestuoso y maligno. Todas las muchachas concurrieron a la capilla. Allí ante ellas, la superiora, algo demacrada pero entera, dominante. El orar matutino comenzaba antes del desayuno. Todas miraban y miraban a sus compañeras (Agata, Anne, Delfina) con sus cabezas rapadas, con la lástima mordiendo sus ojos. Después de rezar todas al comedor. Agatta, Anne y Delfina se sentaron en sitios distintos. Ninguna de las compañeras se quiso sentar con ellas. Sí, el temor. El temor las pisoteaba en vigencia de la mirada de la superiora observando a cada una de las allí presentes, con un sabor a alegría en su interior por la muralla impuesta a esas chicas y su peldaño ante las demás. Como nunca en el comedor había un silencio sepulcral, solo, los pajarillos cantaban en su danza otoñal al encontrarse con el astro rey ¡Oh, el otoño¡ laberinto hechizado por los freáticos balanceos de la vida. Sí, la vida, hay que recorrerla para saber si perteneces o no. Cuando no entras en su círculo te mutilan, te agreden casi mortalmente en tus sentidos como repuesta ¿Dónde la libre expresión? ¿Dónde los libres movimientos? Nunca se sabe únicamente tendremos que andar y andar y veremos la verdad, la verdad del respeto, la verdad de los vuelos altos y  desliados de todo juicio prefijado en sus mentes...CONTINUARÁ

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