La sonoridad del oleaje viene con la
canción de los desaparecidos, de las invisibles manos marchándose donde la pena
termina. Es invierno…un gélido invierno. Cumbres nevadas, ojos despiertos ante
la frialdad metálica de la brisa que viene…que viene y nos besa con sus labios
rajados. Aquí, estamos, viniendo donde la sonoridad del oleaje viene con la
canción de los amantes anónimos con sus miradas puesta en su horizonte del brío
de las emociones. Tangibles a las hogueras para la tibieza de los cuerpos nos
incorporamos y de un brinco tembloroso estamos aquí, en el planeta tierra. Una
esfera en medio de la nada , solos, aislados. La sonoridad del oleaje viene, me
levanto y escucho su rubor como amor desvanecido en los círculos de cuerdas que
nos atan a la isla. …a la isla. Las aves sobrevuelan nuestras cabezas y
entornamos nuestra vista a sus movimientos hasta perderse en la inmensidad del
océano. De repente, mis ojos cansados pisan un faro de la bahía donde los
náufragos conversan sobre sus sueños, sobre sus esperanzas, sobre sus
inquietudes y ven yeguas flotantes en esa masa oceánica que llevan en sus lomos
aquellos cuyos nombres se pierden en la memoria de un ayer. Un ayer de guerras
suicidas, de cuerpos inertes, herméticos que oscila en la oscuridad humana.
Viene en yeguas flotantes nacidas de la erupción de las mareas. …vienen con sus
desesperanzas, con sus amarguras, con
sus mensajes de paz levantando banderas blancas en el porte de un mañana ¿Dónde
está ese mañana? Ven…ven , donde la derrotas de las batallas anuncian la
alabanza a la sonrisa de niños
atravesando el exuberante follaje de la paz. La sonoridad del oleaje viene con
la canción de un nuevo propósito, donde los retorcidos puentes de la vida
emergen en un canto, un canto fuerte y leal a la tranquilidad.

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