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Habitación cero. Una habitación de
paredes blancas y suelo gris. Me reporto donde los espejimos de un desierto
brinda un vergel donde todo es armonía, donde todo es luz, donde todo es
verdor. Sus aguas cristalinas reflejan mis alas, alzándose donde el eco
insonoro del dolor me tiende su sombra. Camino, donde los peces plateados en la
libertad de este ambiente exhalan sueños rotos reconstruidos nuevamente. Me
encuentro con una anciana, delgada, enlazada a los soles, a las lunas, a los días
en este efímero lugar. Me habla de antaño, cuando el respeto nos sumía en el letargo
de las armas, de las explosiones de una tierra que alimentaba a todos a la vez.
Y te lo cuento, aquí, en esta habitación de paredes blancas y suelo gris. La
monotonía de las jornadas los embardunaba de alegres tonadas, de amenas conversaciones
donde lo repelente, lo implacable huía a la inexistencia. Sus manos arrugadas,
sus venas marcadas, su frente llena de frases de verdades. Y me siento junto a
ella , así, como estoy contigo. Me embeleso en este callar tuyo, en este callar
mío, en este callar de ella. La sed se apaga, aminora el pulso de la ansiedad y
estoy reconectada a la vida. Habitación cero. Una habitación de paredes blancas
y suelo gris. La anciana con su entrañable rostro me facilita el aliento para
continuar por los senderos donde los precipicios marcan mis pisadas. Salvada,
retorno a tus ojos, a esta estancia donde la enfermedad y los gritos del malestar
son incesantes. Me acostumbro y he dado un paso más a la comprensión humanidad.
Una humanidad en estos tiempos deshumanizada. Esta vía láctea que nos resguarda
en uno de sus brazos puedo contemplarla en este hospital aislado donde la
contaminación lumínica no existe. Es como un cuadro perfecto, un jadeo
incesante de esta civilización remota. Y quien era esa anciana. Su tacto tan reconfortante,
tan iluminador. Y ahora aquí este
universo, un cosmos entre el caos y el equilibrio. De una contracción hubo una
expansión, todavía hoy continuar cuando miramos el firmamento que no es el
ahora , que es el ayer. A igual que los seres humanos vivimos en nuestro
pasado, en ese ayer donde la venganza y el odio escalonaba hasta reventarnos en
el odio del presente, del ahora. Me parece bochornoso madre, todo un sinfín de
astillas prolongándose por cada garganta, por cada lengua, por cada vientre.
Ahora te encuentro, te comprendo, esas luchas interminables, calladas que
arrancaba en nuestra perdida verdad. Ahora que te miro, que te abrazo, que te
beso , transmites cierta calidez que me estimula, que me anima, que me embellece,
que nos hace cómplices de nuestras palabras sentidas con el calor de nuestras
manos. Otra vez va a llover, hace muchos inviernos que no reconocía tanta lluvia,
tanto frío. Me sienta bien, te sienta bien. Los campos serán gozos. Los barrancos
gráciles alas de libertad. Nosotras, resonar de un vacío que nos lleva al cambio
de nuestras maneras de pensar. Ah, querida madre, no me canso. No, no estoy
cansada. Estar cansada son alas de palomas disecadas, de océanos donde las
ballenas no cantan. Escúchalas…escúchalas como rigor en su genuina balada impregnada de
constelaciones. Este viaje que hemos comenzados juntas tendrá algún día su
final. Tu y yo. Yo y tú. Te observo en ese vergel, con esa anciano de manos
arrugadas y venas marcadas con esa frente de palabras que solo entienden los
que buscan la paz. Sí, eres tu…eres tu la que ha apilado cada peldaño de mi
fortaleza, una bocanada de la vía láctea penetra en mis ojos. No logro
distinguir cada estrella, cada nebulosa, cada galaxia, cada planeta . Todo se
mezcla como hijos de este universo latiendo entre la materia oscura, invisible
y la materia observable que no más que es una minucia. Eres tu. Sí eres tú, la
que alza la voz de los desfavorecidos, de los indefensos. Me has inculcado a
ello. Ay madre, la isla ha cambiado tanto después de aquella peste, de aquella
enfermedad que irrefrenable nos encerró en la raíz del pozo de nuestras
entrañas. Cara a cara me cruzo con el despecho, con el odio, con la envidia y
el delirio y la mentira se cueza sobre nuestras espaldas. Sí eres tú, aquí
estoy en esta habitación cero. Habitación de paredes blancas y suelo gris.