La jornada, así, enraizada a lo plomizo
de nubes en un ensueño perturbador. Despertamos, un café es raíz de un árbol
donde los pájaros lucen sus tonadas como conversación con la madre tierra. Aquí
estamos, entregados al reverder de una paz que no llega, ansiados ,
desesperados en esas tumbas dispersadas bajo la luz de esta atmósfera llamada
tierra. Una tierra con condiciones idóneas a la existencia que se muestra
nómadas de otros mundos, otras tierras donde florecer nuestras manías de lo maligno.
La jornada, así, me deleita con la sutilidad de besos en la verticalidad de
nuestros vientres amargo, algo tiembla, algo danza con nuestra insonoridad en
un universo inhabitable, lejano, ausente de nuestras pisadas. La jornada, así,
estamos en un ahora gravitando en pensamientos donde el despecho arruina de
humano a humano cuando solo las guerras perdidas son sombra del nuevo amanecer.
La jornada, me falta el aire, me
balanceo con los ojos prietos en el océano como inmensidad de la calma, de una
tranquilidad que se estira y estira a medida que somos hijos de un sol exacto,
perfecto para la belleza del ser, del estar. Atravieso las mareas con el
equipaje de mi corazón y observo mi ausencia y observo sus ausencias. Y, sin embargo,
somos un espacio de luz azulada en medio de la nada. Levantamos nuestros ojos y
en la fijeza del ritmo de las calles , continuamos.