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Parece y no parece porque es
verdad, llega una tormenta veraniega. Yo desde mi ventana dejo que la radio
emita las noticias de la actualidad. Noticias que se desvían de lo real, de lo
verdadero. Según las ideas políticas, sociológicas y este yo nuestro, expresan
su punto de vista a veces cierto otras, falso, modificadas en el interés de una
región, de un país, de una ciudad, de sus propios políticos ejerciendo un mando
descalabrado. Las guerras no acaban, el genocidio en zonas de este mundo está
presente …cavando, cavando tumbas en el anonimato de nuestro conocimiento, de
nuestro saber. Y desde aquí, donde la tormenta de verano llega, lo insensato abusa
de las vidas que nacieron para la libertad, para expresar ese conocimiento en la
senda de sus crecimientos, de ese logro de ser adulto balanceados por la paz.
Las once…son las once de la mañana. Un racimo con el escandalo de este tiempo inestable
penetra en la isla. Llueve, no de forma calma, sino con la impaciencia de
clavar desequilibrio en la isla…en la isla. Esta isla en la que vivo, en la que
he nacido. Entretanto por estos momentos no escucho el aullido de la isla
vecina, soterrada en su dolor particular. Las noticias hacen pausa Edith Piaf con
su Non, je ne regrette rien suena en este estado mío, en esta presencia mía
donde mis sentidos toman el rumbo en muelles donde los barcos vienen y fan al
son de un faro que parece eterno. No, no me arrepiento de nada . El pasado es
cuna que clava cada sombra dejada en mi andar y yo digo “Non, je ne regrette
rien”. El agua discurre por toda esta urbe formando arroyuelos de barro que irán
a la mar. A la mar…a la mar. Rodeados de un océano bello, misterioso, desconocido
cantamos a cada día en que estamos aquí. Non, je ne regrette rien, sigue y me agazapo
en los brazos de mis emociones, latentes, caldeadas por la lucha por un adiós
inevitable. Y es que es inevitable. Siglo XXI, estamos en pañales con respecto
a ese cosmos que nos vigila, inquieto, temeroso ante los resultados de esta civilización.
Se forma en mi mente la imagen de una niña, de un niño con su cara sucia, con
la tristeza inacabable en sus ojos, desolados. El estruendo de una injusticia.
El estruendo de una mentira. El estruendo de lo malvado. El estruendo de la
perdida. Acaricia un perro, solo, sola en medio del caos aberrante del ser humano.
Y lloro. Y llora. Punzadas revientan mi estómago y por mi ombligo se desprende
un gas que enrarece mi entereza. Palpo el chubasco violentado. Siglo XXI. Analfabetos, incultos sobre la
historia de esta mota polvo que orbita en un universo callado. Yo “Non, je ne
regrette rien” y es tan real que me
condiciono a su aventura en mis sensaciones. La investigación de la forense tardará
su tiempo, esperaré solo, tomaré notas de lo que imagino que pudo pasar. A mi
entender una muerte violenta, provocada por la ira , esa ira que aún continua
en el avanzar de los siglos en este mundo. Non, je ne regrette rien, no se
porque repito esta canción tan famosa de esta cantante. Es como si me produjera
una purificación y desde aquí, desde mi ventana donde veo la tormenta de verano
tomara el poder de seguir, de continuar con cualquier inquietud que me seduzca.
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