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Los Faycanes se reúnen en una cueva
donde los astros son palabras a sus pensamientos, a sus decisiones. Preguntan
que hacer con estos muchachos huidos, de tribus distintas. El veredicto es apresarlos,
el veredicto es la muerte por incumplimiento de las leyes del universo que los
gobiernan. Un sacrificio para que los Dioses del cosmos no los castigan con el
hambre y las enfermedades, para que la cosecha no sea mala, para que infundan
el pánico entre cada estado de los aborígenes de la isla. Y de repente fueron
acorralados, fueron apresados entre el sollozar quieto de sus destinos. Así
murieron, les dieron la oportunidad de liberarse de todo mal, no quisieron.
Juntos en una cueva donde los restos de la siembra quedaron em la eternidad. Su
huida como fugitivos de la naturaleza, de sus leyes no sirvió de nada. Abrazados,
casi en posición fetal quedaron para ser descubiertos en el día de hoy. Temblor.
El Dios de la isla vecina, como le dicen, ruge sin descanso, sin esa tregua
necesaria que les haga pensar que hacer. Los ángeles y demonios hacen su mezcla en la tierra sin saber donde dispararán. Tomo
mi café. Sí, un café que sustenta esta soledad mía y arremeto desquiciada contra
la radio. Basta, me digo. Basta ya de tanta y tanta barbaría. Que si la guerra
de Gaza. Que si la guerra de Rusia y otras que no nombro. Y pienso…pienso, la salud,
de esas gentes involucradas siendo inocentes. No, no serán los mismos cuando
todo esto termina….si termina. En mí, una niña, sola, con el hambre carcomiendo
su entereza, su mente, su sentido. Y no hay más…no saben del mundo real, este
cual gozamos nosotros, donde dormir bajo un techo seguro despierta el
equilibrio en una proporción quieta. Abres los ojos , miras a tu derredor y
existe la clemencia de la tierra que habitas. Sí, la tierra que habitas. No es
igual según donde te marquen tu ánimo en lo cotidiano. No, no es igual. Sin embargo,
no lo captamos. Estamos retraídos en nuestro insulto , en nuestra queja que de jornada
en jornada absorbe nuestro mundo…nuestro propio mundo. Ahí van las Arimaguadas
bajando los barrancos con ramas y otras hierbas para purificar a cada uno de
los guanartemes de la isla de esta desobediencia de los jóvenes. Una imagen, el
mar, ellas danzando con sus ramos mientras las cabras vigilan desde los riscos.
Bailan y bailan atrayendo la buena lluvia, la buena vida, la buena cosecha y la
seguridad a sus gentes. Se unen todas como hijas pródigas de los Dioses que
pueblan el Universo. Se distingue una ramificación de la vía láctea y a ella
lanzan sus cantos, su rito de limpieza. Los jóvenes los dejarán ahí, en la cumbre,
morirán de despecho e inanición como castigo influenciado por la supremacía de
los astros. Un cigarro. Un café. Un café y un cigarro. El lamento del pasado,
de hace siglos de nuestra era. Bailan y bailan hasta que sol viene a buscarlas
para acurrucarse en sus respectivas cuevas. Esta historia es triste. Hago hincapié
que todo este proceso se repite en cualquier lugar de este extraño planeta en
medio de la oscuridad del fondo cósmico. Mientras tomo mi café. Mientras
enciendo un cigarro. Mientras mi mente en un hospital donde la respiración se pausa
para luego agitarse continuamente. Y continuamos con esta ruta donde el viento
apagado nos llamará para tomar destino al sobrevivir. Las calles de agosto se mueven
en la calla manera de sus gentes solo, el fallecimiento de mis ganas, de esas
fuerzas de hacer algo. De hacer por hacer. Dirijo la atención a mis palmas e
intento describir mi mañana, no percibo en lo que desencadena y me es
indiferente. El hoy, eso presta mi atención, lo que ocurrirá en las próximas horas,
minutos, segundos. Me alojo donde los pensamientos descansan, inerte vuelo de pájaros
callados al son de los viajes en torno a un duelo prolongado en el acuerdo de
estar cuerda en el proceso de la
despedida