viernes, enero 25, 2019

LA CARTA...


CARTA 1
Fogatas encendidas para contrastar el frío que se incrusta, que raja nuestros sentidos. Sí, fogatas al son de una canción que hablaba sobre un nuevo año. Todos tocaban palmas, panderetas y alguna que otro violín resquebrajado sonaba al son que la danza miraba los ojos cansados, los ojos decaídos, los ojos desfallecidos, los ojos lánguidos de unos niños y niñas que tal vez nunca sabrá la realidad de vida sino está realidad en un campo de miles y miles de refugiados en la inmensidad de una tierra donde habita la nada. No sé si esta carta madre te llegará, pero aquí estoy, asustada, con la helada carcomiendo mis manos, mis pies pesados, cansados. Y, sí, veo ese futuro aquí, a esos niños , a esas niñas que corretean de un lugar a otro con la alegría de una noche envejecida como máscara de lo que nos espera. A veces pienso, que hago aquí, por qué no me quedé madre. Hace tiempo que no avisto el arco iris, hace tiempo que ningún pajarillo trina a mí alrededor. Solo, el lento gemido de alguien que se va, de alguien anónimo en vacío de nuestros pasos. Aquí no llegan noticias de allá pero imagino que los campos de minas y la guerra no han acabado, que siguen en curco belicista de la humanidad.  Pero a veces sueño, sueño con mundo más bello en existencia, en seres que se abrazan tras una larga tempestad, de  flores arropándonos bajo algún techo sólido, de una oportunidad de ser y ser.  Ya te dejo de escribir, tal vez , más adelante cuando la pena, la añoranza, la desilusión, la desolación no me embargue te diré algo más. No te preocupes por mis palabras, solo, son palabras efímeras que tal mañana no existan…mañana…


CARTA 2

Año nuevo volcándose en alguna ilusión escondida en los estómagos hambrientos de libertad. Eso es lo que observo madre. No sé cómo terminará todo esto, imagino que esta gran masa humana tendrá que despertar la conciencia de algún gobierno, de algún dirigente, de algún estado a favor de nuestro camino. Sé que al final está la alambrada que con su mirada de navajas nos amenazará. Ahora, estamos en invierno, un invierno más frio de lo normal o eso sentimos. Aquí hay gente buena pero también existe el mal. Como toda existencia somos duales y más en los límites de la agonía, de la desesperación, de la impotencia, de la desgracia, de la herida. Pasaremos o no pasaremos, no lo sé madre. Todas las noches cuando me acuesto en estas miserables casetas o como quiera que se llame, hacinados, con el olor de los que duermen a tu lado, respiro hondamente…inspiro y espiro…espiro e inspiro hasta que el sueño cabalga en el futuro de nuestras vidas. Cierro los ojos y contemplo como corro abrazando la armonía, la felicidad. Pinto colores vivos en mi reconditez y me duermo. Eso me ayuda madre a despertar, a desear el nuevo día que viene y continúo. Pienso que este mundo ha de cambiar, somos todos humanos, da igual las creencias, las ideologías, las costumbres, la razón. Mientras exista respeto y equilibrio da igual donde nos inclinemos. Pero ahora, se que somos un problema madre por no decir un estorbo para muchos o para pocos. Sí, deseo que llegue la noche madre, quiero dormir y soñar y soñar imparablemente en que aun existe una oportunidad ¡Qué horrible son los días aquí¡ se me hacen infinitos ante tanta crueldad, ante tanta frialdad. A veces un cierto vértigo me azota, me castiga y siento la necesidad del descanso eterno. No, no te preocupes madre, seré fuerte, muy fuerte.


LA CARTA 3
Dicen que en esta vida todo cambia madre. Yo lo creo , me he ido de mi pueblo a un destino indescifrable , cuya mascará está atravesando mi corazón de manera punzante, de manera grave. Llevamos días sin agua potable, algunos caen madre. Sí, caen por la tierra ante la mirada inexacta, estática, cansada de nuestras espaldas. Los enterramos pero no lo velamos, dejamos que su cuerpo sea alimento de las entrañas de este lugar que piso ¿Cuál será ese otro mundo al que se va? No, no quiero pensarlo , aún no. Me estremezco, lloro con lágrimas tragadas por mi garganta desnuda ante el temblor infinito. Hay sed madre, mucha sed. Yo he bebido pero me encuentro bien, no sé, es como si algo me protegiera a mí y a otros. Aquí hay algunos médicos, pero no dan abasto. En este sitio remoto y aislado ¿qué hacer? Lo único que noto es la debilidad, lo frágil y potentes que somos algunas veces. Esto es una lucha continua madre. Una lucha por la supervivencia y los sueños. Soy real, soy vertical, soy un hilo que cualquier momento se puede partir.  Lo siento madre. Tal vez no tuve que irme pero te prometo que llegaré. Sí, llegaré al final de este camino oscuro y la claridad me acogerá. Muchos aquí no entienden lo que pasa, somos aves mansas en busca de nuestro propósito. Enero se va, un enero que nos dejará el más grotesco de los inviernos que he vivido. No sé lo que ocurrirá pero ya te diré más. Tenemos que solucionar del agua, los días pasan. Sí, una mano sobre otra, aunque no sepas nada, aunque los horrores cotidianos, rutinarios nos persigan incesante y severamente. Adiós madre. Bueno adiós no que suena amargo, hasta luego madre…


CARTA 4
Querida madre ¿Cuántos seremos? No lo sé. Está noche en la que te escribo es por qué no he dormido. Me he quedado mirando las estrellas infinitas que brillan ante tanta oscuridad. Camino y camino y esto parece no acabar. Cada día más y más. Existe un cierto silencio roto por alguien que en su agonía desprende desgarradores gritos ¿por qué madre? No, no quiero saber lo que le ocurre, la pena ya pesada hace de mí una frágil paloma de la nada, una pesada verticalidad que a veces se dobla pero vuelve a levantarse para continuar. Estoy aquí madre observando el universo y mi mente corre deprisa, muy deprisa. Pensamientos tranquilos de vez en cuando, pensamientos terribles es lo más.  Lo del agua ya se ha solucionado, ha llegado cierta ayuda de no sé dónde, no conozco este mundo. Pero de seguro que volverá a fallar y si no vendrán más desgracias por otras causas. Y me pregunto madre ¿más desgracias que la de estar en medio del desconcierto, del dolor, del sin saber hacia dónde vamos? Madre, no quiero caer, ya verás como llegaré, ya verás como pronto nos veremos. Hoy, en esta noche, no quiero dormir, no quiero soñar, no quiero respirar calmada.  Me agito sin más, pero cuando observo esas estrellas que a veces desaparecen fugaces me doy cuenta de lo pequeño somos. Alguien me ha dicho que son las almas de los muertos ya que ahora dan luz cuando la oscuridad nos abraza. Yo quiero creerlo así.  Hasta luego madre, ya sabrás más de mi, de todos. Yo sigo aquí, esperando el amanecer de este crudo invierno donde las estrellas parecen que me hablan.


CARTA 5
Todavía escucho el tronador silbido grotesco de los bombardeos. El grito agónico de niños, de niños, de madres, de padres ante la devastación. Y nosotras cogidas de la mano madre. Sí, de la mano ante una ciudad destruida, harapienta, vagabunda de la nada. Me dijiste márchate madre y te obedecí. Vete a un lugar mejor, donde la sangre y rostros grises no se agiten en horror de la muerte. Ahora estoy aquí, emigrando, en un campamento que llaman de refugiados donde el feroz con colmillos de agujas hace los días penosos. Un campamento donde la suciedad, los blancos techos de lona y la aglomeración insostenible de humanos nos da de la mano. Tus manos. Sí tus manos, tal vez, nunca debí de huir. Pero me obligaste madre. Y aquí estoy en medio de la oscuridad de este mundo. Una oscuridad que le apetece ser eterna, infinita colindando con las almas perdidas en su caminar cansado.  Pero te digo una cosa, llegaré. El tiempo es indeterminado, confuso pero llegaré. No sé cuándo. Nos volveremos a ver y tus manos giraran en torno a las mías y tus manos sabrán de la alegría del vivir y tus manos no limpiarán más cuerpos amputados, heridos, sangrados y tus manos no serán ojos de esta guerra inacabable. Ay, madre, ya nos veremos.


Carta 6
La alambrada madre, ya he llegado al límite donde el ser humano se hace corrosivo, nosotros. No entiendo este amasijo de murallas punzante y detrás metralletas esperándonos. Avanzamos con pañuelos blancos, avanzamos con las manos vacías, avanzamos con la mano de niños y niñas disimulando el por qué. Del por qué somos tan egoísta ¿Por qué nos temen? Qué miedo los acusa en sus ojos de balas, de navajas lanzados contra nosotros. Madre, cada día lo veo más claro. Quienes nos ayudan no dan explicaciones pero creo que esta huída, estos pasos que damos hacia una vida mejor es de retorno o muerte. Sí, la muerte madre de muchos angustiados en medio de la nada, en medio de  vallas imposibles de pasar. Madre que el frío se vaya, qué las armas que apuntan contra nosotros se retuerzan, que los negros precipicios que nos espera desaparezcan. Ese es mi deseo, madre. Tengo un niño que me da de la mano, me mira, observa los garabatos que hago en este papel difícil de hallar. Se ríe, mientras yo le narro un largo cuento, un cuento interminable. El me mira con su cara sucia y me dice sigue. Yo sigo mientras te escribo. Disimular, eso es. No soporto este dolor, esa carilla de ojos vivos que no deja de mirarme ¡La mentira¡ Ay que mentir ante tanta y tanta penuria aunque el sol salga y nos caliente con un poquito nuestras manos cansadas. Pero la alambrada está ahí madre, no nos dejan pasar al mundo llamado vida. Pregunto alguna  doctora de este campo y sus ojos bloqueados se cierran, respira hondo y me dice ten paciencia. Madre estamos en el final, ¿qué pasará? Lo ignoro, pero espero que nos dejen pasar aunque solo sea algunos. No, no a todos. No comprendo. No llego a entender como nuestro sufrimiento y calamidades no pueden doblar a un corazón. Supongo que será, aunque no me lo digan,  la fermentación del aborrecimiento hacia nosotros. Me da ganas de levantarme y tirarme a esa muralla de espinas y decir ¡Míranos¡ Pero no madre, sigo con este niño y el cuento, el cuento eviterno.


CARTA 7
No se madre en lo que terminará todo esto, te digo lo cierto. La alambrada, hombres y mujeres armados vigilantes de cada uno de nuestros movimientos. Los focos. Sí tienen luz algo de lo que carecemos nosotros. Yo los miro. Sí, los miro fijamente porfiando, preguntando ¿Qué pasa? Por qué no nos dejáis pasar. Ellos, ellas son inmutables, yerto en lo estático de sus expresiones, de sus ojos neutros. No sé madre cuantos meses llevamos aquí, el terrible invierno parece que se va, las heladas se desvanecen y en este desierto humano amanecen las flores de los prados. Ni ganas de mirarlas pero sabemos que el frío cortante se va. Aun así, seguimos igual, detrás de la alambrada a que nos den paso. A veces en este extenso campamento, caravana hay pesadas secuencias de rabia, de violencia. Eso lo veo normal, la desesperación se aprieta el pecho y estalla. Ya ni rezo, para qué…qué Dios permite estas escenas terroríficas, lamentables de la existencia. No madre, no estoy triste. Solo, un poco cansada. Me unido a los que nos ayudan para ser olvido en el trabajo que me mandan de todo esta condena. Ello a veces me hace dudar. Sí, dudo. Me entero de muchas cosas, de muchas cosas no gratas a mis sentidos. Ello me produce temblor. Y este niño que sigue a mi lado, que no me deja sigo con el cuento. No sé qué años tendrá pero se ha encariñado conmigo yo también con él ¿Qué será de su familia? Si la tiene. Lo protesto en mis entrañas, huérfanos en el infierno. El me sonríe, pero avisto cierta tristeza. Es como si yo fuera su protectora. Si paso alambrada diré que es mi hijo, mi hijo pequeño. Verdad que no te importa madre. Qué más da. Te dejo, la noche se aproxima y con ella las luces detrás de la alambrada.


CARTA 8
Hola madre. Sí, querida madre. Madre que engendra hijos por unas tierras que no son de nadie y son de todos. Esto no lo comprendo, no llega a mi razón. He tocado la alambrada con mis dedos. Suavemente cuando el auge del sol guiñaba mis ojos me ido hasta ella y la he acariciado. Detrás, los hombres, las mujeres de las armas. Me han visto en mi acto y no se han movido. He observado que alguno que otro, que alguna que otra agachaba la cabeza y me daba la espaldas. Culpables o no, solo son mandados, obedecen órdenes de sus superiores. El niño ha sonreído y le he tenido que contar alguna historia sobre esos militares madre. Una historia  feliz, amena. Me ha dicho que le gustaría vestirse como ellos que a veces siente ganas de trepar la alambrada para hablar. Yo he respondido que no, que por ahora no, que todo llegará a su medido tiempo. La alambrada es áspera, rugosa, oxidada, fea. Y saber que a unas pisadas todo es distinto madre.  En esta planicie de dimensiones descomunales cuantos han intentado cruzarla. Restos de sangre también hay. Pero no la temo madre. He atado un pañuelo blanco en ella como sinónimo de paz. Sí, por qué venimos con la paz en esta hilera de la desolación humana. Todavía nos queda el perdón. La venganza araña los vientres, las sienes y sería un daño irreversible hacia nosotros mismos. Ay, madre ahora recuerdo las flores primaverales con que me despertabas ¿Estamos en primavera? Supongo que sí. Solo el movimiento del sol indica nuestras vidas, solo el movimiento de las noches anuncia nuestro descanso pasajero o eterno. Intento, madre, que el niño no se contagie de las muertes, de los rostros demacrados de alguna mujer violada en la oscuridad. Todos callan. Todos saben.  Mientras sigo en mi trabajo con mis manos abiertas a estas organizaciones-como se hace llamar- que nos ayudan. Sí, querida madre, he visto muchas cosas. Más de la cuenta, más de lo que se puede soportar pero continuamos. Yo de la mano de este niño acariciando la alambrada.  Quizás desaparezca en el transcurso de los días, de las estaciones, de los años. Lo vital es mantenerse constante madre aunque nos derrumbemos al término de cada jornada.  Pero te digo madre, he tocado la alambrada. Una alambrada ruin, grosera, inmune al quejido de la muerte.


CARTA 9
Me gustaría saber de ti. No sé si hice bien en marcharme y dejarte ahí, en la penumbra de la respiración, en los tiroteos y bombardeos cuando la sombra de la luna se esconde a cambio de la muerte, de la sangre incesante derramada. Me llegan noticias confusas, con motas de una esperanza que se pierde, eclipsada por la tontería humana.  Yo aquí detrás de la alambrada. Tu protegiéndote de esa batalla que no termina. Me da pena, ya eres muy mayor, que no sientas la luz de la felicidad en tus ojos. Sé que aun vives, es un presentimiento que tengo madre. Por ello, te escribo y escribo, no me canso. Algún tendrán que abrir estas puertas del miedo y caminaremos sobre calles silenciosas, sobre calles bulliciosas de viveza, sobre calles donde niños juegan con normalidad sin el temor a ser asesinados. Aquí al menos no tememos eso. Solo , pequeños altercados ante el infortunio, ante las rotas ilusiones. Estamos solos, muy solos. Eso me produce cierto amargor, cierto dolor incesante que atraviesa mi estómago, mi corazón ¿Dónde estará el corazón de los que nos rechazan? Sí, marginados en las esferas de la frialdad. Te dejo madre, voy a dormir con mi pequeño. Sí, ya lo llamo mí pequeño. Ay, qué injusta es la vida. No comprendo, no cruza mi entendimiento esto que está sucediendo ¡Por qué¡, me pregunto y no llego …no llego madre.  Mañana intentaremos formar una escuela en alguna zona de este refugio penoso, doloroso. Entretener a los niños , a las niñas es nuestra función, con cualquier enseñanza. Una enseñanza libre para que aprendan, para que sean valientes, para que sepan luchar ante las inclemencias de esta vida. Hasta luego madre, no sé qué destino tendrán estas palabras que escribo pero de seguro y te repito que te llegarán cuando la calma sea claridad en las entrañas de los demoniacos guerreros del mal. Llegará la paz, no hay otro camino. Se darán cuenta de la estupidez humana en ser hijos de la matanza, de la autodestrucción ya sea por el motivo que sea.


CARTA 10
Querida madre, dentro del cosmos que nos rodea la luna aparece en toda su plenitud, redonda, con deje gris que me deja embelesada. Esas noches no duermo, solo siento el latir corrosivo de gemidos ¿Qué habrá pasado? Me pregunto en este refugio donde todo es desorientación, donde todo es desorden, donde todo es casos. Le doy un beso en la frente a este pequeño que duerme junto a mí, tranquilo, aislado de las corrientes malvadas del día a día. Soy su protectora y me gusta madre. Sí, ser escudo de alguna venida del mal. Solo el tiempo dirá nuestro destino. Quizás estemos toda nuestra vida aquí madre, un poblado de gente huída que se estanca en lo más extenuante, en lo más severo de la tierra. Me armo de coraje y continúo. Sí, miro esa luna bella que nos mira.  A veces siento la necesidad del desobedecer, del coger e irme de aquí, saltar la alambrada, destrozar ese muro que se yerta ante nuestros ojos agotados. Miro la luna ¿qué misterios guardará? Y le pregunto qué será de nosotros. No me rindo madre, aquí sigo esperando…esperando la abertura de esa alambrada. Aunque el invierno se ha ido el frío es repelente, asqueroso. Y miro la luna madre, ejerce cierta atracción que me lleva lejos, muy lejos. Ideo un mundo ideal, un mundo movido por la fuerza de la paz e igualdad. Que yo sé madre que nos rechazan por no ser de cómo la sangre que corren por sus venas. Somos extraños para ellos. Pero déjeme que no te cuente penas. Hoy escribo bajo la luna, una luna que no nos abandona, que sigue nuestros pasos. Yo soy fuerte, no estoy enferma madre pero los lisiados, los ancianos ¿llegarán? Y le suplico a esta luna con toda su grandeza y pura que nos ayude a nuestro final del camino…tan largo, tan duro, tan violento, tan cruel, tan oscuro. Me despido madre, cuando volvamos a vernos nos abrazaremos y cantaremos aquella canción que tanto te gusta.


CARTA 11
Oh madre. Te escribo desde aquí, desde un camión donde nos han subido. Yo bien agarrada de la mano de este niño que protejo. Sí, madre, la alambrada se ha abierto. No sé por qué dictamen, porqué señal nos han dejado pasar. Militares y un extenso panorama de voluntarios venidos de no sé donde, de muchos lugares que no conozco nos acompañan. Aquí, apretujados con el viento del noroeste vienen.  Nos llevan bajo un techo seguro, sólido…eso dicen. Aquí madre en el camión con los sueños, con los deseos, con las ilusiones pellizcando mis mejillas he sonreído de verdad por primera vez. No sé lo que me espera, no sé cómo estás. Seguro que bien, mortificada, con la consternación dando vueltas y vueltas en torno a tu mente y a tus fuerzas. Oh madre, me siento descansar en estos momentos aunque no sé lo que será de nosotros. No te separes de mi le digo al niño en este barullo de gente, aprieta bien fuerte que pronto llegaremos. Sí, madre, se ha abierto la frontera. Esa frontera a la vez inexistente  para nosotros y real para ellos. Ahora te dejo, ya volveré con mis letras. Estas letras volando a no sé dónde. Todo es confuso y a la vez esperanzador. Oh madre si vieras como muchos han decidido a seguir con sus propias piernas corriendo a la par de estos camiones. Es la alegría de este instante, la alegría de tanto y tanto sufrimiento. Te abrazo…sí un abrazo gigantesco donde el amor y la ternura te acogen en mis pensamientos.



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