martes, enero 29, 2019

La miraba...


La Miraba y la miraba. Y , la verdad, no dejaba de mirarla. Una estatua blanca, con los restos de la polución sobre donde su volumen daba la sombra en medio de un parque. La lluvia potente también la miraba, la mojaba, la bañaba en el sudor de la noche de la noche que venía. La miraba y la miraba. Y , la verdad, no dejaba de mirarla. Me traía algún recuerdo mientras mi ropa empapada me hacía tiritar en medio de las farolas. Parecía que tuviera vida, algún movimiento invisible a los ojos de todos. Pero, la verdad, no dejaba de mirarla. Intentaba buscar en mí en lo hondo de mi reconditez de quien se trataba pero la memoria fallaba, no alcanzaba a ver que escondía bajo su rostro intacto, bello.  Y, la verdad, no dejaba de mirarla. Me sostenía sobre una cuerda de altura infinita asaltándome el vértigo cuando mi mano se poso sobre su hombro frío…muy frío. Me transmitía aquella estatua un cierto temblor de algún amor pasajero. De un amor que tal vez inexistente en el ritual de la vida. La miraba y la miraba. Y ella me miró. Sí, me miro en medio de aquel chubasco embrutecido, en medio de una noche solitaria.  Y un poema me vino a luz, un poema que en la oscuridad e intensa lluvia me hizo retorcerme en mis entrañas
Te miro
Ausencia precipitada en el brío del silencio.
Me silencias.
Remotos astros que vagan en soledad.
Tu soledad.
Mi soledad.
Almas ancladas bajo cipreses.
Tu muerte.
Mi muerte.
Y, la verdad, no dejaba de mirarla. Me miraba.

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