miércoles, enero 17, 2024

NUBES DE HOSPITAL (7)

 

7

La experiencia te hace vertical. Sean buenas, sean malas. El orden de la prioridad se establece en un puente que hemos de pasar y pasamos, sin mirar abajo. Ahora , sin descanso, meticulosa reviso cada instante de mi trabajo. Ser calador no más que es peón básico en las piezas de un hospital. Que si llevar un paciente. Que si llevar una bala. Que si hay que introducirlo en un quirófano. Que si hay que ser un raquis. Que si hay que ayudar a colocarlo. Que si hay que sacarlo y llevarlo a URPA o Rea. En un trabajo tan básico, se requiere varios conocimientos. Cada servicio es distinto. Nada es igual. Nos movemos en el silencio, en las ordenes y a veces te quedas sin aliento ante la presura de los acontecimientos. Llego al instante que me pregunto que hago aquí. Nos miran como la nada, no somos sanitarios pero realizamos labores de sanitarios. Celar palabra que significa vigilar. Eso es lo menos que hacemos. Voy por un pasillo , me encuentro a compañeros y nos saludamos y conmigo una cama de un enfermo. Lleva oxígeno a dos, lleva drenajes, lleva sonda. Lo único que me viene a la cabeza es que no se pare. En el sudor toco el botón del ascensor, lo llevo a planta. Las ruedas de la cama cuando entra en el ascensor se quedan atascada en la ranuras del piso. No sé como demonios levanto todo ese peso y entro. El ascensor. Yo. El enfermo. Vamos a planta. Que no se pare, es mi única súplica. Aquí. Dentro. En este rectángulo estrecho y sola. Está muy frágil. Y en esa fragilidad no me dejo caer. Kena me ladra. El amanecer. Son las seis y el día toma una tonalidad broncínea en este archipiélago. Dicen que se debe a que vienen lluvias o tal vez alguna tormenta. Es precioso. Mis ojos se instalan en este crepúsculo con su color, fuerte, puro, exacto. Dejo la cama, conecto el oxigeno y llevo la historia a la enfermera. Tengo por costumbre de apurarle, que vaya hacer un examen de la persona. Cojo mi bala de oxigeno y me voy. Que grato son estos amaneceres. Se respira un cierto equilibrio entre la madre tierra y el universo. La danza de los despertares de la ciudad. Y despierta. Se ve más tráfico cuando antes era nulo. El móvil suena y no lo cojo, no tengo ganas aun de cogerlo. Me inspiro y en mi cabeza se dibuja mi mañana. Así, con los pájaros cantando, pájaros con alas de libertad, pájaros picoteando cada deseo, cada sueño. Tal vez me enamore. Tal vez renuncie a lo yermo que me admire y comience un largo viaje donde el horizonte sea ese beso prohibido. El sol no se distingue y un poema danza en mi razón.

Es invierno

Todo cambia.

Los grises vientos

Se abren al universo.

Es invierno

Converso con los sueños

Aquí, donde los arroyuelos

Danzan tatuados en esta bruma

Sostenida en mis manos.

Es invierno

Te llamo

Erupcionan las flores

Caricias sin alas

Buscándote

Es invierno

Aquí

    Ahora

 

Kena me interrumpe. La miro. Miro esos ojos de azabache, dulzura y cariño. Despierto, estoy aquí. Estoy ahora. En mi casa y es invierno.

domingo, enero 14, 2024

NUBES DE HOSPITAL (6)

 

6

Kena ladra a este resto de luna. Parece perdida a igual que yo cuando en la madrugada antes del crepúsculo damos un paseo. Y me gusta esas horas, el desierto de la urbe ronda por mí. De los jardines los pájaros trinan, a estas horas de la madrugada. Son las cinco y el fragor de esta masa de floresta invade todas mis entrañas. Caigo en la levedad, soy leve como el vuelo de algún mirlo que se cruza en mis pisadas. La brisa ha dejado de respirar y siento calor, el invierno se vuelve invertido, lejano, es como si estuviéramos en pleno recital de una primavera. No para muchos. Un taxi pasa, deja a una muchacha, joven, se va. Mi cerebro se revuelca en esas niñas que son casadas desde la infancia en este mundo. Si este mundo deteriorado, anclado en costumbres pasadas que remueve los sentidos. Me abato y a ras de un acuario las veo partir al sufrimiento, al lamento, al dolor, a la tragedia. Son no más que niñas cuyas raíces son enjambre de una sociedad patriarcal e injusta. Las siento, escucho el sollozo de unos jazmines con su olor empalagoso atravesando mi pecho. Y hay que estar en la situación. Una situación incómoda, anómala, mortífera para quien la parece. Desgarrada de sus orígenes. Desgarradas de su inocencia. Desgarradas de su verticalidad en estaciones venideras. Kena ladra a este resto de luna. Y la miro. Y la absorbo. Y la lamo como si ella me pudiera salvar de estos pensamientos. Y caigo y me enraíce que la queja mía no vale, no vale la pena. Vivimos en una sociedad en la borramos, en la que censuramos todo mal fuera de nuestras fronteras. Y que son las fronteras, una línea continuar e imaginaria de nuestra forma de hacer. Una navajilla, una obsesión de que no sientan y la sangre y la enfermedad y la muerte, para algunas. Me nublo en esa entrega donde los ojos de ellas miran el suelo, miran el miedo. Me nublo la mirada de la viciosa, deseosa de poseer la ternura de la niñez. Esto es una violación, una menor. Ella no sabe. Ella ignora. El sabe. El entiende. Se la lleva y después la destrucción de su sentidos, de su existencia. Intento quitar estas imágenes de mi mente como tantas otras de este desgraciado mundo. Miro a kena . Miro a la luna difusa. Miro los jardines esbozando el ajetreo de los pájaros de la madrugada. Y me despisto, kena ladra a la luna. Gracias le digo, me observa con su flamante rabo meneándose, continuamos por las aceras deshabitadas. Solo los jardines, coches callados , farolas haciendo de mi sombra un puente al abismo. Quiero distraerme. Me gustaría ser indiferente, no puedo. Y no es feminismo, pero, el hombre es una masa dañina en muchos frentes de culturas convencidos de su poder, de una verdad de conveniencia empecinada en ultrajar a la mujer, a la niña. Velos sonoros abogando por este planeta. Sí, este punto en el cosmos. No somos nada y a l vez grandes. Un vértigo me produce nauseas, escupo. La niña vuelve a mi, kena tira. La niña vuelve a mí. Amenazada, asesinada con ojos blancos buscando la tumba de sus difuntas, de otras. Kena la luna ya no está, le digo. Volvamos al piso. El móvil suena , son las cinco de la mañana de un mes de noviembre y el frío no acecha. Una masa de polvo impacta en mis bronquios. Respiro, cierro la puerta y voy a la ducha, Velos apaleando la sensatez, la verdad. El callar es la salvación. La resignación es la salvación. La impotencia es la salvación. Una esquina. Una casa destartalada y el llanto. Ella llora.

sábado, enero 13, 2024

NUBES DE HOSPITAL (5)


 

5

Mi casa. Todavía la noche. Todavía la soledad. Todavía el regresivo encuentro con mis ojos, frente al espejo. Mis canas. Mis pechos caídos. El agotamiento del trabajo. Mi piano. Me siento, aunque los músculos me dictan has de reposar. Mis manos deslizándose lento y monótono sobre las teclas. Una melodía, un poema y la dejadez de la conciencia. Mis parpados se condenan a un eclipsar tatuado de serenidad y me dejo ir en mis pensamientos. Regreso con este cavilar al hospital, mido tramo a tramo todo lo que hoy he realizado, tanto lo que esta bien como lo que he errado. Me supero y me entrego donde los sonidos del silencio se agolpan en una pequeña pieza. Así compongo, mis deseos se tañen en un álbum donde mi música se sienta tranquila, cómplice de mis horas en esta habitación donde habitan instrumentos. La casa es grande, cada cuarto guarda un secreto que solo dan lumbre cuando mis piernas cansadas entran y se entregan. Todavía la noche. Una noche de invierno donde las olas callan solo, el murmurar de la mar. La mar, un mar con nombre de mujer. Me levanto y me desvisto, estoy en la ducha y dejo el agua correr, un agua tibia, un agua que me da todo lo que necesito acariciando cada poro de mi entereza. El móvil suena y no lo cojo, dejo que el agua correr. Correr donde los sentidos despiertan de igual manera que los recuerdos. Y ahora recuerdo, sí, ese amor. El único amor esparcido entre mis desastres. Ya hace muchos años ¡Los años¡me han derivado en la desgana, porque soy yo. Yo, yo misma inquiriendo este aislamiento. Vallas de aceros de desperdigan en mi derredor y me niego que bajo este techo surque otro aliento, otras manos que no sean las mías. Hace tiempo que hice la maleta, hace tiempo que dije adiós, hace tiempo que me he acostumbrado a esta cultura del silencio de mis labios, de mis sentidos. Mi casa. Mi piano y el acompañamiento de notas que brotan de la insonoridad de los días, de las semanas, de los meses.  No tengo prisa, la celeridad de cada movimiento se evaporó cuando mi mirada se pierde en el vacío. Y puede ser que algún día vuelva amar. Y puede ser….. Y puede ser que mis alas de mariposa levanten cabeza y sienta algo extraño en su vientre, esa extrañeza que llamamos amor. Mi piano. Mi yo. La noche. El susurro de un frío que se avecina. Siento frío. Me levanto y el espejo. El móvil suena de nuevo. Me pongo ante la ventana, un cierto olor a rosas penetra desde el jardín y la ciudad somnolienta asume su desánimo de continuar. Las estrellas colonizan el firmamento, medito. Son brío espectacular con esa belleza perfecta de las noches de invierno. Pido un deseo. Sí, un deseo. Deseo que paz restaure todo este mundo llamado tierra. Muchas guerras eternas y el invierno aprieta. Muchas guerras en que los inocentes adolecen a cada golpe de un bombardeo, de ese avance áspero, dañino, insensible de los armentos. Guerras estúpidas creadas por estúpidos, por febriles mentes aferradas a su ego. Enciendo la tele, paraíso que enjaula cada imagen sangrienta, ahora, en directo, vemos lo destructivos que somos. El hombre no cambia por mucho que pasen los siglos, seguimos estando estancados en un retroceso de la mentalidad, de la manera de hacer el mal.  Imagino alguien débil, caminando entre escombros , gritos y dolor. Y ese alguien no comprende, no quiere comprender el porqué de tanto y tanto desastre. Camina solo, herido, con la tez polvorientas donde sus lágrimas se han secada dejando en su rostro un dibujo del horror entre sangre y polvo. Temblor y el adiós. Las raíces de la tierra emanan un manifiesto ante los necios de esta esfera. Un manifiesto donde se desata el anhelo, la esperanza ¡Ay la esperanza¡Que venga con amor. Que venga con olvido. Que venga con propósitos de un mundo mejor. Aquí cabemos todos y tenemos los mismos derechos, la dignidad humana. Sea cual sea tu punto de origen, tu punto de ideales. Temblor. Respeto. Mi piano y la dejadez de mis pensamientos, de esta memoria mía que estas horas me atraganta, me corta la respiración y aspira de mi en una larga y contenida pena. Mi piano. La noche. El cansancio.

miércoles, enero 10, 2024

NUBES DE HOSPITAL (4)

 

4

Llego. Todavía todo está oscuro. Una luna menguante se divisa en el silencio de las horas, en este hospital que parece que aun no ha despertado. UMI , todas las luces parecen apagadas, el personal latente , atento sentado con sábanas del agotamiento. Los monitores vigorosos anuncian alguna caída de cada uno los que componen los boxes. Están todos llenos, tanto en neurotrauma, en respi, en cardio e intermedia. Voy de módulo a módulo, voy de box a box. Cuerpos hinchados donde la respiración asistida desembocará a la recuperación o a la desgana por la vida. Cuerpos obsoletos donde el sentido de la hegemonía de la existencia se ha vuelto avara. Una guadaña quiere llevárselos mientras el personal y el subconsciente son eternos luchadores. Pero no todos, hay quien impera en el desanimo de seguir resistiendo a la muerte. No me he presentado, soy celadora de un hospital con proyección directa en atender enfermos. Sí, tan simple, somos simples. Solo, apoyo en la necesidad de movilizarlos, de cubrir aquellos aspectos en el auxilio de las enfermeras. Me pongo el EPI y entramos en un box por aislamiento aéreo. Un cuerpo inflado requiere cambio de postura, asentarlo en la mejoría de su resurgir entre las brumas plomizas. Un cuerpo que no ayuda, acordonado a la vida con tubos y sensores que nos dicen de su evolución. Termino, en el sudor del esfuerzo y el EPI, salgo. Mis pensamientos me erigen en círculos de si vale la pena. En este módulo, hay un trasplantado de pulmón. Lo continuo con los ojos y me asiento en su restaurar. Su mirada se ve esperanzadora y a la vez temerosa de que tal vez no. Ponemos un halito de fe y el cavilar se vuelve para que salga y saldrá. Las horas no cuentan, las horas arrastran los malos ratos del ayer, de ese pasado que puede ser ahora. Me siento, en alerta, con los sentidos en la verticalidad de cada llamada, de cada ayuda que pueda ofrecer. El minutero pasa, son doce horas en las que puede pasar cualquier cosa. La muerte y la vida se aúnan, se tiran una a otra. Se pelean sin mediar palabra solo el pitido de esas pantallas. Voy a farmacia, entro, me encuentro con otros compañeros y nos saludamos. Recojo la medicación y la subo con la rapidez de un estado crítico. Llego, una señora lamenta a gritos el adiós, una señora rota por los delitos de la vida y no aceptar la muerte. Su hijo va a ser desconectado, no hay vuelta atrás, no hay remedio. Temblor. Pánico. Gritos. La UMI se vuelve tinieblas ante tanto silencio, ante tanto llanto y dolor. El tiempo pasa, son las seis de la tarde, de una tarde nefasta para unos, de una tarde neutra para otros. El tiempo pasa, son las seis de la tarde, un halo de mortandad y sudario se revuelca en el módulo, pero a la vez un resonar de supervivencia, de una expectativa cargada de energía positiva para restos de cuerpos inflados que flotan en cada box, en cada cama. Miro el reloj, la señora ya se ha ido ahora solo espera la tumba de ese individuo que no pudo más. Lo aceptamos, meditamos cada uno en sus adentros, en esa reconditez sonora para los demás. Nos despedimos y los minutos, los segundos, las horas cumple las ocho, las ocho de la tarde noche. Me voy, regreso a mi casa, me ducho. El sabor descaradamente acre de la jornada me encierra en cuestiones, la vida. Aprovechar el momento, ese instante eterno que puede ser pisoteado en menos de que te los esperas. Peleamos por el todo y el todo es la nada. La nada cuando cuerpo no responde, cuando nuestros sentidos son latidos de féretros aterrizando bajo tierra. Y digo no vale la pena. Sí, no vale la pena ser engullidos por los desgarrar los senderos de los demás. Ya la vida nos dará esa cuna donde se mece la muerte sin importar de quien eres. Somos polvos de estrellas y a ello nos convertiremos. No más. Cada civilización, cada imperio mira la muerte de manera distinta y es algo natural, está integrado a nosotros. No más. Sí, no vale la pena. Para que discutir, es mejor callar todos pertenecemos al mismo agujero, a mismo nicho sea anónimo o no. Para que esas rencillas del ayer. Seamos viento de nuestro ascenso en las vías de la paz, de la fraternidad. No de murallones de espinas donde el eco del quejido se hace perpetuo. No, no vale la pena.

domingo, enero 07, 2024

NUBES DE HOSPITAL (3)

 

3

Porque tengo ganas. Porque lo necesito. Me acuesto en esa cama donde los sueños barruntan mi mañana, mi ayer. Leo una pieza de Virginia Wolf y en su homogéneo relato me hundo en las profundidades de la nada. Son las once de la mañana y me acecha un levitar por los caminos de las ilusiones desvanecidas o no. Mi subconsciente se limita al infinito de una percepción donde la mente elabora los deseos prohibidos. Ahí está, en mis sueños, con sus inhospitables labios surcando mi cuello, frágil. Y no conozco este amor que atraviesa mis ojos con ojos de gaviotas arrimadas al amanecer. Sin embargo, suave, sutil, me estremezco y despierto. Mi mirada fija en el techo, un techo blanco, como el del hospital. Busco en mi memoria ese sueño y lo encuentro, se hace patente en escenas coherentes en mi razón y un presentimiento me dice que he de esperar. Una espera prolongada de estación en estación hasta que la musicalidad de sus sentidos resuene en mis venas, en mis arterias, en mi corazón de manera real. Y me conformo, cierro los ojos y deseo entregarme un poquito más a este sueño, a este deliberado acto de soñar y sueño. Sueño una playa, una playa vacía con mis alas cansadas, con mis hombros mirando al horizonte, con mi espalda mojada como rompen las olas cuando llegan a la orilla, suaves, calmas. Yo sentada en la orilla dejando que juegue la espuma de su acto final con mis piel, con mis glúteos.  Sueño una playa, una playa de esta isla que me acordona, que me ata, que me exige ser corriente de su sonoro canto acorde a las jornadas. Cetáceos bailan frente mi, unísonos en sus saltos hasta perderse en el horizonte, tras la barra. La marea esta baja y me levanto, y me entrego a este mar de alga y caracolas con el ronroneo de las olillas, con el rumor de las gaviotas. Nado, hasta la barra y ahí, me siento otra vez, un descanso, un deseo y de nuevo las ballenas brincan en su danza equilibrada, ahora más cerca. Para mi es grato, una satisfacción que a muchos le gustaría atrapar en esos instantes. Regreso a la orilla. Camino por ella, el temblor del invierno cala mis carnes, me seco, me visto. De un momento a otro instante alguien camina hacia mí. Es una figura conocida, busco y busco en mi cerebro, pero no hallo quien es, es como si el olvido escociera mi razón y un miedo, un temor me acribilla, me bombardea en ese futuro que vendrá. No , no quiero ser olvido, quiero la seguridad de mis pasos en cada invierno venidero, en cada mano  que acoge mi mano, en cada aliento que evoca la existencia. Despierto, ahora sudorosa, de malhumor y me recreo en la delicia del sueño anterior, ahí está. Mi mirada fija en techo blanco, como el del hospital. Me relajo y con la vertical de las luces de la mañana me incorporo, voy al baño. Abro el grifo y dejo el agua correr mientras mis ojeras se asoman en el espejo, frente a mí. Corre el agua, la malgasto de forma provocada. Y que será de aquellos que no la poseen. Y que serán de las guerras por este humilde líquido, cristalino, simple pero benefactor de muchas vidas, de muchas batallas inconclusas. Qué será de esas poblaciones donde su escasez, donde su precariedad, donde la miseria los aboga a la muerte, a una lucha infinita por la sequedad, por la sed, por el hambre de sus vientres, de sus ideas. Me parece algo impensable y es tan verdadero, que haríamos sin ella, sin el agua. Corre el agua, el agua de la vida. Despierto, cierro el grifo y me quedo con ese sueño donde sus frágiles labios rozan mi cuello, una súbita emoción simpatiza conmigo y con ojos alegres hago de mi rutina una danza de siemprevivas.

 

jueves, enero 04, 2024

2 NUBES DE HOSPITAL (2)

 

2

Recorro pasillos. Ahora es tiempo de despedirse del trabajo, de la labor donde las manos mecen las vidas. Entro en el vestuario, no hay nadie. Me ducho con la rapidez del agotamiento y me marcho. De pie, con mis espaldas cansadas, retorno a casa. Paso primero por una churrería y dejo que la brisa fresca recoja mi rostro, mi cabello, se incruste en mis ojos rayados por el sueño hasta abrir la puerta. Allí me recibe kena, mi perrita, la única. Todo lo demás son conversaciones vacías con las paredes de esta casa. Bajo mi techo enciendo la tele, para sentir algo, para que me transmita algo de calor. Mi mente, transita en la noche, transita en la madrugada, transita hasta que los primeros rayos solares dan lumbre para acabar con mi labor en el hospital. Mis errores, mis aciertos y toda esa esfera donde la enfermedad se balancea hasta caer en la supervivencia o no. Todo es relativo, todo trae consigo un mapa de secuelas que las sufre quien adolece. Me asomo al balcón, bajo el un jardín, un jardín que da a un horizonte donde el océano es infinito, es como una eternidad. Sí, esa eternidad que deseamos y que aun no es posible. Y para qué la eternidad, me pregunto, llegar con la entereza de nuestros huesos, llegar con la memoria intacta, llegar con la verticalidad de nuestro ánimo. Sí, así vale la pena. Y pienso asomada en el balcón viendo el despertar de la ciudad, que de otra manera no vale la pena. El sufrimiento, la ansiedad, el desafía de que, si seré autosuficiente o solo un ser con alas de mariposas, frágil…frágil, agonizando. Respiro este crepúsculo y mis ojos se eclipsa por un instante, un instante donde por mi mente pasa toda la noche anterior. Y me quedo así, pensativa, rebuscando los fallos y los aciertos. Aquí, en esta casa con mi soledad y Kena. Pero ahora basta, si basta, me concentro en este océano que rodea la isla. Se ven otras y dicen que cuando se divisan otras es síntoma de lluvia. Una lluvia que vendrá y empara cada acera, cada esencia que se precipite a la calle. Estamos en invierno, el invierno de la isla sobrevuela cuando enero se aferra a febrero, asomándose una brizna de gelidez que evoca esta estación. Doy marcha atrás y entro en la cocina, los churros, un café, un cigarro y el propósito de mi soledad. Una soledad solo rota por Kena. Ella me mira con sus ojos de negros tiernos, meneando su rabo, como diciendo donde has estados. La acaricio y ella como cómplice de mis sensaciones se acuesta en el suelo. Me persigue a todos los encuentros con cada una de las habitaciones que conforman este piso. Tendría que acostarme, descansar pero, no puedo. Quiero saborear de este día como si fuera el último, como si fuera el primero. Me calzó las playeras para correr, me estiro, me desvisto y visto con mi ropa de footing y allí voy. Salgo, aun las calles calladas y aprovecho para ser asfalto de mis piernas. Siento . Sí, siento el despertar de mi emociones, de mi ánimo y avanzo. Una ligera lluvia empieza a caer y mi cuerpo se vuelve húmedo con mis pies mojados. Continuo, el vibrar de los desiertos cubren mis hombros y sigo…sigo hasta encontrarme de nuevo con la puerta de mi casa. Me descalzo, entro, me ducho , me tomo otro café y continuo en las espirales de la existencia. Sentada, frente a un ordenador cruzo el charco de las noticias, nada me sorprende. Se puede distinguir en un solo ser humano todo el mal, todo el planeta de este mundo…de este diminuto Mundo amparado por los barrotes de persistir  y continuará aunque lo vayamos despedazando a cachitos en cada acto ignorante o no de su dolor.

 

lunes, enero 01, 2024

NUBES DE UN HOSPITAL (1)

 

Despacio. Los pasillos se enraízan en la noche y a media luz los pasos se vuelven eco del silencio, de las paredes a lo largo de su longitud. Sola. En medio de las sombras de los enfermos. Sola en medio en las sombras de la muerte. Llevo su cuerpo envuelto en sudario, envuelto en una sábana, en una camilla destartalada que chirria en el temblor de su movimiento. Aprieto el botón del ascensor. Mi vida, intacta, despierta, acongojada ante una masa corpórea inmóvil, fría, con su nombre pegado en su pecho. No sabemos de donde vino. No sabemos quien es. Solo un trágico registro de las mareas que lo encerraron en la UMI y allí vino después de un esfuerzo vital la nada. La nada de su cuerpo, el desprendimiento de su alma que ahora siento excavar mi frente, sudorosa. Salgo del ascensor, me aproximo al tanatorio en la primera planta y allí un compañero me espera. Abre la puerta. Entramos con el cadáver en esa mesa que chirria , que tiembla a cada avance. Ser anónimo del oleaje. De la huida al encuentro del paraíso, la muerte. No pudo ser querido desconocido. Aquí estamos ahora, frente a una cámara, una nevera que velará tus ojos rotos, tus piernas destrozadas, tus manos cruzadas a la espera de llamarte de alguna manera, de adivinar de donde vienes, quien eres. Dejamos el cuerpo en el frío de la noche, de una nevera. Se cierra la puerta, un gélido aire recorre mi cuello y siento sed. Retorno con el mismo recorrido hasta mi puesta, una planta cualquiera de este hospital donde la isla suspira, donde el aliento se adentra pálido. Ya estoy en la UMI y un haz de gentes desconocidas en sus boxes luchan, se lucha por la supervivencia.  Son las tres de la mañana. Sin más el sueño se agolpa tras de mí, me siento y mis párpados caen donde el callar conversa con la amargura del sabor de mi boca. Tengo sed…mucha sed. A cada momento un monitor grita, todos miramos, todos nos levantamos y cuando todo se normaliza volvemos a nuestro sitio. Yo en mi sillón, mis párpados caen y caen hasta un duermevela, con el frío de un invierno que retuerce mis hombros. Un auxiliar de enfermería me acerca una almohada, una sábana blanca con el nombre del hospital. Sabanas idénticas a ese ser anónimos de los sueños perdidos en un océano mentiroso, donde se ha desbrozado cada ilusión en una mortaja. Caen mis párpados, incómoda me dejo relajar, se apagan las luces. Cuando me doy cuenta son las cuatro, me levanto, todo calmo. Salgo de la UMI, bajo por esas columnas de una noche desolada y me fumo un cigarro con la prisa, con la ansiedad de que algo puede suceder, con esta alarma cotidiana. Despacio entro, es hora de se hacer los cambios entre un amasijo de cables y monitores. Y como equipo humano y en su protocolo lo hacemos, lento, despacio al ritmo de quien  sufre la desgana de la vida.