jueves, noviembre 03, 2016

LA ERUPCIÓN...

Qué es eso. Un quejido en la inmensidad de una noche apresurada por eclipsar nuestros ojos. Su gemido monótono nos encierra en un bajo un techo sin luces. Ventanas censuradas al grito apagado que se extiende como temblor bajo nuestras piernas. Qué será…qué será. No la soportamos. Parece mujer, parece hombre. Hombre o mujer que más da. Su llanto se perfila detrás de nuestras espaldas barriendo la calma de una luna de otoño. No. No aguantamos más. Salimos al exterior. Un silencio rotundo nos acecha, nos daña en el sin sentido ¿Dónde está?, nos preguntamos. Ha callado en el chirriar de nuestra puerta. Volvemos a casa. Otra vez…otra vez el lamento vertido en las entrañas de estas paredes blancas. Se agrietan, rompe, se desploma aquello que nos da calor y, ligeramente,  nos vemos en otro lugar, otra dimensión donde la lluvia se precipita feroz sobre nuestros rostros. Rocas hirvientes vienen, avanzan con la voracidad de una huida inexistente. No hay escapatoria. Es nuestra tierra vomitando de sus hondos pesares la muerte. Nos detenemos, rodeados de una masa magmática que llega, que nos  gasta hasta el suceder de una nueva vida. Plumas azules vienen ha acogernos, ha auxiliarnos ante lo que es evidente. Nos hallamos volando sobre la erupción, sobre la emancipación nuestra sobre esta tierra hostil. Y llueve. Todo se apaga. Todo desciende a la nada y a la bruma que cuaja en nuestros ojos llorosos, nuestras alas negras. Pero aquí estamos, de nuevo edificando nuestro techo, nuestro continuar por la vereda del esfuerzo y el trabajo. Solos, muy solos. 

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