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Un jarrón con flores amargas, marchitas. Aquí, ahora
con mis piernas extendidas en este sofa. El ronroneo de las olas. Pongo mis
ojos en la ventana desviándolo de ese piano que me nutre de paz. El viento
pellizca contra los cristales, me levanto. En esta verticalidad mía me dirijo hacia
ella, la abro. Dejo que el viento me robe todo mi pasado, toda esa memoria
donde los errores, donde la cobardía, donde el malestar entonaba mis vivencias.
No sé porque vienen a mi, aquí en esta soledad adquirida en los tropiezos, en
los baches, en los agujeros que desarma mi conciencia. Aquí, bajo este techo
nadie me puede dañar y soy yo, solo yo y el piano y estas almas caídas que me
susurran como un halito de ánimo. Profundamente respiro, miro el océano
mientras una melodía se entrega en un silbido, mientras la música cobra cuerpo.
Cuando nos lleve la marea. Sí, he sufrido. Pero ello ya es agua pasada. No
quita en que el hoy sea serenidad conformada por las alas de la libertad. Sí,
la libertad. Antes no encontraba ese hueco donde me pudiera entregar con los brazos
abiertos para el abrazo. Ahora, abrazo este retiro mío en esta casa. Aquí soy
yo. Yo y mis manías, mis costumbres. El jarrón no luce, no tiene agua, pero no
quitaré estás flores amargas, marchitas somo símbolo de lo que se fue, de lo
que paso. El ronroneo de las olas. Cuando nos lleve la marea. A veces la
extrañeza se plasma en mis manos, ausentes de un beso, de una caricia pero
luego crezco donde mi conciencia es como árbol raro cuyas raíces se mantienen
la profundidad de las entrañas de mis sentidos. Cuando nos lleve la marea. …sí,
cuando nos lleve la marea seremos ese arco de colores donde el brío de una
canción callada y eterna porque la música es eterna. Y qué será de todo lo mío,
aquí quedará , aquí ardera en las hogueras del olvido, en la insonoridad de los
días. Yo no más seré un vago recuerdo en alguien que me nombrará y nombrará
hasta que su sed sea finiquitada por la desmemoria. Pero volveré. Me entregare
a otro cuerpo , a otra persona donde sus espaldas pesadas nacerán mi ser como
un olvido, como una cualidad en la manera de tomar la existencia. Cuando nos
lleve la marea, luces brillantes de forma redonda llena este salón donde estoy.
Dejo ese jarrón de flores amargas, marchitas. Dejo que el viento invada toda
esta sala y el olor algas y caracolas impregne sus paredes. Vuelvo al piano,
balada para las batallas perdidas. Sí, somos batallas perdidas de generación a
generación donde aprendemos, donde desaprendemos con un mismo infortunio.
Cuando nos lleve la marea, mis dedos huesudos se equilibran sobre las teclas,
cierro los ojos y me dejo llevar por el viento…el viento, por esas almas que
habitan mi casa. Una cuestión insospechada me viene, ¿quienes son? Sin embargo,
no me anuncia miedo, es como una entrega de mis vidas a través del tiempo.
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